Visto
El lunes me dolía la rodilla.
No mucho.
Lo suficiente.
Bajando las escaleras noté una pequeña molestia.
Nada grave.
Una advertencia.
Tenía cuarenta y cinco años y había descubierto que existían movimientos que podían hacerse una vez.
La segunda requería calentamiento.
Patricia llegó mientras yo tomaba café.
—¿Qué te pasa?
—Nada.
—Andas raro.
—Estoy bien.
—Cojeas.
—No cojeo.
Di dos pasos.
Cojeaba.
Muy poco.
—¿Qué has hecho?
—Farmear aura.
Patricia se quedó mirándome.
—No quiero saberlo.
—Mejor.
—¿Es sexual?
—No.
—Entonces definitivamente no quiero saberlo.
Se sentó.
—¿Qué tal el fin de semana?
—Bien.
—¿Cristina?
—Bien.
—¿Amparo?
—Bien.
—Qué hombre más expresivo.
—Bailé.
Patricia levantó la vista.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Voluntariamente?
—Eso es discutible.
—¿Con Amparo?
—Y con Mercedes.
Silencio.
—¿Quién coño es Mercedes?
Me gustó aquel momento.
—Una mujer.
—Eso lo había deducido.
—Me pidió bailar.
—Mira tú.
—No significaba nada.
—¿Quién ha dicho que significara algo?
—Amparo.
—¿Amparo te explicó que una mujer puede hablar contigo sin querer acostarse contigo?
—Más o menos.
Patricia sonrió.
—Está haciendo una gran labor.
—También conocí a Antonio.
—¿Quién es Antonio?
—Va los jueves.
Patricia esperó.
—¿Adónde?
—A casa de Amparo.
Tardó dos segundos.
—Ah.
—Eso dije yo.
—¿Su novio?
—Antonio.
—¿Qué?
—Eso mismo pregunté.
Patricia me miró.
—Cada vez entiendo menos tu vida.
—Yo la mía sí. La de Amparo requiere más formación.
* * *
A media mañana llegó una notificación de Tinder.
A alguien le gustas.
Abrí la aplicación.
Elena, 47.
Morena.
Sonrisa bonita.
Cinco fotos.
Ninguna con filtro evidente.
Una en la playa.
Otra en una terraza.
Una con un perro.
La cuarta parecía de una boda.
La quinta, en el campo.
Leí el perfil.
«Me gusta viajar, el cine, salir a comer y también quedarme en casa. Busco conocer a alguien normal.»
Alguien normal.
Peligroso.
Todo el mundo se consideraba normal.
Probablemente también los que guardaban cabezas en un congelador.
Miré las fotos otra vez.
Me gustó.
Pulsé el corazón.
¡Es un match!
Cuatro.
Amparo.
Cristina.
Sonia.
Elena.
Pilar no contaba.
Pilar había sido un like.
Nada más.
No escribí inmediatamente.
Había aprendido cosas.
No sabía cuáles.
Pero alguna tenía que haber aprendido.
Esperé.
Dos minutos.
Me pareció suficiente.
Raúl: Hola. La pregunta importante: el perro es tuyo o lo utilizas para conseguir matches?
La respuesta llegó poco después.
Elena: Jajaja es mío
Bien.
Raúl: Entonces funciona.
Elena: 😂
Esperé.
Nada.
Escribí:
Raúl: Cómo se llama?
Elena: Coco
Raúl: Tiene cara de Coco.
Tardó un poco.
Elena: Jajaja sí
Y ya.
Miré la conversación.
Hola.
Jajaja.
Coco.
Jajaja.
Había interrogatorios policiales con más química.
Dejé el móvil.
Diez minutos después lo miré.
Nada.
Perfecto.
Estaría trabajando.
Yo también debería.
A la hora del café seguía sin haber nada.
No tenía por qué haberlo.
Nos conocíamos desde hacía aproximadamente cuatro mensajes.
Tres de ellos sobre un perro.
Guardé el teléfono.
Poco antes de salir del trabajo, Miguel escribió al grupo que teníamos Sergio, él y yo.
Miguel: Cerveza hoy?
Sergio respondió primero.
Sergio: imposible fútbol del niño
Miguel: Raul?
No tenía nada que hacer aquella tarde.
Raúl: Vale.
Miguel: 8?
Raúl: 👍
Sergio respondió.
Sergio: ese pulgar es de señor mayor
Raúl: Tengo 45 años.
Sergio: precisamente
Cristina tenía razón.
El pulgar empezaba a volverse contra mí.
* * *
A las ocho Miguel ya estaba sentado.
Tenía una cerveza.
