El sábado
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿Nada de verdad o nada que quieras contarme?
—Nada de verdad.
—Perfecto. Ven.
—¿Dónde?
—A casa.
—¿Por qué?
—Necesito ayuda.
—No.
—Todavía no sabes para qué.
—Tengo experiencia.
—Es una estantería.
—Adiós.
—Raúl.
—Contrata a alguien.
—Son cuatro agujeros.
—Entonces hazlos tú.
—Mónica dice que está torcida.
Me quedé callado.
—¿La estantería?
—Sí.
—Tenía que preguntar.
—¿Vienes o no?
Miré el salón.
La PlayStation.
El sofá.
Una mañana entera sin obligaciones.
—No.
—Te espero en media hora.
Colgó.
Llegué cuarenta y cinco minutos después.
Me abrió Sergio.
—Llegas tarde.
—No había quedado contigo.
—Pasa.
Su casa olía a tostadas y a algo que se estaba cocinando.
Había unas zapatillas pequeñas en mitad del pasillo.
Una mochila abierta.
Una sudadera sobre una silla.
Un balón debajo de la mesa.
Entré en el salón.
La estantería estaba en la pared.
Torcida.
Mucho.
—Eso no son cuatro agujeros.
—¿Qué es?
—Un delito.
—La puse ayer.
—¿Bebiendo?
—No.
—Peor.
Sergio señaló el nivel.
—Está bien.
Lo puse encima.
La burbuja estaba prácticamente intentando escapar.
—Sergio.
—Ese nivel está mal.
—Claro.
—Es del chino.
—La gravedad no.
Su hijo apareció.
Nueve años.
Equipación de fútbol.
Un calcetín puesto.
El otro en la mano.
—Papá, ¿dónde están mis botas?
Sergio lo miró.
—Donde las dejaras.
—No están.
—¿Has mirado en tu cuarto?
—Sí.
—¿En la entrada?
—Sí.
—¿En la bolsa?
El niño se quedó quieto.
—No.
Desapareció.
Sergio me miró.
—Todos los sábados.
—¿Y siempre están en la bolsa?
—Casi siempre.
—Entonces no entiendo dónde está el misterio.
—Él sí.
Desde el pasillo:
—¡Están!
—Inesperado —dije.
Quitamos la estantería.
Había seis agujeros.
—Eran cuatro —dije.
—Los otros dos no cuentan.
—¿Por qué?
—Están mal.
—Precisamente esos son los que más cuentan.
—¿Has venido a ayudar o a tocar los cojones?
—Las dos cosas.
Estábamos tapando los agujeros cuando entró Mónica.
Llevaba bolsas de la compra.
—Hola, Raúl.
—Hola.
Miró la pared.
—Gracias.
—Todavía no he hecho nada.
—Has conseguido que la quite.
—Mi trabajo aquí ha terminado.
Sergio cogió una bolsa.
—Estaba un poco torcida.
Mónica lo miró.
—Se podía dejar un vaso en un extremo y verlo deslizarse.
—Exagerada.
—Lo probé.
La miré.
—¿De verdad?
—No.
—Una pena.
Ayudé a guardar la compra.
No porque me lo pidieran.
Porque estaba allí.
Sergio metía cosas en la nevera.
Mónica sacaba algunas porque estaban mal colocadas.
Yo observaba.
—¿Lleváis muchos años haciendo esto? —pregunté.
—¿El qué? —dijo Sergio.
Mónica sostuvo un paquete de queso.
—Poner esto donde no va.
—Ah.
—Dieciocho.
Sergio cogió el queso y lo dejó exactamente donde lo había puesto antes.
Mónica lo volvió a mover.
Ninguno parecía enfadado.
Aquello debía de ser el matrimonio.
O una enfermedad neurológica muy específica.
Terminamos la estantería cerca de la una.
Recta.
Comprobada con dos niveles distintos porque Sergio seguía cuestionando al primero.
—Ahora sí —dijo.
—Ahora sí.
Mónica apareció.
La miró.
—Está un poco alta.
Sergio cerró los ojos.
Yo cogí mis llaves.
—Ha sido un placer.
—No te vayas.
—Tengo una vida.
—No tienes nada que hacer.
—Precisamente.
