Señales
El jueves fui a trabajar sabiendo que por la tarde tenía que volver a la farmacia.
Eso no debería haber significado nada.
Significaba recoger una caja.
Entrar.
Dar el nombre.
Recoger.
Salir.
Un proceso sencillo.
Había comprado medicamentos cientos de veces sin convertirlo en un acontecimiento.
Hasta que mi madre decidió informarme de que la farmacéutica estaba soltera.
Ahora tenía un problema.
No sabía si ponerme colonia.
No me puse.
Me pareció una victoria.
* * *
A media mañana Patricia se acercó a mi mesa.
—¿Qué haces esta tarde?
—Cosas.
—Qué misterioso.
—Tengo que ir a la farmacia.
—Eso explica todo.
—¿Todo qué?
—Nada.
La miré.
Patricia siguió andando.
—Espera.
Se detuvo.
—¿Qué?
—¿Por qué has dicho eso?
—¿El qué?
—«Eso explica todo.»
—Era una frase.
—No.
—Raúl.
—Qué.
—Tengo trabajo.
—Yo también.
—Pues hazlo.
Se fue.
Me quedé pensando.
Cinco segundos.
Después entendí.
Me levanté.
—No es por la farmacéutica.
Patricia ni siquiera giró la cabeza.
—No sé de qué me hablas.
Hija de puta.
* * *
A las tres salí.
Fui a casa.
Comí.
Vi un rato la televisión.
Me quedé dormido en el sofá.
Me desperté a las cinco y veinte con el cuello torcido y una marca del cojín en la cara.
Perfecto.
Aquello ayudaba.
La farmacia cerraba a las ocho y media.
Podía ir a cualquier hora.
Fui a las seis y cuarto.
La misma que el día anterior.
Por casualidad.
Había cuatro personas esperando.
Ana estaba atendiendo.
También había otro farmacéutico.
Calculé.
Si avanzaba aquella cola normalmente, podía tocarme cualquiera de los dos.
Me pareció bien.
Por supuesto.
No había ido a hablar con Ana.
Había ido a recoger una medicación.
Avanzó la cola.
El hombre de delante fue con el otro.
Yo quedé libre.
Ana levantó la cabeza.
—Hola otra vez.
—Hola.
Me acerqué.
El universo había decidido.
O una cola de farmacia.
Una de las dos.
—Vengo a por lo de mi madre.
—Ya.
Ana fue hacia uno de los cajones.
No me pidió el nombre.
Volvió con la caja.
—Aquí está.
—Perfecto.
Le di la tarjeta.
—¿Qué tal?
La miré.
—¿Yo?
—Sí.
Aquello era una pregunta extremadamente habitual.
Millones de personas la recibían cada día.
No era una señal.
—Bien.
—Qué entusiasmo.
—Es jueves.
—Eso es verdad.
Pasó la tarjeta.
—¿Y tú?
—Bien.
—Qué entusiasmo.
Sonrió.
Uno a uno.
Me entregó la caja.
—¿Algo más?
Ahí estaba la salida.
No.
Gracias.
Hasta luego.
Era fácil.
—Todavía no he ido al japonés.
¿Por qué había dicho eso?
Ana sonrió.
—Han pasado veinticuatro horas.
—He tenido una agenda complicada.
Había dormido una siesta.
—Tampoco tienes que ir corriendo.
—Ya.
—Aunque el ramen sigue estando bueno.
—Me tranquiliza que no haya empeorado desde ayer.
Se rio.
Bien.
O no.
La gente se reía.
Era una actividad normal.
—¿Siempre sales tan tarde? —pregunté.
No.
¿Por qué?
¿Por qué había preguntado eso?
Ana señaló alrededor.
—Trabajo aquí.
—Ya. Eso lo había deducido.
—Entonces vamos bien.
—Me refería al horario.
—Depende del turno.
—Ah.
Silencio.
No terrible.
Pero silencio.
Una señora esperaba detrás de mí.
Eso sí era terrible.
—Bueno —dije—. No te entretengo.
—No me entretienes.
Señaló a la señora.
—Pero ella quizá opine distinto.
La mujer sonrió.
—Yo no tengo prisa.
Estupendo.
Ahora había público.
—Me voy.
Ana se rio.
—Hasta luego, Raúl.
—Hasta luego.
* * *
Salí.
Otra vez.
Había vuelto a decir mi nombre.
Sin mirar ninguna tarjeta.
Eso era una señal.
No.
Sabía cómo me llamaba.
Mi madre probablemente se lo había dicho.
También podía haberlo leído en la tarjeta sanitaria el día anterior.
O durante cualquiera de las veces que había ido a la farmacia.
No significaba nada.
Llegué al coche.
Abrí la puerta.
No entré.
¿«No me entretienes»?
Podía significar:
No me entretienes.
O podía significar:
No me entretienes.
Las dos opciones eran preocupantemente parecidas.
Entré.
El móvil vibró.
