Croquetas
El lunes Patricia llegó tarde.
Once minutos.
No era grave.
Tampoco era habitual.
Entró deprisa, dejó el bolso y encendió el ordenador.
—Buenos días.
—Buenos días.
—No.
—¿No qué?
—No preguntes.
—No iba a preguntar.
—Ya.
—Patricia, tengo cuarenta y cinco años. Puedo ver llegar tarde a una compañera sin iniciar una investigación.
Me miró.
—¿Cuánto?
—Once minutos.
—Eres gilipollas.
—Eso no es preguntar.
Trabajamos.
De verdad.
A veces ocurría.
Durante casi una hora nadie habló de Tinder, relaciones, farmacéuticas ni personas que se negaban a llamar novia a su novia.
* * *
A media mañana Patricia cogió el móvil.
Leyó algo.
Lo dejó.
Treinta segundos después volvió a cogerlo.
—¿Todo bien?
Me miró.
—Has durado una hora.
—Bastante.
—Sí.
Volvió a dejarlo.
—Todo bien.
—Perfecto.
Seguí trabajando.
—Mi padre se ha caído.
Levanté la cabeza.
—Joder.
—Está bien.
—¿Seguro?
—Sí. Se cayó ayer en casa. Mi madre lo llevó a urgencias. No tiene nada roto.
—¿Y por qué has llegado tarde?
—Porque esta mañana he ido a verlos.
—Ah.
—Y porque mi madre ha decidido que una caída sin consecuencias médicas requiere reorganizar la estructura completa de la familia.
—Eso parece razonable.
—Mi padre tiene setenta y seis años. Se subió a una silla para coger una caja.
—Eso parece menos razonable.
—Exacto.
Patricia giró la silla hacia mí.
—¿Sabes qué había en la caja?
—No.
—Luces de Navidad.
Miré el calendario del ordenador.
—Estamos...
—Lo sé.
—Vale.
—Quería comprobar si funcionaban.
—Con mucha antelación.
—Mi padre cree que las cosas pueden dejar de funcionar mientras están guardadas.
—Pueden.
—No le des la razón.
—No estoy allí.
—Da igual. Lo nota.
El móvil volvió a vibrar.
Patricia leyó.
—Mi madre.
—¿Qué quiere?
—Que vaya a comer.
—Ve.
—No puedo ir todos los días.
—Se cayó ayer.
—Mi padre está perfectamente.
—Entonces no vayas.
—Pero mi madre ha hecho croquetas.
Entendí.
—Ve.
—¿Ves?
—Eso cambia los hechos.
Más tarde apareció Álvaro.
Había estado en otra planta desde primera hora.
Se acercó.
—Buenos días.
—¿Qué tal? —pregunté.
—Bien.
Patricia lo miró.
—¿Bien de bien o bien de no quiero hablar?
Álvaro sonrió.
—Bien de bien.
—¿Hablasteis?
—Sí.
No añadió nada.
Esperamos.
Álvaro nos miró.
—¿Qué?
—Nada —dije.
—Estáis esperando.
—No.
—Sí.
Patricia señaló mi pantalla.
—Yo estoy trabajando.
Álvaro me señaló a mí.
—Él está mirando una celda vacía.
Miré el monitor.
Era verdad.
—Estoy pensando.
—Hablamos el sábado —dijo.
—Vale.
—Y hemos decidido seguir.
—Bien —dijo Patricia.
Yo no dije nada.
Álvaro me miró.
—Puedes decirlo.
—¿Qué?
—Lo que estás pensando.
—No estoy pensando nada.
—Sí.
—¿Sois novios?
—No.
Patricia soltó el aire por la nariz.
—Vale —dije.
—Pero vamos a intentar estar más claros.
—¿Qué significa eso?
—Hablar más de lo que queremos.
—Me parece bien.
—Y no cerrarnos a que evolucione.
Esperé.
—No.
—¿Qué?
—Nada.
—Dilo.
—No.
—Raúl.
—Estoy creciendo como persona.
Patricia se rio.
Álvaro negó con la cabeza.
—Sabía que no tenía que contaros nada.
—Yo no he dicho nada.
—Eso es peor.
Se marchó.
Patricia esperó a que se alejara.
—Son novios.
—Claramente.
Seguimos trabajando.
Poco antes de la una, Patricia recibió una llamada.
Esta vez contestó.
—Sí, mamá.
Pausa.
—Estoy trabajando.
Pausa.
—Porque es lunes.
Pausa.
—No, no puedo salir ahora.
Pausa.
—No.
Me miró.
—No le preguntes a Raúl.
Me incorporé.
Patricia cerró los ojos.
—Mamá.
Me señaló con un dedo.
—No.
Pausa.
—Vale.
Colgó.
—¿Qué acaba de pasar?
—Nada.
—Mi nombre ha aparecido.
—Mi madre quiere saber si quieres croquetas.
Me quedé callado.
—¿De qué?
—Jamón.
—Sí.
—Raúl.
—¿Qué?
