La farmacéutica
Mi madre me llamó el miércoles a las seis y doce.
—Raúl.
—Mamá.
—¿Dónde estás?
Miré alrededor.
Mi salón.
—En casa.
—¿Puedes venir?
Me incorporé.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—¿Estás bien?
—Sí.
—Entonces ¿qué pasa?
—Que necesito una cosa.
—¿Qué cosa?
—Cuando vengas te lo digo.
—Dímelo ahora.
—No quiero molestarte si estás ocupado.
Miré la televisión.
Un señor estaba restaurando una mesa del siglo XIX.
Llevaba quince minutos viéndolo.
—Estoy ocupadísimo.
—Pues nada.
—Mamá.
—Qué.
—¿Qué necesitas?
—Unas pastillas.
—¿Qué pastillas?
—Las mías.
Aquello reducía poco el campo.
—¿Y por qué no vas tú?
—Porque ya estoy en pijama.
Miré el reloj.
Seis y doce.
—Son las seis.
—¿Y?
No tenía respuesta.
Mi madre vivía a diez minutos en coche.
A quince si había tráfico.
A veinticinco si alguien había decidido aparcar en doble fila en una calle estrecha, que era una tradición local.
Cuando llegué, abrió en pijama.
No había mentido.
Eso siempre era tranquilizador.
—Hola.
—Hola, hijo.
—¿Qué pastillas?
—Pasa.
—Mamá.
—Qué prisa.
—Ninguna. Pero me has llamado como si estuvieras secuestrada.
—No exageres.
—Has dicho «puedes venir» y te has negado a explicar por qué.
—Te he dicho que eran pastillas.
—Después de un interrogatorio.
Fue a la cocina.
La seguí.
—¿Has merendado?
—Sí.
—Tengo bizcocho.
—Entonces no.
—¿No quieres?
—Claro que quiero.
—Pues siéntate.
Había ido a por medicamentos.
Estaba comiendo bizcocho.
El proceso funcionaba.
Me dio una tarjeta y una caja vacía.
—Esta.
Miré el nombre.
—Vale.
—Y pregunta si ya está la otra.
—¿Qué otra?
Sacó otra caja.
—Esta.
—¿Hay algo más?
—No.
Esperé.
—¿Seguro?
—Sí.
—Porque puedo hacer una sola expedición.
—Qué exagerado eres.
Me guardé las cajas.
—Voy.
—Espera.
Ahí estaba.
—¿Qué?
—Creo que hoy está la chica.
Cerré los ojos.
—No.
—¿Qué?
—Nada.
—La farmacéutica.
—Sé quién es la chica.
—Es muy agradable.
—Eso ya me lo dijiste.
—Porque lo es.
—También me dijiste que no está casada.
—Y no lo está.
—¿Sigue sin llevar alianza?
Mi madre me miró.
—Me fijo en las cosas.
—Eso es una forma muy elegante de llamarlo.
—¿De llamar a qué?
—A lo que haces tú.
—No hago nada.
—Claro.
Me guardé las cajas.
—Voy a por las pastillas.
—Se llama Ana.
Me detuve.
—Mamá.
—¿Qué?
—Tiene una placa con el nombre. Ya lo sé.
—Pues entonces no sé por qué te molesta que te lo diga.
No había manera de ganar aquella conversación.
—Voy.
—No tardes.
—¿Por qué?
—Por nada.
La miré.
Mi madre empezó a recoger unas migas que no existían.
Me fui.
La farmacia estaba a dos calles.
Había entrado muchas veces.
Conocía de vista a casi todos.
Y también a ella.
Ana tendría cuarenta y pocos.
Quizá algo más.
Pelo oscuro.
Gafas.
Siempre parecía estar de buen humor.
Eso, hasta aquel momento, lo había atribuido a una mezcla de profesionalidad y medicamentos cercanos.
Había dos personas delante.
Esperé.
Me tocó.
Ana sonrió.
—Hola.
—Hola.
Le di la tarjeta y las cajas.
