La segunda
El martes Elena seguía sin contestar.
Lo comprobé una vez.
Dos.
La tercera ya no contó porque estaba buscando otra cosa.
No sabía qué.
Pero otra cosa.
—No va a contestar —dijo Patricia.
Levanté la vista.
—¿Quién?
—La del perro.
—¿Cómo sabes lo de la del perro?
—Me lo contaste ayer.
—Ah.
—Estás envejeciendo muy rápido.
—Tengo otras preocupaciones.
—¿Como cuáles?
—Trabajo.
Patricia miró mi pantalla.
—Estás en Tinder.
Cerré la aplicación.
—Estaba comprobando una cosa.
—Si te había contestado.
—Entre otras.
—¿Qué otras?
—No voy a entrar en detalles.
—Porque no existen.
Seguí trabajando.
—Además, esta noche tengo una cita.
—Sonia.
—Sí.
—Segunda cita.
—Sí.
—Después de besaros.
—Correcto.
Patricia esperó.
—¿Qué?
—Nada.
—Estás haciendo eso.
—¿Qué?
—Esperar.
—No estoy haciendo nada.
—Precisamente.
Sonrió.
Aquello empezaba a ser una tradición.
Sonia había elegido el sitio.
Un bar pequeño cerca del centro.
A las ocho.
No pensé demasiado en qué ponerme.
Eso me gustó.
Bueno.
No.
Simplemente ocurrió.
Me puse unos vaqueros, una camiseta y una chaqueta.
La camisa azul ni siquiera participó en el proceso.
Había evolucionado.
Sonia ya estaba dentro cuando llegué.
—Hola.
—Hola.
Nos besamos.
Dos besos.
En la cara.
Me di cuenta.
Ella también.
No ocurrió nada.
—¿Qué tal?
—Bien. Cansada.
—¿Mucho trabajo?
—Una barbaridad.
Nos sentamos.
La primera cita había empezado fácil.
Aquella no.
No mal.
Fácil no.
Había una diferencia.
Sonia me contó un problema con un cliente.
Yo le conté otro del trabajo.
Hablamos del tráfico.
De un restaurante que habían abierto cerca de su casa.
De una serie que ella estaba viendo y yo no.
De otra que yo había visto y ella había dejado en el segundo capítulo.
Todo normal.
Perfectamente normal.
Quizá demasiado.
—¿Y tu semana? —preguntó.
—Bien.
—¿Qué hiciste el fin de semana?
Pensé.
Cristina.
Amparo.
Antonio.
Mercedes.
Mis sobrinos.
Aura.
Había material.
—Fui a bailar.
Sonia abrió los ojos.
—¿Tú?
Empezaba a cansarme que todo el mundo reaccionara igual.
—Sí.
—No te pegaba.
—¿Qué me pega?
—No sé. Cine.
—También voy al cine.
—¿Ves?
—Eso no demuestra nada.
Sonrió.
—¿Y qué bailaste?
—Bachata.
—¿Sabes bailar bachata?
—No.
—Entonces ¿qué hiciste?
—Principalmente molestar.
Se rio.
Aquello mejoró un poco.
—¿Con quién fuiste?
—Con una amiga.
—¿Amiga?
Ahí estaba.
Una palabra.
Una entonación.
Una pregunta completa.
—Amparo.
—¿La de sesenta y siete?
La miré.
—¿Te hablé de Amparo?
—Sí.
—Estoy contando demasiadas cosas.
—Bastantes.
—Pues sí. Con ella.
—¿Y qué tal?
—Me rechazó por viejo, así que la tensión sexual está bastante controlada.
Sonia se rio.
—Eso sí me lo contaste.
—Bien.
—Lo de que te rechazó. No lo de bailar.
—Ahora somos amigos.
—¿Y bailaste con ella?
—Y con Mercedes.
Sonia dejó el vaso.
—¿Quién es Mercedes?
Sonreí.
—Esa reacción ya la he vivido.
—¿Qué reacción?
—Exactamente esa.
—Solo he preguntado quién es.
—Una mujer que estaba allí.
—¿Y?
—Bailamos.
—¿Y?
—Nada.
—Vale.
Esperé.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes cara.
Otra.
Todo el mundo tenía acceso a mi cara.
—No pasó nada.
—No he dicho que pasara.
—Ya.
Bebí.
No sabía por qué me estaba justificando.
Eso era nuevo.
Pedimos algo para comer.
La conversación siguió.
Mejor que al principio.
Peor que el miércoles anterior.
No sabía medir esas cosas.
Tampoco quería empezar.
Sonia estaba guapa.
Seguía pareciéndome atractiva.
Seguía siendo divertida.
Seguía tocándome el brazo alguna vez cuando hablaba.
Todo estaba aparentemente en su sitio.
Y, sin embargo, faltaba algo.
No sabía qué.
Quizá nada.
Quizá esperaba demasiado porque ya nos habíamos besado.
—Estás más callado hoy —dijo.
—¿Yo?
—Sí.
—No creo.
—Un poco.
—Estoy cansado.
Era verdad.
También era una respuesta de mierda.
—Yo también —dijo.
Y ahí quedó.
Después de cenar salimos.
Caminamos un rato.
Llegamos a una esquina.
Su coche estaba hacia un lado.
El mío, hacia el otro.
La primera vez aquel momento había tenido una dirección bastante clara.
Aquella noche no.
—Bueno —dijo Sonia.