Patricia.
Patricia: 💊❤️?
La llamé.
Respondió riéndose.
—Eres imbécil.
—¿Qué tal Ana?
—He ido a por una caja.
—¿Y?
—Me ha dado una caja.
—Pasión.
—Hemos hablado.
—Ah.
—Normal.
—Claro.
—Me ha preguntado qué tal.
—Boda en junio.
—Vete a la mierda.
Patricia se rio.
—¿Le has pedido el teléfono?
—No.
—Bien.
—¿Por qué bien?
—Porque trabaja de cara al público y todavía no sabes si está siendo amable o si le interesas.
Me quedé callado.
—Eso es exactamente lo que he pensado.
—Entonces vas progresando.
—Pero ha recordado mi nombre.
—Raúl.
—Qué.
—Tu madre compra allí.
—Ya.
—Tú compras allí.
—Sí.
—Ayer hablaste con ella.
—Sí.
—Puede recordar tu nombre.
—Sí.
—También puede gustarle tu culo. No tengo datos.
—Gracias.
—De nada.
Colgó.
Me quedé sentado en el coche.
Aquello era frustrante.
Las aplicaciones tenían defectos.
Muchísimos.
Pero al menos resolvían una cuestión.
Si hacías match con alguien, sabías que en algún momento aquella persona había visto tu cara y había pulsado que sí.
Fuera de Tinder no había corazones.
No aparecía un cartel.
No vibraba nada.
Había sonrisas.
Preguntas.
Miradas.
Conversaciones.
Personas que recordaban tu nombre.
Y ninguna llevaba instrucciones.
Durante once años aquello no me había preocupado porque no estaba buscando nada.
Ahora veía señales por todas partes.
Probablemente la mitad no existían.
* * *
Por la noche cené en casa.
Puse una película.
A los veinte minutos Cristina escribió.
Cristina: Necesito actualización farmacéutica.
Sonreí.
La historia de mi madre había continuado por mensajes la noche anterior.
Cristina conocía ya una cantidad preocupante de información sobre Ana.
Raúl: He vuelto hoy.
Cristina: 😂😂😂
Cristina: Por las pastillas o por amor?
Raúl: Por las pastillas.
Cristina: Qué decepción.
Raúl: Ha recordado mi nombre.
Tardó poco.
Cristina: Cásate con ella.
Raúl: Patricia ha dicho junio.
Cristina: Patricia me cae bien.
Raúl: No la conoces.
Cristina: Me cae bien igual.
Raúl: Eso le pasa a mucha gente al principio.
Seguimos hablando.
De la farmacia.
De su día.
De sus hijos.
Su hijo había perdido una sudadera por tercera vez aquel curso.
Su hija necesitaba una cartulina para el día siguiente y había decidido comunicarlo a las diez de la noche.
Cristina: Ser madre consiste en descubrir necesidades escolares cuando las tiendas están cerradas.
Raúl: Puedes dibujar una cartulina en varios folios.
Cristina: No vuelvas a dar consejos sobre maternidad.
Raúl: Entendido.
Pasaron unos segundos.
Cristina: La semana que viene tengo una tarde libre.
Miré el mensaje.
No respondí inmediatamente.
No porque estuviera calculando.
Bueno.
Un poco.
Raúl: Eso existe?
Cristina: Una vez cada varios meses.
Raúl: Deberíamos hacer algo para celebrarlo.
Cristina: Eso estaba pensando.
Sonreí.
Raúl: Qué día?
Cristina: Miércoles.
Miércoles.
Seis días.
Raúl: Puedo.
Cristina: Qué raro.
Raúl: Tengo una vida muy ocupada.
Cristina: Farmacias, jubiladas, bailes...
Raúl: No sé cómo saco tiempo.
Cristina: 😂
Cristina: Pero esta vez elijo yo.
Raúl: Me preocupa.
Cristina: Debería.
Dejé el móvil.
Volví a la película.
No sabía qué había ocurrido durante los últimos veinte minutos.
Un hombre estaba huyendo.
No sabía de quién.
Pausé.
Retrocedí.
Diecisiete minutos.
Antes de dormir abrí Tinder.
No por nada.
Cristina seguía allí.
La foto nueva también.
Elena seguía sin contestar.
Sonia seguía siendo match.
Me detuve.
No sabía qué se hacía con un match cuando ambos habían decidido que no querían seguir quedando.
¿Se deshacía?
¿Se dejaba?
¿Había una etiqueta?
Pensé en Álvaro.
No.
No iba a preguntarle.
Cerré Tinder.
Tenía una cita con Cristina el miércoles siguiente.
Tercera.
Eso sí significaba algo.
Probablemente.
Luego pensé en Ana.
No sabía si aquello significaba algo.
Probablemente no.
Después pensé que quizá era justo al revés.
Apagué la luz.
Dos semanas usando Tinder y ya había conseguido algo que no esperaba.
Desconfiar de las farmacéuticas.