Planes
El viernes por la mañana Miguel mandó una foto al grupo.
Una maleta.
Mi maleta.
En el maletero de su coche.
Miguel: Nos vamos.
Sergio contestó primero.
Sergio: Disfruta.
Después:
Sergio: Y no hagas nada que yo no haría.
Miguel: Eso reduce mucho las opciones.
Sergio: Tengo dos hijos. He hecho cosas.
Raúl: Devuelve la toalla.
Miguel respondió con una foto.
Mi toalla.
Encima de la maleta.
Miguel: Viaja con nosotros.
Raúl: No la saques de ahí.
Sergio: Qué cojones pasa con la toalla?
Raúl: Nada.
Miguel: Raúl me ha dado una toalla pero no quiere que la use.
Pasaron unos segundos.
Sergio: No quiero saber más.
Por una vez estábamos de acuerdo.
—¿Qué te hace tanta gracia? —preguntó Patricia.
—Miguel.
—¿Se va con la mujer?
—A Málaga.
—Mujer.
—Ya sabemos que es una mujer.
—Te lo dije ayer.
—Sí.
—Me gusta que quede constancia.
—Dos citas y fin de semana juntos.
Patricia levantó las cejas.
—Rápido.
—Eso dije yo.
—¿Y qué te contestó?
—Que le apetece.
—Buen argumento.
—Eso pensé yo.
Patricia me miró.
—¿Te da envidia?
—No.
—¿Nada?
Pensé.
—Málaga un poco.
—La ciudad.
—Tiene espetos.
—Claro.
—Y mar.
—Por supuesto.
—No todo es follar, Patricia.
—No he dicho nada de follar.
—Lo estabas pensando.
—No puedes saber lo que pienso.
Otra vez.
Aquello se estaba convirtiendo en una epidemia.
* * *
A media mañana apareció Álvaro.
—¿Qué hacéis este finde?
Patricia contestó primero.
—Comer con mis padres mañana. ¿Tú?
—Cumpleaños esta noche. Mañana pádel. El domingo Irene y yo vamos a una casa rural.
Patricia y yo lo miramos.
—¿Qué?
—Nada —dije.
—No empecéis.
—No he dicho nada.
—Es una casa rural.
—Eso he entendido.
—Vamos más gente.
—No he preguntado.
—Dos parejas y nosotros.
Patricia bajó la cabeza.
Yo aguanté.
Lo intenté.
De verdad.
—Álvaro.
—No.
—Solo una pregunta.
—No.
—¿En la reserva qué pone?
—¿Qué?
—Dos parejas y...
Patricia empezó a reírse.
Álvaro me señaló.
—No.
—¿Qué palabra utiliza Booking para vosotros?
—Vete a la mierda.
Se marchó.
Patricia esperó.
—Son novios.
—Muchísimo.
* * *
A las doce recibí un mensaje de Laura.
Laura: Mañana comemos en casa de mamá. Vienes?
Miré el mensaje.
Raúl: Quién?
Laura: Mamá, nosotros y tú.
Raúl: Eso son cinco.
Laura: Sé contar.
Raúl: Incluyes a los niños.
Laura: Evidentemente.
Raúl: Entonces seis.
Tardó.
Laura: Mamá, Carlos, yo, los dos niños y tú.
Raúl: Seis.
Laura: Gracias por la auditoría.
Raúl: A qué hora?
Laura: 14:00.
Raúl: Voy.
Ya tenía un plan.
A la una Sergio escribió.
Sergio: Mañana por la tarde cerveza?
Contesté:
Raúl: No puedo. Comida familiar.
Sergio: Domingo?
Raúl: Puede ser.
Sergio: Te digo.
Dos planes potenciales.
La vida se estaba descontrolando.
* * *
A las tres salí del trabajo.
Fui al supermercado.
No porque necesitara nada urgente.
Necesitaba cosas.
Papel higiénico.
Leche.
Huevos.
Detergente.
Cerveza.
Una bolsa de patatas.
Compré también una pizza.
No estaba en la lista.
La pizza nunca estaba en la lista.
Por eso seguía existiendo la libertad.
En la cola miré el móvil.
Nada de Cristina.
Lo guardé.
Pagué.
Fui al coche.
Metí las bolsas.
Volví a mirar.
Nada.
Esta vez tardé un poco más en guardarlo.
Conduje hasta casa.
Subí la compra.
Coloqué todo.
La leche.
Los huevos.
El detergente.
El papel.
La cerveza.
La pizza.
Las patatas.
Me senté.
Cogí el móvil.
Nada.
—Muy bien.
Lo dije en voz alta.
No estaba claro a quién.
Cristina no tenía obligación de escribirme.
Habíamos hablado cuarenta minutos la noche anterior.
Tenía trabajo.
Dos hijos.
Una maqueta del sistema solar.
Una vida.
Yo también.
Aquello era importante.
Yo también.
Encendí la PlayStation.
Jugué.
Veinte minutos.
Miré el móvil.
Nada.
Seguí.
Media hora.
Nada.
A la tercera vez me molesté conmigo mismo.
No con Cristina.
Conmigo.
Llevaba años dejando el teléfono en cualquier sitio.
Podía pasar una tarde entera sin saber dónde estaba.
Una vez lo había encontrado dentro del armario de la cocina.
No recordaba por qué.
Ahora parecía un controlador aéreo.
Lo dejé en el dormitorio.
Volví al salón.
Jugué.
Duré diecisiete minutos.
Fui al dormitorio.
No por el teléfono.
