Cero divorcios Con hambre
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Con hambre

El miércoles trabajé.

Esto merece ser señalado porque Patricia parecía convencida de lo contrario.

—Llevas toda la mañana muy concentrado.

—Gracias.

—No era un cumplido.

—Pues lo acepto igualmente.

—¿No estás nervioso?

—No.

—Ayer sí.

—Ayer era ayer.

—Interesante.

—¿Qué?

—Nada.

Seguí trabajando.

Dos minutos después:

—¿La azul?

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—La camisa.

Miré hacia abajo.

Azul.

—Trabajo con esta ropa muchas veces.

—Claro.

—Patricia.

—Qué.

—Como vuelvas a hablar de mi camisa, mañana vengo en chándal.

—No tienes valor.

Tenía razón.

* * *

A las tres me fui a casa.

Comí poco.

No porque Cristina hubiera dicho que fuera con hambre.

Bueno.

Sí.

Exactamente por eso.

* * *

A las siete y veinticinco estaba cerca del sitio.

No delante.

Cerca.

Eso era diferente.

Había aprendido.

A las siete y veintinueve decidí que estar escondido a cuarenta metros para no parecer demasiado puntual era bastante más preocupante que ser puntual.

Fui.

Cristina ya estaba allí.

—Hola.

—Hola.

Nos besamos.

En la boca.

Directamente.

Sin negociación internacional.

Eso también era nuevo.

—Bonita camisa —dijo.

La miré.

—No.

—¿Qué?

—Nada.

—Es azul.

—Lo sé.

—¿He dicho algo malo?

—Una historia larga.

—Tenemos tiempo.

Aquella frase otra vez.

Me gustó.

—Otro día.

—Vale.

Miré el restaurante.

—¿Qué es esto?

—Coreano.

—Ah.

—¿Te gusta?

—No lo sé.

—Perfecto.

—¿Por qué perfecto?

—Porque así, si no te gusta, la culpa es mía.

—Buen sistema.

Entramos.

Cristina había reservado.

Nos sentamos.

Cogí la carta.

No entendí aproximadamente el setenta por ciento.

—¿Qué se come aquí?

—Comida.

—Gracias.

—Para eso me tienes.

Me detuve.

Ella también.

Había dicho me tienes .

No significaba nada.

Una expresión.

Seguimos mirando la carta.

Bien.

—Vamos a pedir varias cosas —dijo.

—Confío en ti.

—Error.

Pidió.

Nombres que olvidé inmediatamente.

Carne.

Algo frito.

Algo fermentado.

Un plato que requería envolver cosas dentro de otras cosas.

—¿Y esto?

—Kimchi.

Lo probé.

—Está enfadado.

Cristina se rio.

—¿Qué?

—No sé qué esperaba, pero esto tiene problemas.

—Pica.

—Eso lo he notado.

Bebí agua.

—Te acostumbras.

—No quiero.

La conversación fue fácil.

Más que la primera vez.

Más incluso que la segunda.

Quizá porque ya no teníamos que descubrir los datos básicos.

Sabía dónde trabajaba.

Sabía que tenía dos hijos.

Sabía que estaba divorciada.

Ella sabía dónde trabajaba yo.

Sabía que no tenía hijos.

Sabía que llevaba muchísimo tiempo fuera de todo aquello.

Información suficiente para destruir cualquier misterio.

Y, sin embargo, quedaban cosas.

Muchas.

—¿Siempre supiste que querías tener hijos? —pregunté.

Cristina dejó los palillos.

—No.

Aquello me sorprendió.

—¿No?

—No.

—Pensaba que...

—¿Qué?

—Nada.

—Dilo.

—Que la gente que tiene hijos suele contar que siempre quiso tenerlos.

—La gente reescribe mucho su vida después de que ocurran las cosas.

—¿Tú qué pensabas?

Cristina se encogió de hombros.

—Dependía del momento. Hubo años en los que te habría dicho que probablemente sí. Otros en los que no tenía ni idea. Y poco después estaba embarazada.

—Proceso impecable.

—Muy planificado.

Sonrió.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Nunca quisiste?

La pregunta había llegado otras veces.

Pero no así.

—No lo sé.

—Respuesta de funcionario.

—Respuesta de persona que no lo sabe.

—Vale.

Pensé.

—Con Marta salió el tema.