—Vengo de parte de Carmen.
Su sonrisa cambió.
No mucho.
Lo suficiente.
—Ya me parecía raro que vinieras tú solo.
—También compro medicamentos por iniciativa propia.
—No muchas veces.
La miré.
—¿Sabes quién soy?
—Claro.
Aquello no estaba previsto.
—Ah.
—El hijo de Carmen.
Mucho mejor.
—Eso sí.
Ana pasó la tarjeta.
—Tu madre habla mucho de ti.
Mucho peor.
—Lo siento.
Se rio.
—No ha dicho nada malo.
—Eso me preocupa todavía más.
Buscó una de las cajas.
—Esta sí.
—¿Y la otra?
Miró la pantalla.
—Mañana.
—Perfecto.
—¿Quieres que se la reservemos?
—Sí.
Tecleó algo.
—Hecho.
Cogí la caja.
—Gracias.
—De nada.
Y ahí debería haber terminado.
—Por cierto —dijo Ana.
Me giré.
—¿Qué?
—¿Al final fuiste al japonés?
Tardé unos segundos.
—¿Qué japonés?
—El restaurante.
Seguía sin saber de qué hablaba.
Ana me miró.
—El que te recomendé.
Busqué en mi memoria.
Nada.
—Creo que no era yo.
—Sí eras tú.
—No recuerdo...
—Viniste a por ibuprofeno hace unos meses y me preguntaste por un sitio para cenar por el centro.
Entonces sí.
Muy vagamente.
Había sido después del cine.
Quería cenar.
Ella había mencionado un japonés.
Yo había terminado comiendo una hamburguesa.
—Es verdad.
—No fuiste.
—No.
—Muy mal.
—¿Tan bueno es?
—Sí.
—Pues tendré que ir.
—Tienes que pedir el ramen.
—Vale.
—Y las gyozas.
—Vale.
—El sushi no.
—¿Por qué?
—No está malo. Pero hay sitios mejores.
—Estoy recibiendo mucha información.
—Luego no digas que no te aviso.
Sonrió.
Yo también.
—Ramen y gyozas.
—Eso.
—Lo intentaré.
—Hazlo.
Cogí la bolsa.
—Hasta mañana.
—¿Mañana?
—La medicación de tu madre.
—Ah. Sí.
Ana sonrió.
—Hasta mañana.
* * *
Salí.
Caminé unos veinte metros.
Paré.
No físicamente.
Mentalmente.
Volví a reproducir la conversación.
Hola.
Carmen.
Medicamentos.
Japonés.
Ramen.
Gyozas.
Hasta mañana.
Nada.
Absolutamente nada.
Seguí andando.
Cinco metros después volví a pensar.
Recordaba una conversación conmigo de hacía meses.
Eso podía significar algo.
También podía significar que tenía buena memoria.
Trabajaba de cara al público.
Recordar clientes era útil.
Además, yo era el hijo de Carmen.
Mi madre podía haber convertido mi existencia en una serie por entregas.
No había pruebas.
Bien.
Cuando volví, mi madre seguía en la cocina.
—¿Te la han dado?
Dejé la bolsa.
—Una sí. La otra mañana.
—Ah.
—La han reservado.
—Muy bien.
Cogió la caja.
No preguntó nada.
Esperé.
Nada.
Mi madre abrió un armario.
Sacó un vaso.
—¿Qué?
—Nada.
—Me estás mirando.
—Tú sabrás.
—¿Sabré qué?
—Nada.
La observé.
Aquello era sospechoso.
—He hablado con Ana.
Mi madre bebió agua.
—Claro. Trabaja allí.
—Me ha recomendado un japonés.
Mi madre dejó el vaso.
—Qué bien.
—Ya me lo había recomendado antes.
—Ah.
—Se acordaba.
—Tiene buena memoria.
—Eso he pensado.
Mi madre asintió.
—Es muy lista.
—Mamá.
—Qué.
—No hagas nada.
—¿Qué voy a hacer?
—Nada.
—Pues entonces ya estamos de acuerdo.
