Equipaje
El jueves Miguel me escribió a las once y media.
Miguel: Necesito un favor.
No contesté.
Había aprendido que los favores mejoraban si uno esperaba a conocer su naturaleza.
Miguel: No es dinero.
Aquello eliminaba una posibilidad.
Miguel: Ni mudanza.
Dos.
Miguel: Ni cadáver.
Contesté.
Raúl: Qué necesitas.
Miguel: Una maleta.
Tenía una.
Varias, en realidad.
Una grande que había comprado para un viaje a Italia.
Otra pequeña que cabía en cabina si la compañía aérea estaba de buen humor.
Y una mochila que llevaba conmigo desde hacía tantos años que probablemente podía votar.
Raúl: Grande o pequeña?
Miguel: Grande.
Raúl: Cuántos días?
Tardó en responder.
Miguel: 2.
Miré el mensaje.
Raúl: Pequeña.
Miguel: Grande.
Raúl: Para dos días?
Miguel: Sí.
Raúl: Qué vas a llevar?
Miguel: Cosas.
Raúl: Pequeña.
Miguel: Paso esta tarde.
Perfecto.
—¿Con quién hablas? —preguntó Patricia.
—Miguel.
—¿Todo bien?
—Necesita una maleta grande para dos días.
Patricia dejó de escribir.
—Mujer.
—¿Por qué?
—Dos días. Maleta grande. Mujer.
—Eso no demuestra nada.
—¿Dónde va?
—No lo sé.
—Mujer.
—Podría ser un viaje con los niños.
—Entonces tendría tres maletas y una bolsa con comida.
No tenía hijos, pero la lógica me pareció sólida.
—Podría ser trabajo.
—¿Miguel viaja por trabajo?
—No.
—Mujer.
Seguí con lo mío.
* * *
A las tres y cuarto tenía otro mensaje.
Miguel: A las 7?
Raúl: Vale.
Miguel: Gracias.
Esperé.
No añadió nada.
Aquello empezaba a parecer sospechoso.
Miguel llegó a las siete y diez.
Subió.
—¿Dónde está?
—Hola.
—Hola. ¿Dónde está?
—En el armario.
—Perfecto.
—¿Quieres una cerveza?
—No puedo.
—¿Por qué?
—Tengo que hacer cosas.
—¿Qué cosas?
—Preparar la maleta.
—Tienes aproximadamente cuatro camisetas y dos pantalones.
—Tengo más ropa.
—Desde el divorcio no.
—Qué cabrón.
Fui al dormitorio.
Saqué la maleta de la parte alta del armario.
Miguel la vio.
—Perfecta.
—Esto es para quince días.
—Ya.
—Tú te vas dos.
—Ya.
—¿A invadir un país?
—A Málaga.
Lo miré.
—Necesitas una mochila.
—Dame la maleta.
La puse encima de la cama.
—¿Con quién vas?
—Con alguien.
—Patricia tenía razón.
—¿Quién es Patricia?
—Una mujer que entiende mejor tu vida que tú.
Miguel abrió la maleta.
—Está bien esta.
—¿Quién?
—¿Qué?
—La mujer.
—Se llama Nuria.
—No conozco ninguna Nuria.
—Por eso no sabes quién es.
—Buen argumento.
Se sentó en la cama.
—La conocí en Tinder.
—Claro.
—Hemos quedado un par de veces.
—¿La del lunes?
—No.
Necesité un segundo.
—¿Cuántas llevas?
—¿Qué?
—Personas.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—No llevo una hoja de Excel.
—Yo tampoco.
—Tú podrías.
—Perfectamente.
—Nuria es de aquí —dijo—. Pero tiene una amiga en Málaga que le deja un apartamento.
—Ah.
—Y me dijo de ir este fin de semana.
—¿Después de dos citas?
—Sí.
—Dos noches.
—Sí.
—En un apartamento.
—Sí.
—Juntos.
—Raúl.
—Estoy recopilando información.
—Pues recopila más rápido.
Miguel se levantó.
—¿Dónde tienes las toallas?
—¿Para qué quieres una toalla?
—Para llevármela.
—¿No hay toallas en el apartamento?
—Supongo.
—Entonces no necesitas una.
—Por si acaso.
—¿Por si Málaga todavía no ha descubierto el tejido absorbente?
—Dame una toalla.
Le di una.
No de las buenas.
Hay límites incluso en la amistad.
—¿Y qué vais a hacer? —pregunté.
—Pues no sé. Comer. Salir. Playa si hace bueno.
—¿Playa?
—Sí.
—¿Ahora?
—Si hace bueno.
—Vale.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Estás raro.
—No estoy raro.