—Bueno.
Nos miramos.
Ahí estaba otra vez.
El espacio.
La distancia exacta en la que dos adultos tenían que decidir qué coño hacer con la cara.
Sonia sonrió.
Yo también.
Me acerqué.
Ella también.
Nos besamos.
Fue un buen beso.
Objetivamente.
Si existía una inspección de besos, habría pasado.
Duración correcta.
Manos razonables.
Ningún diente.
Nada extraño.
Cuando terminamos, Sonia sonrió.
—Bueno.
—Bueno.
Segunda vez.
—Me voy, que mañana madrugo.
—Yo también.
—Hablamos.
—Sí.
Nos dimos otro beso.
Más corto.
Se fue.
Caminé hacia mi coche.
No estaba eufórico.
Tampoco decepcionado.
Eso era lo raro.
El miércoles anterior había conducido a casa pensando que acababa de besar a una mujer después de once años.
Aquella noche acababa de besar a la misma mujer seis días después.
El acontecimiento había perdido bastante valor informativo.
* * *
Al llegar a casa tenía un mensaje.
Sonia: He llegado 😊
Contesté.
Raúl: Yo también. Lo he pasado bien.
Tardó un poco.
Sonia: Yo también 😊
Y ya.
Dejé el teléfono.
A la mañana siguiente no había ningún mensaje suyo.
Tampoco de Elena.
Cristina había subido una foto nueva a Tinder.
Eso me sorprendió más de lo que debería.
Estaba en una terraza.
No sabía cuándo la había puesto.
Quizá el lunes.
Quizá antes.
La miré unos segundos.
Después cerré.
Sonia escribió cerca del mediodía.
Sonia: Oye, te voy a decir una cosa antes de que hagamos el tonto
Leí dos veces.
Aquello rara vez precedía a una invitación de cumpleaños.
Sonia: Me caes genial y me lo he pasado bien contigo los dos días
Aparecieron los tres puntos.
Desaparecieron.
Volvieron.
Sonia: Pero ayer me fui con la sensación de que no terminamos de encajar
Me quedé mirando.
No sentí un golpe.
Ni un vacío.
Ni una decepción enorme.
Más bien reconocimiento.
Porque yo había sentido exactamente lo mismo.
Escribí.
Borré.
Volví a escribir.
Raúl: Creo que a mí me pasó un poco lo mismo.
Lo envié.
Sonia respondió enseguida.
Sonia: Joder pues haber avisado 😂
Sonreí.
Raúl: Estaba esperando el informe oficial.
Me arrepentí en cuanto lo envié.
Otra vez.
Funcionario.
Tenía que vigilar aquello.
Sonia respondió.
Sonia: 😂😂
Sonia: Entonces amigos?
Miré la palabra.
Amigos.
Llevábamos dos citas.
No sabía si aquello creaba una amistad.
Raúl: Podemos empezar por no bloquearnos y ya vemos.
Sonia: Me parece razonable 😂
Raúl: Y gracias por decirlo.
Sonia: Igualmente
Sonia: Por cierto
Sonia: La próxima vez que una mujer te diga que no has perdido práctica no te vengas arriba
Me reí en voz alta.
Patricia levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Nada.
Raúl: Pensaba utilizarlo en mi perfil.
Sonia: Ni se te ocurra
Raúl: “Avalado por una usuaria.”
Sonia: Adiós Raúl 😂
Raúl: Adiós Sonia.
Dejé el teléfono.
—¿Qué ha pasado? —preguntó Patricia.
—Sonia.
—¿Qué?
—No habrá tercera cita.
Patricia dejó de sonreír.
—¿Estás bien?
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Te ha dicho que no quiere seguir?
—Más o menos.
—Lo siento.
—Yo tampoco quería.
Patricia me miró.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez esa cara.
—¿Qué cara?
—La de que no me crees.
—Sí te creo.
—Entonces.
—Estoy procesando que hayas tardado menos de dos semanas en descubrir que tú también puedes rechazar.
—No la he rechazado.
—Ya.
—Ha sido mutuo.
—Claro.
—De verdad.
—Raúl.
—Qué.
—Te creo.
—Pues deja de poner esa cara.
Sonrió.
—No puedo. Es mi cara.
Volví al trabajo.
Me sentía bien.
No contento.
No triste.
Bien.
Sonia me gustaba.
Me había gustado besarla.
Me había gustado que me tocara el brazo.
Me había gustado que dijera que no parecía llevar once años sin práctica.
Todo aquello seguía siendo verdad.
Y también era verdad que no quería una tercera cita.
Me pareció extraño.
Durante mucho tiempo había imaginado que mi problema, si alguna vez volvía a salir con mujeres, sería gustarles.
No se me había ocurrido que después habría más problemas.
Que me gustaran.
Que me gustaran lo suficiente.
Que yo les gustara lo suficiente.
Que coincidieran ambas cosas.
Que coincidieran el mismo día.
Era un sistema bastante mal diseñado.
Abrí Tinder.
Cuatro matches.
Amparo, convertida en amiga.
Cristina, hablando con otro hombre.
Sonia, archivada sentimentalmente hacía aproximadamente siete minutos.
Elena, desaparecida junto a Coco.
Visto así, mi imperio no parecía especialmente sólido.
Cerré Tinder.
Tenía trabajo.
Y hambre.
Sobre todo, hambre.
Aquello sí sabía solucionarlo.