Me quedé a comer.
Por supuesto.
Había venido a hacer cuatro agujeros y llevaba allí tres horas.
Su hija salió de su habitación poco antes de sentarnos.
Catorce años.
Auriculares.
Móvil en la mano.
—Hola, Raúl.
—Hola.
Se quitó un auricular.
—¿Te quedas a comer?
—Parece ser.
—Vale.
Volvió a colocárselo.
—Me alegra verte también.
Levantó el pulgar.
No sabía si aquello era afecto o una solicitud para que dejara de hablar.
A los catorce años probablemente ambas cosas.
El pequeño volvió del fútbol con barro hasta lugares anatómicamente difíciles de explicar.
Mónica lo vio entrar.
—Ni se te ocurra.
El niño se detuvo.
—¿Qué?
—Las zapatillas.
Miró hacia abajo.
—Ah.
—Fuera.
Retrocedió.
Sergio entró detrás.
—Han ganado.
—Dos a uno —dijo el niño desde la puerta.
—¿Has marcado? —pregunté.
—No.
—Ha dado una asistencia —dijo Sergio.
—Casi marco.
—Eso no es lo mismo.
—Ha dado al palo.
—Eso sí da puntos —dije.
El niño me miró.
—No da puntos.
—Entonces el fútbol está mal diseñado.
Durante la comida hablamos de fútbol.
De trabajo.
De un vecino de Sergio que llevaba tres meses intentando vender una moto.
De un restaurante que había cerrado.
De un profesor de la hija.
De si merecía la pena cambiar de compañía de internet por nueve euros al mes.
Nada importante.
Me lo pasé bien.
En mitad de la comida, la hija levantó la vista del plato.
—Papá, esta noche duermo en casa de Claudia.
Sergio dejó el tenedor.
—¿Eso es una pregunta?
—Te lo dije ayer.
—No.
—Sí.
—No me lo dijiste.
La chica miró a Mónica.
—Se lo dije.
—Me lo dijiste a mí —dijo Mónica.
—Pues eso.
—Yo no soy tu padre.
—Ya.
Sergio la miró.
—Ese «ya» me ha dolido.
La chica sonrió.
—¿Puedo?
—¿Quién está?
—Claudia.
—Eso lo he entendido.
—Lucía y Marta.
—¿Sus padres?
—También.
—¿A qué hora vuelves mañana?
—No sé.
—Pues averígualo.
La chica cogió el móvil.
—Ahora.
—Estoy comiendo.
—La información que necesitas está en ese aparato.
Me miró.
—¿Ves?
—Yo estoy disfrutando muchísimo.
—No sé para qué te invitamos.
—No me habéis invitado.
Mónica se rio.
Después, Sergio y yo nos sentamos en el balcón con café.
Mónica estaba dentro.
Los niños también.
Aunque llamar niña a una persona de catorce años probablemente podía provocar un conflicto diplomático.
—Miguel me dijo que estás quedando con gente.
Lo miré.
—Miguel habla demasiado.
—Entonces sí.
—Alguna vez.
—Bien.
—¿Por qué todo el mundo dice bien?
—¿Qué quieres que diga?
—Nada.
—Pues nada.
Bebió café.
Mucho mejor.
—¿Y qué tal?
—Bien.
—Otra vez.
—¿Qué?
—Bien.
—Es que está bien.
—No ha salido especialmente bien.
—Eso también está bien.
—Has dicho bien cuatro veces.
—Cinco.
Nos quedamos callados.
Sergio miró hacia dentro.
Su hijo estaba buscando algo.
No sabía qué.
Parecía importante.
Su hija escribía en el móvil.
Mónica recogía la mesa.
—A veces os envidio.
—¿A quiénes?
—A ti. A Miguel ahora.
—Miguel está viviendo con sus padres y su madre le ofrece Cola Cao.
—No esa parte.
—Es bastante inseparable del conjunto.
Sonrió.
—Ya sabes lo que digo.
Sí.
Lo sabía.
—Poder hacer lo que quieras.
Miré dentro de su casa.
—Tú también haces lo que quieres.
—Tengo dos hijos.
—Eso también lo quisiste.
Sergio se quedó pensando.
—Sí.
—Pues entonces.