—¿Tu ex?

—Sí.

—¿La relación larga?

Asentí.

—Ella sí quería.

—¿Y tú?

—Yo siempre pensaba que todavía había tiempo para decidirlo.

—Hasta que dejó de haberlo.

—Más o menos.

Cristina cogió el vaso.

—¿Fue por eso por lo que lo dejasteis?

—No solo.

—¿Pero influyó?

—Sí.

No me incomodó hablar de Marta.

Eso también era nuevo.

No porque antes me doliera.

Simplemente llevaba mucho tiempo sin tener motivos para explicar aquella parte de mi vida.

—¿Y ahora? —preguntó Cristina.

—¿Ahora qué?

—¿Querrías tener hijos?

Me reí.

—Tengo cuarenta y cinco.

—Los hombres podéis hacer esas cosas hasta los ciento doce.

—Biológicamente no es el único criterio.

—Menos mal.

Pensé un momento.

—No creo.

Cristina asintió.

Sin sorpresa.

Sin juicio.

—¿Es una respuesta peligrosa?

—Para mí no.

—Tú ya tienes.

—Exacto.

—Dos.

—Los dos necesarios.

—¿Número cerrado?

—Cerradísimo.

—Entonces estamos bien.

Estamos.

Otra palabra.

No hice nada con ella.

Estaba aprendiendo.

Llegó más comida.

Una especie de pollo frito.

Probé.

—Esto sí.

—¿Ves?

—Podría comer diecisiete.

—Por eso te dije que vinieras con hambre.

—Ahora entiendo todo.

Hablamos de sus hijos.

No demasiado.

Su hija, diecisiete, estaba empezando a mirar universidades.

Todavía no sabía qué quería estudiar.

Su hijo, catorce, había decidido que ducharse después de hacer deporte era una vulneración de derechos fundamentales.

—¿No huele?

Cristina me miró.

—Tengo ambientadores.

—Buena estrategia.

—Y amenazas.

—Mejor.

—La adolescencia es preciosa.

—Eso dice la publicidad.

—¿Y cómo lo llevas? —pregunté.

—¿Qué?

—Que tu hija pueda irse.

Cristina tardó en responder.

—Mal.

—Ah.

—Pero intento que no lo note.

—¿Por qué?

—Porque quiero que se vaya.

La miré.

—Eso suena contradictorio.

—Lo es.

Bebió.

—Quiero que estudie donde quiera. Que viaje. Que se vaya fuera si le apetece. Que haga todas esas cosas.

—Pero.

—Pero también quiero que tenga ocho años y esté viendo dibujos en mi salón.

No dije nada.

—Es una estupidez.

—No.

—Un poco.

—Puedes querer dos cosas incompatibles.

Cristina me miró.

—Mira quién se pone profundo.

—Ha sido el kimchi.

Después de cenar salimos a caminar.

No lo habíamos planeado.

Simplemente ninguno se fue hacia su coche.

Eso me pareció mejor que planearlo.

Cristina me cogió del brazo mientras cruzábamos una calle.

No me soltó después.

Seguimos andando así.

Yo intenté no pensar en ello.

Pensé muchísimo.

Pero externamente parecía normal.

Progreso.

—Te voy a hacer una pregunta —dijo.

—Eso nunca acaba bien.

—¿Sigues usando Tinder?

Ah.

—Sí.

Cristina asintió.

—¿Tú?

—Sí.

—Vale.

Seguimos andando.

—¿Eso era todo?

—No sé.

—Buena pregunta entonces.

Sonrió.

—¿Has quedado con alguien más?

Podía mentir.

No tenía sentido.

—Quedé.

—¿Después de nuestra primera cita?

—Sí.

—¿Y?

—Dos veces.

Cristina me miró.

—Ah.

—Se llama Sonia.

No sabía por qué había dicho el nombre.

—¿Y qué pasó?

—Nada malo. Nos gustamos, pero no lo suficiente.

—¿Los dos?

—Sí.

—Qué civilizado.

—Fue decepcionante.

Se rio.

—¿Y tú? —pregunté.

Cristina miró al frente.

—He quedado con el otro chico.

Ah.

Ahí estaba.

—Vale.

—Una vez.

—¿Qué tal?

—Bien.

Odiaba esa palabra.

—Bien.

—Sí.

Seguimos caminando.