—Era una pregunta retórica.
—Tu madre no sabe hacer preguntas retóricas.
—Eso es verdad.
* * *
A las tres salimos juntos.
Patricia llevaba prisa.
—¿Vas a casa de tus padres?
—Sí.
—Dile a tu padre que las sillas tienen una función.
—Se lo he dicho.
—¿Y?
—Dice que lleva toda la vida subiéndose.
—Argumento sólido.
—Setenta y seis años sin caerse le han generado exceso de confianza.
—Estadísticamente iba bastante bien.
—No le des la razón.
—Otra vez: no estoy allí.
Patricia abrió el coche.
—Mañana te traigo croquetas.
—Gracias.
—No son para ti. Son para evitar que mi madre pregunte por qué no te las he dado.
—Me da igual el motivo.
Llegué a casa.
Comí.
Recogí un poco.
Puse una lavadora.
La vida emocionante.
Mientras tendía la ropa pensé en el padre de Patricia subido a una silla para comprobar unas luces de Navidad.
Me hizo gracia.
Después dejó de hacérmela tanta.
Setenta y seis.
Mi madre tenía setenta y dos.
También hacía cosas que no debía.
Probablemente muchas que yo no sabía.
Hasta hacía unos días mi principal preocupación con ella había sido impedir que organizara mi vida sentimental desde una farmacia.
Había problemas peores.
Llamé a mi madre.
—Hola, hijo.
—Hola.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Entonces?
—¿Qué haces?
—Viendo la tele.
—¿Sentada?
Silencio.
—¿Cómo quieres que vea la tele?
—Era por saber.
—¿Te pasa algo?
—No.
—¿Estás malo?
—No.
—¿Necesitas algo?
—No.
—Pues qué raro.
Aquello era bonito.
—Solo llamaba por hablar contigo.
Otro silencio.
—¿Seguro que estás bien?
—Sí, mamá.
—Vale.
—¿Y tú?
—Bien.
—¿Todo bien?
—Sí.
—¿No te has caído ni nada?
—¿Por qué iba a caerme?
—Por estadística.
—¿Qué estadística?
—Ninguna.
—Raúl, ¿qué te pasa?
—El padre de Patricia se cayó ayer.
—Ay, pobrecillo.
—Está bien. No se rompió nada.
—¿Cuántos años tiene?
—Setenta y seis.
—Pues todavía es joven.
No discutí.
A los setenta y dos, setenta y seis debía de parecer una opinión razonable.
—Se subió a una silla.
—Ah.
—A coger una caja.
—Bueno.
—No es «bueno».
—Yo me subo a veces.
Me quedé quieto.
—No.
—¿No qué?
—No te subas a sillas.
—¿Y cómo cojo las cosas de arriba?
—Me llamas.
—No voy a llamarte cada vez que necesite coger una cosa.
—Pues la dejas abajo.
—No cabe todo abajo.
—Compramos una escalera.
—Tengo una.
—Entonces ¿por qué te subes a una silla?
Silencio.
Había ganado.
No estaba acostumbrado.
—Porque está más cerca —dijo.
Ahí estaba.
—Mamá.
—Qué.
—Usa la escalera.
—Sí.
—Promételo.
—Qué pesado eres.
—Promételo.
—Vale.
—Eso no es prometerlo.
—Que sí, que no me subo.
—Gracias.
—¿Algo más?
—No.
—¿Seguro?
—Sí.
—Pues voy a seguir viendo la tele.
—Sentada.
—Adiós, Raúl.
Colgó.
Me quedé con el teléfono en la mano.
Sabía perfectamente que volvería a subirse a una silla.
Quizá no mañana.
Quizá no aquella semana.
Pero ocurriría.
Las madres tenían una extraña capacidad para preocuparse durante cuarenta años porque te pusieras una chaqueta y después considerar perfectamente razonable subirse a un mueble para alcanzar un táper.
* * *
Por la tarde no hice nada especialmente útil.
Terminé la lavadora.
Fui a comprar pan.
Contesté dos mensajes del grupo.
Vi media película.
La otra media no.
Cené pronto.
No abrí Tinder.
A eso de las diez me escribió Patricia.
Una foto.
Su padre sentado en el sofá.
A su lado había una caja de plástico llena de luces de Navidad.
Patricia: Las ha probado.
Me reí.
Raúl: Funcionan?
Patricia: Todas.
Raúl: Entonces mereció la pena.
Tardó unos segundos.
Patricia: Te odio.
Raúl: Tu padre tenía un objetivo.
Patricia: Tiene un moratón en el culo.
Raúl: Todo objetivo exige sacrificios.
Patricia: Mañana no hay croquetas.
Me incorporé.
Raúl: Retiro todo lo dicho.
Patricia: Tarde.
Raúl: Patricia.
Patricia: Buenas noches.
Raúl: Podemos hablar de esto.
No contestó.
Dejé el teléfono.
Seis croquetas de jamón habían desaparecido de mi futuro.
Aquello sí era un lunes de mierda.