Necesitaba...
Me quedé en la puerta.
No necesitaba nada.
El teléfono estaba encima de la cama.
No lo toqué.
Eso contó como victoria.
Volví al salón.
Me senté.
Pensé en Cristina.
Pensé en el otro hombre.
Ahí estaba el problema.
No que no escribiera.
El otro.
Podía estar con él.
Era viernes.
Podían haber quedado.
Probablemente no.
O sí.
No lo sabía.
Y no tenía ninguna forma legítima de saberlo.
Eso era lo peor.
Las aplicaciones habían conseguido poner en contacto a millones de personas y, sin embargo, seguían sin incluir una pestaña que dijera:
LA PERSONA QUE TE GUSTA ESTÁ AHORA MISMO:
A) En casa.
B) Trabajando.
C) Con sus hijos.
D) Follándose a otro.
Entendía que podía generar problemas de privacidad.
Pero solucionaría muchas dudas.
Volví al dormitorio.
Cogí el móvil.
Nada.
Abrí Tinder.
No sabía exactamente por qué.
No tenía mensajes.
Pasé dos perfiles.
Una mujer de cuarenta y tres.
Fotos viajando.
Una frase sobre vivir intensamente.
X.
Otra de cuarenta y ocho.
Perro.
Montaña.
«Si no sabes lo que quieres, pasa de largo.»
Me quedé mirando.
No sabía lo que quería.
Técnicamente debía obedecer.
X.
Cerré la aplicación.
Aquello tampoco me apetecía.
Interesante.
Dos semanas antes habría considerado un nuevo match una pequeña victoria.
Ahora estaba deslizando perfiles sin ganas mientras esperaba un mensaje de una mujer que probablemente estaba ayudando a construir Júpiter.
No sabía si eso era progreso.
Preparé la pizza.
Abrí una cerveza.
Puse una película.
El teléfono siguió en el dormitorio.
Esta vez aguanté.
A mitad de la película sonó.
No fui.
Cinco segundos.
Diez.
Quince.
Pausé.
—Me cago en la puta.
Fui.
Era Laura.
Laura: Mamá dice que mañana no llegues tarde.
Me quedé mirando el mensaje.
Todo aquel esfuerzo emocional.
Para eso.
Raúl: Dile que tengo 45 años.
Laura: Dice que precisamente.
Guardé el móvil.
Terminé la película.
No era especialmente buena.
Eso ayudó.
Más tarde saqué otra cerveza de la nevera.
Quizá la primera estaba haciendo efecto.
El móvil sonó otra vez.
Esta vez no hice ningún ejercicio de autocontrol.
Fui.
Cristina.
Cristina: Hemos sobrevivido.
Sonreí.
Raúl: Los nueve?
Tardó unos segundos.
Cristina: 8.
Fruncí el ceño.
Entonces entendí.
Plutón.
Raúl: Has eliminado a Plutón.
Cristina: No cumple requisitos.
Raúl: Eso es discriminación.
Cristina: Que reclame.
Me mandó una foto.
Una maqueta.
Bolas de distintos tamaños.
Pintura.
Órbitas torcidas.
Saturno parecía haber sufrido un accidente.
Raúl: Saturno está bien?
Cristina: Ha tenido una noche complicada.
Raúl: Se nota.
Cristina: Mi hijo dice que es perspectiva.
Raúl: Tu hijo tiene futuro en política.
Hablamos unos minutos.
No cuarenta.
Diez, quizá.
Antes de despedirse escribió:
Cristina: Mañana tengo día familiar. Si desaparezco no he muerto.
Raúl: Yo también. Comida con mi madre.
Cristina: Suerte.
Raúl: La necesitaré.
Cristina: Y cuidado con la farmacéutica 😂
Me quedé mirando aquello.
Ana.
Había olvidado que le había contado la historia.
Raúl: Eso fue una campaña de difamación de mi madre.
Cristina: Seguro.
Raúl: Hay pruebas.
Cristina: Buenas noches Raúl.
Raúl: Buenas noches.
Dejé el móvil.
Me senté otra vez.
Estaba contento porque Cristina había escrito.
Eso era evidente.
También ligeramente avergonzado por haber pasado parte de la tarde esperando que lo hiciera.
Eso era nuevo.
Durante once años nadie había tenido que escribirme.
Bueno.
La gente me escribía.
Mi madre.
Laura.
Miguel.
Sergio.
Patricia.
El banco.
Vodafone.
Pero no era lo mismo.
Ninguno de ellos podía arruinarme una tarde tardando tres horas en mandar un mensaje.
Excepto el banco.
El banco sí.
Apagué la televisión.
Recogí.
Metí el vaso en el lavavajillas.
Fui al dormitorio.
El teléfono estaba encima de la cama.
Lo puse a cargar.
Mañana comida familiar.
El domingo quizá cerveza con Sergio.
Miguel estaba en Málaga.
Álvaro se iba a una casa rural con su no novia.
Cristina estaría con sus hijos.
Y yo tenía planes.
No muchos.
Los suficientes.
Me metí en la cama.
Entonces llegó una foto al grupo.
Miguel.
Una terraza frente al mar.
Dos cervezas.
Al fondo, Málaga.
Miguel: La vida.
Sergio respondió:
Sergio: Cabrón.
Yo amplié la foto.
No aparecía Nuria.
Solo las dos cervezas.
Raúl: Dónde está mi toalla?
Miguel contestó casi inmediatamente.
Miguel: En el apartamento.
Bien.
Seguía limpia.
Dormí tranquilo.