Cero divorcios Nada serio
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Nada serio

El viernes Álvaro llegó sin café.

Eso era raro.

Álvaro llegaba con café.

A veces con dos.

Uno de máquina.

Otro de algún sitio donde un café costaba lo mismo que un desayuno.

Aquel día no llevaba ninguno.

Dejó la mochila.

Se sentó.

Encendió el ordenador.

No saludó.

Patricia lo miró.

Después me miró a mí.

Yo negué con la cabeza.

No sabía nada.

Patricia levantó las cejas.

Yo me encogí de hombros.

Álvaro giró la silla.

—Os estoy viendo.

—Buenos días —dije.

—Buenos días.

Patricia sonrió.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Vale.

Y siguió trabajando.

Aquello fue mucho más efectivo que preguntar.

Cinco minutos después Álvaro habló.

—Es que no lo entiendo.

Patricia ni siquiera levantó la vista.

—Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—¿Por qué has dicho claro?

—Porque no entiendes algo.

—Ya.

—Pues claro.

Álvaro me miró.

No pude ayudarlo.

—¿Qué no entiendes? —pregunté.

Suspiró.

—A Irene.

Primera noticia.

—¿Quién es Irene?

Patricia levantó la cabeza.

—La novia.

—No es mi novia.

Ah.

Esa Irene.

Hasta aquel momento había sido «ella».

Me alegró saber que tenía nombre.

—¿La de los seis meses? —pregunté.

—Sí.

—La exclusiva.

—Sí.

—La que conoce a tus padres.

—Sí.

—Con la que te vas de fin de semana.

—Sí.

—Tu novia.

—Que no.

—Perdona. Continúa.

Álvaro se pasó una mano por el pelo.

—Ayer me dijo que necesitaba espacio.

Patricia dejó de escribir.

—¿Por qué?

—No sé.

—Algo te habrá dicho.

—Que esto no le está haciendo bien.

—Eso es algo —dije.

—Ya, pero no lo entiendo.

—¿Qué parte?

—Todo.

Esperé.

—Vas a tener que aportar más datos.

Álvaro giró hacia mí.

—Llevamos bien desde que empezamos.

—Seis meses.

—Más o menos.

—Os veis cuatro días a la semana.

—Sí.

—Sois exclusivos.

—Sí.

—Habéis conocido a las familias.

—Sí.

—Os vais juntos de viaje.

—Alguna vez.

—Y no es tu novia.

—No.

—Pues a lo mejor ella también tiene problemas para entenderlo.

Patricia sonrió.

Álvaro no.

—No es por eso.

—¿Te lo ha dicho?

—No.

—Entonces puede ser por eso.

—Ella tampoco quería etiquetas.

—Hace seis meses.

—¿Y?

—Que las personas pueden cambiar de opinión.

—Ya.

—Incluso sin actualizar los términos y condiciones.

Patricia me miró.

—Te ha durado poco.

—¿Qué?

—Lo de dejar de hablar como funcionario.

—Eso no era de funcionario.

—Era de persona insoportable.

—Mejor.

Álvaro suspiró.

—No me estáis ayudando.

Fuimos a por café.

Álvaro también.

Eso parecía buena señal.

Se quedó mirando la máquina.

—Ayer cenamos.

—Vale.

—Y estaba rara.

—Vale.

—Le pregunté qué le pasaba.

—Bien.

—Me dijo que nada.

—Mal.

—Luego me dijo que sí.

—Bien.

—Y después que necesitaba espacio.

—Mal.

—¿Puedes dejar de puntuar? —preguntó Patricia.

—Sí.

Álvaro sacó el vaso.

—Dice que siente que estamos en un sitio que no va a ninguna parte.

Lo miré.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho «ah».

—Sí.

—¿Qué significa?

—Que ahora lo entiendo bastante mejor.

—Pues explícame.

—Quiere que vaya a alguna parte.

—Ya vamos a sitios.

Patricia cerró los ojos.

Yo lo miré.

—¿Lo has dicho en serio?

—Sabes a qué me refiero.

—No estoy seguro.

—Hemos viajado.

