La tercera
El martes Patricia llegó con un táper.
Lo dejó encima de mi mesa.
—No te emociones.
Lo abrí.
Seis croquetas.
—Pensaba que las había perdido.
—Mi madre no tiene culpa de que seas imbécil.
—Siempre he dicho que es una gran mujer.
—Sigues sin conocerla.
—No necesito más pruebas.
Cerré el táper.
—¿Tu padre?
—Bien.
—¿Sillas?
—Vigilado.
—Perfecto.
—Ayer intentó convencerme de que se cayó porque una pata estaba floja.
—¿De la silla?
—Sí.
—Puede ser.
Patricia me miró.
—No.
—Vale.
Guardé las croquetas en la nevera de la oficina.
Escribí mi nombre en el táper.
Patricia lo vio.
—¿De verdad?
—Hay gente aquí que roba comida.
—Son seis croquetas.
—Precisamente.
—¿Quién va a robarte una croqueta?
—Eso diría alguien que está valorando hacerlo.
—Necesitas ayuda.
—Necesito llegar a las tres con seis croquetas.
* * *
A media mañana Cristina escribió.
Cristina: Mañana a las 19:30?
Miré el mensaje.
Mañana.
Tercera cita.
Raúl: Perfecto.
Cristina: Te mando sitio luego.
Raúl: Empiezo a preocuparme.
Cristina: Haces bien.
Guardé el móvil.
—¿Qué? —preguntó Patricia.
—Nada.
—Has sonreído.
—La gente sonríe.
—Tú delante de una pantalla normalmente no.
—Cristina.
—Ah.
Seguí trabajando.
—Mañana.
—Ya.
—Siete y media.
—Vale.
—Elige ella.
—Raúl.
—Qué.
—No necesito el parte meteorológico.
—No te estaba contando nada.
—Me acabas de dar hora, persona y sistema de elección.
—Información básica.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Vale.
—Es la tercera cita.
Patricia sonrió.
—Ya.
—¿Por qué haces eso?
—¿Qué?
—Como si significara algo.
—Significa que habéis quedado tres veces.
—Exactamente.
—No he dicho más.
—Lo has pensado.
—No puedes saber lo que pienso.
Aquella frase me sonaba.
—Todo el mundo utiliza eso últimamente.
Intenté trabajar.
Lo conseguí durante doce minutos.
Después pensé en la tercera cita.
La primera era sencilla.
Bueno.
No.
La primera era horrible.
Pero era horrible de una manera conocida.
Dos desconocidos.
Una cerveza.
Preguntas.
Trabajo.
Hijos.
Divorcios.
Aficiones.
Alguna anécdota suficientemente buena como para parecer espontánea aunque la hubieras contado veinte veces.
La segunda ya era diferente.
Habías superado una prueba que nadie reconocía como prueba.
La tercera no sabía qué era.
Busqué en Google:
tercera cita
No pulsé Enter.
Borré.
Había límites.
—¿Qué acabas de borrar? —preguntó Patricia.
La miré.
—¿Tú trabajas?
—Muchísimo.
—Pues no lo parece.
—¿Qué has buscado?
—Nada.
—Has escrito algo y lo has borrado.
—Eso es cotillear.
—Eso es tener ojos.
Ahí estaba.
—No pienso decírtelo.
—Vale.
Volvió a su pantalla.
Duró siete segundos.
—«Tercera cita».
No respondí.
Patricia empezó a reírse.
—Vete a la mierda.
—¿Ibas a buscar qué hacer en una tercera cita?
—No.
—¿Qué ponerse?
—No.
—¿Cuándo besarla?
—Ya la he besado.
Patricia dejó de reír.
Yo también.
—Eso no necesitabas saberlo.
—No, pero gracias.
—Olvídalo.
—Imposible.
—¿Entonces qué querías buscar?
Suspiré.
—No sé.
—Pues buen criterio no darle a Enter.
—Gracias.
—¿Qué te preocupa?
—Nada.
—Vale.
—Es diferente.
—¿A qué?
—A la primera.
—Sorprendente.
—Déjalo.
Patricia sonrió.
—Te gusta.
—Sí.
No había mucho que discutir.
—¿Y eso es malo?
—No.
—Pues ya está.
—No está.
—¿Por qué?
Pensé.
—Porque ahora puedo cagarla.
—También podías en la primera.
—Pero daba igual.