—Sí.
Pensé.
—¿No te parece rápido?
Miguel me miró.
—¿El qué?
—Irte un fin de semana con alguien a quien has visto dos veces.
Se encogió de hombros.
—Puede.
—Ah.
—Pero me apetece.
No había mucho que discutir con eso.
Miguel dobló la toalla y la metió dentro.
—Además, si sale mal, volvemos.
—Estáis en Málaga.
—Hay autobuses.
—Vais en tu coche.
—También.
—Entonces no necesitas autobús.
—Era una forma de hablar.
—Pues ha sido bastante mala.
Cerró la maleta vacía.
—¿Tú qué tal ayer?
—Bien.
—¿Cristina?
—Sí.
—¿Tercera?
—Sí.
—¿Y?
—Bien.
Miguel esperó.
—¿Qué?
—Nada más.
—Nos besamos.
—Eso ya lo hacíais.
—Exacto.
—¿Y?
—Queremos volver a vernos.
Miguel sonrió.
—Mira.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—Esa.
—No estoy haciendo nada.
—Estás pensando «ya está».
—¿Ya está qué?
—Lo que sea.
—No.
—Bien.
—¿Seguís en Tinder?
—Sí.
—Entonces no está.
Me molestó ligeramente que tuviera razón.
—Ella ha quedado con otro.
Miguel levantó las cejas.
—Ah.
—Una vez.
—¿Y va a repetir?
—Probablemente.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Vas a quedar con otra?
—No tengo ninguna otra.
—Instala otra aplicación.
—No funciona así.
—Claro que funciona así.
—No quiero fabricar mujeres para compensar.
—No he dicho eso.
—Lo estabas pensando.
—No puedes saber lo que pienso.
Todo el mundo.
Miguel cogió la maleta.
—Yo no podría.
—¿Qué?
—Estar tres citas con una mujer que me gusta sabiendo que está quedando con otro.
—Tú has quedado con media provincia.
—Pero no me gustan todas.
—Magnífica defensa.
—Sabes lo que quiero decir.
Sí.
Lo sabía.
—No hemos hablado de exclusividad —dije.
—Pues ya está.
—Exacto.
—¿Y te molesta?
—Un poco.
—Pues díselo.
—Ya se lo dije.
—¿Y?
—A ella le molestó Sonia.
—¿Quién es Sonia?
Lo miré.
—Una mujer con la que quedé dos veces.
—Ah, sí.
—¿Cómo que «ah, sí»?
—Me pierdo con tus dos matches.
—Vete a Málaga.
Miguel se rio.
Cogió la maleta y fue hacia la puerta.
—Te la devuelvo el domingo.
—Limpia.
—Es una maleta.
—Limpia.
—Sí, mamá.
—Y la toalla.
—La toalla te la lavo.
—No.
Miguel se detuvo.
—¿No qué?
—Me la devuelves sin utilizar.
—¿Para qué me la has dado?
—No había pensado suficientemente en las implicaciones.
Empezó a reírse.
—Eres gilipollas.
—Hay cosas que no necesito saber de mis textiles.
—Buenas noches, Raúl.
—Compra una en Málaga.
—Adiós.
Cerré la puerta.
Dos citas.
Fin de semana.
Apartamento.
Málaga.
Miguel llevaba divorciado unos meses y parecía estar intentando recuperar quince años por el método de entrega urgente.
Yo llevaba tres citas con Cristina y todavía analizaba pronombres.
Cada uno tenía su ritmo.
Cené.
Jugué un rato.
Cristina escribió cerca de las diez.
Cristina: Mi hijo acaba de recordar que mañana necesita una maqueta.
Sonreí.
Raúl: De qué?
Cristina: Sistema solar.
Raúl: Fácil. El Sol en medio y lo demás alrededor.
Cristina: Gracias, Galileo.
Raúl: Copérnico.
Tardó unos segundos.
Cristina: Profesor de historia?
Raúl: Google.
Cristina: Ya decía yo.
No hablamos de la cita.
Ni del otro hombre.
Ni de cuándo volveríamos a vernos.
Hablamos de bolas de poliespán.
De Saturno.
De que nadie sabía dónde comprar Urano a aquellas horas.
Era una conversación completamente inútil.
Duró cuarenta minutos.
Cuando nos despedimos no habíamos solucionado nada.
Ni nosotros.
Ni el sistema solar.
Me fui a dormir bastante contento.
Miguel se iba a Málaga con una mujer después de dos citas.
Yo acababa de pasar cuarenta minutos buscando planetas de poliespán para un niño al que no conocía.
No sabía cuál de los dos estaba gestionando peor Tinder.
Probablemente los dos.