—No creo que esté pidiendo otro fin de semana en Málaga.

Volvimos a las mesas.

Álvaro no encendió el ordenador.

—Yo fui claro desde el principio.

—¿Qué le dijiste? —pregunté.

—Que no quería una relación seria.

—¿Y ella?

—Que tampoco.

—Hace seis meses.

—Sí.

—Y desde entonces habéis construido una relación seria.

—No.

—Álvaro.

—No es lo mismo.

—Explícame la diferencia.

Abrió la boca.

Esperé.

—No hay compromiso.

—Sois exclusivos.

—Sí.

—Os veis cuatro días a la semana.

—No siempre.

—Conoce a tus padres.

—Porque coincidieron.

—¿Varias veces?

—Sí.

—Tú conoces a los suyos.

—Sí.

—Habéis viajado juntos.

—Sí.

—Dormís juntos.

Patricia intervino.

—No necesitamos esa parte.

—Me refiero a dormir.

—Tampoco.

Álvaro me miró.

—¿Qué quieres que te diga?

—Nada. Estoy intentando localizar la ausencia de compromiso.

Se quedó callado.

Yo también.

Patricia trabajaba.

O fingía.

—Entonces ¿qué hago? —preguntó Álvaro.

La pregunta iba dirigida a mí.

Miré detrás.

No había nadie.

—¿Me preguntas a mí?

—Sí.

—¿Por qué?

—No sé.

—Yo llevo once...

Paré.

No.

No otra vez.

—Yo no soy la persona adecuada.

—Has tenido una relación de siete años.

—Hace muchísimo.

—Pero la has tenido.

—También tuve un Nokia y no me preguntáis sobre móviles.

Patricia soltó una risa.

—Pregúntale qué quiere —dije.

Álvaro frunció el ceño.

—Ya sé lo que quiere.

—No parece.

—Quiere espacio.

—Eso es lo que te ha pedido ahora. Pregúntale qué quería antes de necesitarlo.

Se quedó callado.

—¿Y si quiere una relación?

—Ya tiene una.

—Sabes lo que digo.

—Sí.

Bebí café.

—Pues tendrás que decidir si tú la quieres.

—La quiero.

—No. Si quieres eso.

—No sé.

—Pues ese es el problema.

—¿Y qué hago?

—Dejar de preguntarme a mí y pensarlo.

—Gran consejo.

—Es gratis.

Patricia levantó un dedo.

—Yo añadiría una cosa.

Álvaro la miró.

—No le escribas ahora.

—¿Por qué?

—Porque te ha pedido espacio.

—¿Cuánto?

—Álvaro.

—¿Qué?

—No hay un temporizador.

—¿Entonces?

—Hoy no.

—¿Y mañana?

—Tampoco necesitas negociar cada hora.

Álvaro miró el teléfono.

Lo puso boca abajo.

Dos minutos después lo volvió a coger.

* * *

A media mañana lo vi escribir.

No dije nada.

Borró.

Escribió.

Borró.

—¿Qué estás haciendo? —preguntó Patricia.

—Nada.

—Perfecto.

Guardó el teléfono.

A la hora de comer seguía serio.

No hundido.

Serio.

Antes de irnos se acercó a mi mesa.

—Te puedo preguntar una cosa.

—Otra.

—Cuando terminaste con Marta...

Ahí me sorprendió.

—Sí.

—¿Cómo supiste que había que terminar?

Pensé.

Hacía once años que nadie me preguntaba aquello.

—No lo supe.

—¿Cómo?

—No hubo un día en que me despertara y pensara que se había acabado.

—Entonces.

—Fuimos tardando demasiado en reconocerlo.

Álvaro esperó.

—¿Por qué?

—Porque seis años pesan.

—Siete.

—Seis y pico.

—Siempre dices siete.

—Estoy intentando ser preciso ahora que me interrogas.

Sonrió un poco.

—¿Y qué pasó?

Pensé en Marta.

No en la ruptura.

Antes.

Los últimos meses.

Las cenas.

Los fines de semana.

Las conversaciones que empezábamos y dejábamos.

No había ocurrido nada enorme.

Ese había sido el problema.