—No daba igual.
—Sí daba.
—¿Por qué?
—Porque no la conocía.
Patricia se quedó callada.
—Ahora un poco sí —dije.
No añadió ninguna broma.
Eso casi me molestó más.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La de entender cosas.
—Perdona.
—Gracias.
Seguimos trabajando.
Álvaro apareció antes de comer.
—¿Tenéis cargador?
—¿De qué? —pregunté.
—iPhone.
—No.
Patricia abrió un cajón.
Sacó uno.
—Toma.
—Gracias.
Álvaro lo conectó.
—¿Todo bien con Irene? —preguntó Patricia.
—Sí.
—¿Seguís sin ser novios?
Álvaro la miró.
—Sí.
—Perfecto.
—¿Por qué os importa tanto?
—A mí ya no —dije.
—Mentira.
—He aceptado que vuestra generación ha decidido que las palabras solo son orientativas.
—No es una cosa generacional.
—Claro.
Álvaro señaló el táper que había encima de mi mesa.
—¿Qué hay ahí?
Lo cogí.
—Nada.
—¿Comida?
—No.
—Son las croquetas —dijo Patricia.
Traición.
—¿Qué croquetas?
—Ninguna.
Álvaro abrió el táper.
—Hostia.
—Cierra.
—Tienen buena pinta.
—Cierra.
Cogió una.
—Álvaro.
Se la metió en la boca.
Cinco.
Me quedaban cinco.
—Están buenísimas.
Miré a Patricia.
—Esto es culpa tuya.
—¿Mía?
—Has revelado información protegida.
Álvaro cogió el cargador.
—Gracias.
—Devuelve la croqueta.
—Ya no quieres que haga eso.
Tenía razón.
Se fue.
Comí cinco croquetas.
Estaban buenísimas.
O quizá la pérdida de una había aumentado el valor de las restantes.
La economía era compleja.
* * *
Por la tarde Cristina mandó la ubicación.
Un bar que no conocía.
Miré fotos.
Terraza.
Mesas pequeñas.
Nada raro.
No investigué las reseñas.
Eso me pareció madurez.
* * *
A las siete me escribió Miguel.
Miguel: cerveza?
Contesté:
Raúl: Hoy no.
Miguel: tienes cita?
Raúl: Mañana.
Miguel: entonces?
Miré la pantalla.
Era una buena pregunta.
Raúl: Hoy no me apetece.
Miguel: 👍
Eso fue todo.
Me gustó.
No necesitaba un motivo.
Cené.
Vi un partido.
Preparé la ropa del día siguiente para trabajar.
No para la cita.
Para trabajar.
Después pensé que podía llevar la misma camisa por la tarde.
La saqué.
La miré.
La volví a guardar.
Cogí otra.
Entonces me di cuenta de lo que estaba haciendo.
—No.
Lo dije en voz alta.
Mi casa no respondió.
Abrí el armario.
Tenía demasiadas camisas para una persona que utilizaba casi siempre las mismas cuatro.
Elegí una azul.
La dejé preparada.
La cambié por una negra.
Volví a la azul.
Me senté en la cama.
Aquello era ridículo.
Once años sin una cita.
Después Amparo.
Cristina.
Sonia.
Cristina otra vez.
Sonia otra vez.
Y mañana Cristina otra vez.
Había pasado de no saber si volvería a besar a alguien a discutir conmigo mismo por una camisa.
No era una transformación espectacular.
Nadie compraría los derechos cinematográficos.
Pero era algo.
El móvil vibró.
Cristina.
Cristina: Por cierto
Esperé.
Cristina: Ven con hambre.
Miré el mensaje.
Raúl: Eso suena amenazante.
Cristina: Lo es.
Raúl: Debo llevar documentación?
Cristina: Solo todos tus dientes.
Me quedé mirando.
Todos mis dientes.
Tardé unos segundos en reconocerlo.
Mi perfil.
Tengo trabajo y todos mis dientes.
Sonreí.
Raúl: Siguen todos.
Cristina: Entonces cumples requisitos.
Dejé el móvil.
Miré las dos camisas.
Guardé la negra.
Dejé la azul.
No porque fuera mejor.
Porque había que acabar aquello en algún momento.
Apagué la luz.
La tercera cita era mañana.
No sabía qué se suponía que ocurría en una tercera cita.
Por suerte, no había pulsado Enter.