Cristina todavía llevaba su brazo enlazado con el mío.

Mi cerebro intentaba procesar simultáneamente ambas informaciones.

No estaba preparado.

—¿Vas a volver a verlo?

Cristina tardó un poco.

—Probablemente.

—Vale.

Otra vez.

—¿Te molesta?

Buena pregunta.

—Un poco.

Me miró.

—Gracias.

—No sé si era la respuesta correcta.

—Era la verdad.

—¿A ti te molestó Sonia?

—Un poco.

—Entonces estamos empatados.

—No sabía que hubiera marcador.

—Siempre hay marcador.

Miguel estaría orgulloso.

Llegamos a una plaza.

Nos sentamos un rato.

—Esto es raro —dije.

—¿Qué?

—Todo.

—Muy concreto.

—Hace tres semanas no tenía una cita desde hacía muchísimo tiempo y ahora estoy sentado con una mujer que me gusta hablando de otras personas con las que estamos quedando.

Cristina sonrió.

—Bienvenido a 2026.

—No me gusta.

—A mí tampoco demasiado.

—¿Entonces por qué lo hacemos?

—Porque llevamos tres citas.

—Eso es verdad.

—Y no sabemos qué somos.

—También.

—Y yo tengo dos hijos, poco tiempo y una vida bastante montada.

—Yo también tengo una vida bastante montada.

—Sin hijos.

—Tengo una PlayStation.

—No es exactamente lo mismo.

—Depende del juego.

Se rio.

Después se quedó seria.

—No busco casarme mañana.

—Bien.

—Ni meter a nadie en casa.

—Mejor.

—Mis hijos no van a conocer a nadie porque yo haya tomado dos cervezas con él.

—Completamente razonable.

—Pero tampoco quiero pasar dos años quedando con alguien sin saber qué estamos haciendo.

Pensé en Álvaro.

El universo tenía sentido del humor.

—Eso también me parece razonable.

—¿Y tú qué quieres?

Ahí estaba.

La pregunta.

Podía haber dicho:

Conocer gente.

Ver qué pasa.

No cerrarme.

Dejar que fluya.

Tenía un catálogo entero de respuestas que no significaban nada.

—No lo sé todavía.

Cristina asintió.

—Vale.

—Pero quiero seguir viéndote.

Me miró.

—Eso sí lo sé.

Sonrió.

—Yo también.

Mucho mejor.

Volvimos andando.

Cuando llegamos a su coche nos besamos.

No como la segunda vez.

Aquello no fue comprobar nada.

Tampoco fue especialmente cinematográfico.

Un coche pasó demasiado cerca.

Alguien tocó el claxon.

Cristina se separó.

—Qué romántico.

—Granada tiene sus métodos.

Volvimos a besarnos.

Esta vez fue ella quien se apartó.

—Me tengo que ir.

—Sí.

—Mañana madrugo.

—Yo también.

Ninguno se movió.

—Esto es la parte en la que nos despedimos —dijo.

—Lo sé.

—No lo parece.

—Estoy procesando.

—Piensa menos.

La frase.

La primera cita.

Sonreí.

—Estoy intentando aprender.

Me dio otro beso.

—Buenas noches, Raúl.

—Buenas noches.

Subió al coche.

Fui hacia el mío.

No miré el móvil.

No abrí Tinder.

No pensé en la otra cita de Cristina.

Mentira.

Pensé bastante.

Pero había otra cosa por encima.

Quería volver a verla.

Ella quería volver a verme.

No habíamos decidido nada más.

En casa tenía un mensaje.

Cristina: Me lo he pasado muy bien.

Contesté:

Raúl: Yo también.

Aparecieron los tres puntos.

Cristina: Incluso hablando de Tinder.

Raúl: Esa parte podemos eliminarla de la próxima.

Cristina: Hay próxima?

Miré el mensaje.

Sonreí.

Raúl: Si quieres.

Tardó unos segundos.

Cristina: Quiero.

Dejé el teléfono sobre la mesa.

Cuarta cita.

No sabía cuándo.

No sabía dónde.

No sabía si ella volvería a quedar con el otro hombre.

No sabía si yo volvería a quedar con alguien.

No sabía qué éramos.

Álvaro habría estado orgulloso.

Por primera vez entendía perfectamente su situación.

Eso sí me preocupó.