—Queríamos vidas distintas.

—¿Qué vidas?

—Ella quería avanzar.

—¿Y tú?

—Yo pensaba que ya habíamos llegado.

Álvaro se quedó callado.

Hacía mucho que no formulaba aquello así.

Quizá nunca.

—¿Y te arrepientes?

—De algunas cosas.

—¿De dejarlo?

Pensé.

—No.

—¿Seguro?

—Sí.

—¿Y de no haber hecho lo que ella quería?

—A veces.

—Eso no es lo mismo.

—No.

Álvaro asintió.

—Vale.

—¿Te ha servido?

—No sé.

—Perfecto. Mi especialidad.

Cogió la mochila.

—Gracias.

—De nada.

Se fue.

Me quedé unos minutos más.

Marta quería avanzar.

Yo pensaba que ya habíamos llegado.

No era toda la historia.

Las frases bonitas casi nunca lo eran.

Pero había algo de verdad.

Ella empezó a hablar de cosas que para mí todavía podían esperar.

Casarnos.

Cambiar de casa.

Hijos.

No todas a la vez.

No como una lista.

Poco a poco.

Yo nunca dije que no.

Ese había sido parte del problema.

Decía:

Ya veremos.

Más adelante.

Ahora estamos bien.

Y estábamos bien.

Hasta que estar bien dejó de ser suficiente para ella.

No la culpaba.

Tampoco me culpaba a mí.

Teníamos treinta y tantos años y una capacidad extraordinaria para pensar que las conversaciones difíciles podían resolverse aplazándolas.

No podían.

El móvil vibró.

Cristina.

Una foto.

Una cartulina azul.

Cristina: CONSEGUIDA

Me reí.

La noche anterior su hija necesitaba una.

Raúl: Estoy muy orgulloso.

Cristina: He ido a tres sitios.

Raúl: La maternidad es preciosa.

Cristina: Cállate.

Guardé el móvil.

Miércoles.

Todavía faltaban cinco días.

Me pareció bien.

* * *

Por la tarde fui al supermercado.

Necesitaba leche.

Papel higiénico.

Huevos.

Detergente.

Salí con leche, papel higiénico, huevos, detergente, pistachos, una pizza, cerveza, aceitunas y un queso que estaba de oferta.

La edad adulta consistía en muchas cosas.

La mayoría no merecían una película.

Cuando llegué a casa tenía un mensaje de Álvaro.

Álvaro: No le he escrito.

Contesté:

Raúl: 👍**

Los tres puntos aparecieron.

Álvaro: -500 de aura por el pulgar

Me quedé mirando.

Aquello había llegado al trabajo.

Raúl: Vete a la mierda.

Álvaro: 😂

Dejé el móvil.

Aquella noche jugué a la Play.

Cené pizza.

No abrí Tinder.

No pensé demasiado en Ana.

Pensé un poco en Cristina.

Y bastante más de lo que esperaba en Marta.

No con nostalgia.

No quería volver.

Ni imaginaba cómo habría sido nuestra vida si yo hubiera dicho sí a algunas cosas.

Bueno.

Lo imaginé durante aproximadamente treinta segundos.

Una casa más grande.

Dos niños.

Un coche con migas en los asientos.

Quizá un perro.

Después pensé que también podía haber acabado divorciado.

Mi expediente impecable.

Sonreí.

No.

Eso tampoco.

Marta no había sido un error que conseguí evitar.

Había sido una persona a la que quise durante años.

Y después dejamos de querer la misma vida.

Mucho menos gracioso.

Bastante más cierto.

Cerca de medianoche recibí otro mensaje de Álvaro.

Álvaro: Me ha escrito ella.

Esperé.

Llegó otro.

Álvaro: Podemos hablar mañana?

Tardé en entender que aquello era lo que Irene le había escrito.

Raúl: Y qué vas a hacer?

Álvaro: Hablar mañana.

Miré la pantalla.

Raúl: Mira qué fácil.

Álvaro: gilipollas

Sonreí.

Dejé el teléfono.

No supe qué ocurriría con ellos.

Por primera vez, tampoco intenté adivinarlo.