No me tranquilizó.
—¿Tú le has hablado de mí?
—Claro.
—¿Por qué?
—Porque eres mi hijo.
—Eso no obliga.
—¿De qué quieres que hable?
—Del tiempo.
—También.
—¿Qué le has contado?
—Cosas.
—¿Qué cosas?
—Normales.
—Define normales.
Mi madre empezó a recoger unas migas.
—Que trabajas.
—Bien.
—Que tienes tu casa.
—Mamá.
—¿Qué?
—Eso ya no es una conversación normal con una farmacéutica.
—Me preguntó.
Me quedé quieto.
—¿Qué te preguntó?
—No me acuerdo.
—Hace un rato sabías hasta cuándo trabaja y ahora tienes amnesia.
—No seas pesado.
—Mamá.
—Me preguntó si vivías por aquí.
—Eso no es lo mismo que preguntar si tengo casa.
—Pues salió.
—¿Y qué más salió?
—Nada.
—¿Estoy soltero?
Silencio.
Ah.
—Mamá.
—Qué.
—¿Le has dicho que estoy soltero?
—No sé.
—Sí sabes.
—Puede.
—¿Cómo sale eso comprando medicamentos?
—Se habla.
—¿De mi estado civil?
—No eres ministro.
—Precisamente por eso.
Mi madre sonrió.
La conocía.
Aquella sonrisa era culpable.
—No vuelvas a hablarle de mí.
—Vale.
—En serio.
—Que sí.
—Ni de si tengo novia.
—Vale.
—Ni de mi casa.
—Vale.
—Ni de Tinder.
Mi madre levantó la cabeza.
—¿Qué voy a contarle yo de Tinder?
—Nada. Ese es exactamente el objetivo.
—Solo sé que te lo pusiste.
—Información más que suficiente.
—¿Y te ha servido?
La miré.
—¿Para qué?
—Para conocer mujeres.
—Mamá.
—Para eso era, ¿no?
—Sí.
—Pues te estoy preguntando.
—No vamos a hacer balance.
—¿Has conocido a alguna?
Pensé en Amparo.
Cristina.
Sonia.
Incluso Elena y Coco durante aproximadamente nueve mensajes.
—Alguna.
Mi madre sonrió.
Mala señal.
—¿Qué?
—Nada.
—No pongas esa cara.
—¿Qué cara?
—La que estás poniendo.
—Me alegro por ti.
—No hay nada por lo que alegrarse.
—Pues entonces no me alegro.
—Mucho mejor.
Cogí las llaves.
—Me voy.
—¿Mañana recoges la otra?
—Sí.
—A la misma hora está Ana.
La miré.
Mi madre cogió otra miga.
—Casualidad.
—Claro.
Bajé al coche.
Antes de arrancar pensé en Ana.
Otra vez.
No porque creyera que estuviera interesada.
No tenía ni idea.
Ese era precisamente el problema.
Dos semanas antes una mujer podía sonreírme, recordar una conversación de hacía meses y recomendarme un restaurante y yo habría pensado:
Qué farmacéutica más agradable.
Ahora existían alternativas.
Podía ser amable.
Podía caerle bien.
Podía estar flirteando.
Podía recordar a mi madre y, por extensión, a mí.
No sabía.
Y empezaba a sospechar que gran parte de volver a relacionarse con mujeres consistía exactamente en eso.
No saber.
El móvil vibró.
Lo miré antes de arrancar.
Cristina.
Cristina: Cómo va tu semana?
Sonreí.
Escribí:
Raúl: Acabo de descubrir que mi madre puede estar intentando colocarme a la farmacéutica.
Los tres puntos aparecieron enseguida.
Cristina: 😂😂😂
Cristina: Necesito toda la historia.
Miré hacia la ventana de casa de mi madre.
La luz de la cocina seguía encendida.
Raúl: Es larga.
Cristina: Tengo tiempo.
Arranqué.
No contesté todavía.
Por primera vez en varios días, tampoco tuve prisa.