—Ya, pero hay días...
—Claro.
—Que me gustaría levantarme y no tener que llevar a nadie a fútbol. No saber quién duerme en casa de quién. No pensar qué hacemos de comer. No buscar unas botas que están dentro de la bolsa de las botas.
—Eso último parece bastante evitable.
—No tienes hijos.
—Precisamente por eso conservo capacidades cognitivas.
Sonrió.
—¿Tú no echas de menos esto?
Miré otra vez hacia dentro.
Su hijo acababa de encontrar lo que buscaba.
Un mando de la consola.
Mónica le dijo algo.
Lo dejó.
Su hija seguía escribiendo.
Había platos en la mesa.
Una bolsa de deporte en el suelo.
La televisión encendida sin que nadie la estuviera viendo.
—A veces.
Sergio me miró.
—¿Tener hijos?
—No sé.
Era verdad.
—¿Pareja?
Pensé un poco.
—A veces también.
—¿Y?
—¿Y qué?
—Nada.
—Pues eso.
Sergio bebió café.
—Yo no sabría estar solo.
Me acordé de Miguel.
—Eso está de moda.
—¿Qué?
—Nada.
—No digo solo sin pareja. Solo de verdad. Llegar a casa y que no haya nadie.
—Te acostumbras.
—¿No te pesa?
—A veces.
—¿Y qué haces?
—Lo que hace todo el mundo cuando algo le pesa.
—¿Qué?
—Esperar a que pese menos.
Me miró.
—Eso ha sonado triste.
—Pues no era la intención.
—Un poco sí.
—También pongo la Play.
—Mejor.
—Y pido comida.
—Mucho mejor.
—Y nadie me roba las patatas.
—Hijo de puta.
El pequeño salió al balcón.
—Papá.
—Qué.
—¿Puedo jugar?
—¿Has recogido la bolsa?
El niño se quedó callado.
—Recoge la bolsa.
—Pero...
—La bolsa.
Desapareció.
Sergio suspiró.
—¿Ves?
—Sí.
—Esto.
—También te he visto sonreír cuando ha salido.
—No he sonreído.
—Sí.
—No.
—Vale.
Sergio me señaló.
—No te pongas profundo.
—Has empezado tú.
—Error mío.
Me fui después de las cinco.
Había pasado casi todo el sábado allí.
En el coche pensé que Sergio tenía una vida que yo no tenía.
Eso era evidente.
Lo que nunca había pensado demasiado era que yo también tenía una vida que Sergio no tenía.
No porque una fuera mejor.
Ni porque hubiera que elegir ganador.
Simplemente no cabían todas las vidas dentro de una sola.
Me pareció una conclusión bastante razonable.
Duró hasta que llegué a casa.
Abrí la puerta.
Silencio.
Dejé las llaves.
Me quité los zapatos.
Fui a la cocina.
Abrí la nevera.
Cerré.
Volví a abrir.
No había aparecido nada nuevo.
Pedí comida.
Me senté en el sofá.
Nadie me preguntó dónde había estado.
Nadie necesitaba que lo llevara a fútbol.
Nadie había dejado una mochila en medio.
Nadie había gastado el agua caliente.
Puse la Play.
Estuve jugando dos horas.
Fue estupendo.
A las nueve y media pensé que Sergio tenía razón.
Había días en los que llegar a una casa con gente debía de ser agradable.
A las diez pensé que yo también tenía razón.
Puse los pies encima de la mesa.
* * *
A las diez y cinco sonó el móvil.
Sergio había mandado una foto al grupo.
La estantería.
Debajo había escrito:
Sergio: Se ha caído.
Me incorporé.
Raúl: No me jodas.
Aparecieron los tres puntos.
Sergio: 😂😂😂
Sergio: Es broma.
Miguel: Ojalá se te caiga de verdad.
Escribí:
Raúl: Mañana voy y hago dos agujeros más.
Sergio: No.
Miguel: Déjale. Está soltero. Tiene tiempo.
Miré la pantalla.
Raúl: Y cero divorcios.
Sergio respondió casi inmediatamente.
Sergio: De momento.
Me reí.
Hacía tres semanas aquella frase me habría parecido una amenaza.
Ahora no estaba seguro.
Seguí jugando.