Pedí otra.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿La cita del lunes pasado?
—¿Cuál?
Lo miré.
—¿Cuántas tuviste el lunes pasado?
—Una.
—Entonces esa.
—Ah.
—Dijiste que había ido bien.
—Sí.
—¿Y?
—Nada.
—¿Nada?
—Nada.
Me senté.
—¿No habéis vuelto a hablar?
—Sí.
—Entonces no es nada.
—Raúl.
—Qué.
—No me hagas reconstruirlo.
—Estoy intentando entender.
Miguel bebió.
—Quedamos. Nos acostamos. Hemos hablado dos veces. Ya está.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Tienes cara.
Todo el mundo había decidido que mi cara era de dominio público.
—Pensaba que quizá...
—¿Qué?
—No sé.
—Pues yo tampoco.
Bebí.
—¿Y las otras? —pregunté.
—¿Qué otras?
—Tus nueve matches, veintitrés likes, tres citas, cuatro citas, lo que lleves.
Miguel sonrió.
—No llevo la cuenta.
—Mentira.
—Vale.
Sacó el móvil.
—Doce matches.
—Hijo de puta.
—Pero da igual.
—¿Cómo que da igual?
—Mira.
Me enseñó Tinder.
Conversaciones.
Muchas.
Algunas largas.
Otras cortas.
Una mujer no había respondido desde el jueves.
Otra conversación terminaba con un mensaje de Miguel.
Otra con un emoji.
Otra parecía haber empezado bien y acababa de repente.
—¿Y esta?
—Desapareció.
—¿Esta?
—Me dijo que no veía química.
—¿Y esta?
—Creo que ha vuelto con el ex.
—¿Y esta?
—No sé quién es.
Lo miré.
—¿Cómo que no sabes quién es?
—Tengo que abrir el perfil.
Lo abrió.
—Ah. Marta.
—Eso empieza bien.
—No tu Marta.
—Ya.
Miguel dejó el móvil.
—Al principio mola.
—¿Y ahora?
—También.
—Ah.
—Pero cansa.
Eso no me lo esperaba.
—¿Tinder?
—Todo.
Bebió.
—Hablar. Empezar otra vez. De dónde eres, qué haces, tienes hijos, qué buscas, qué música escuchas...
—Puedes preguntar por perros.
—¿Qué?
—Nada.
Miguel se quedó mirando la cerveza.
—El sábado estuve en casa de mis padres.
—Vives allí.
—Ya sabes lo que quiero decir.
Sí.
Lo sabía.
—Mis hijos estaban con Natalia. No había quedado con nadie. Mi padre viendo fútbol. Mi madre haciendo punto.
—¿Tu madre hace punto?
—Ahora sí.
—No sabía.
—Yo tampoco.
Sonrió.
—Y pensé: ¿qué coño hago aquí?
No respondí.
—Hace seis meses tenía mi casa. Mis hijos entrando y saliendo. Natalia. La cena.
Se quedó callado.
—Y ahora tengo cuarenta y seis años y mi madre me pregunta si quiero Cola Cao.
—Eso está bien.
—Sí.
—Yo aceptaría.
Miguel sonrió.
Después dejó de hacerlo.
—No sé estar solo, tío.
Ahí estaba.
No como una tragedia.
Como un dato.
Yo sí sabía.
Once años daban para aprender muchas cosas.
Sabía cenar solo.
Viajar solo.
Ir al cine solo.
Pasar un domingo entero sin hablar con nadie y no convertirlo en una crisis existencial.
Sabía distinguir estar solo de sentirse solo.
No siempre.
Pero bastante.
Miguel sabía otras cosas.
Sabía convivir.
Criar hijos.
Compartir decisiones.
Discutir por un lavavajillas y seguir queriendo a la persona que lo cargaba mal.
Yo no.
No me pareció que ninguno hubiera ganado.
—Pues aprende —dije.
Miguel me miró.
—Gracias, Paulo Coelho.
—De nada.
—Qué consejo de mierda.
—No era un consejo.
—¿Qué era?
—No sé. Una orden.
—Peor.
—Puedes empezar por rechazar el Cola Cao.
—Ni de coña.
—Entonces ya tienes un plan.
Sonrió.
—Gilipollas.
—Sí.
Estuvimos otra hora.
Hablamos de fútbol.
De Sergio.
De sus hijos.
De una avería del Tiguan que costaba una cantidad de dinero que confirmó mi decisión de tener un coche viejo.
No hablamos más de Tinder.
Cuando llegué a casa eran cerca de las diez.
Me duché.
Preparé algo de cenar.
Me senté.
El teléfono estaba sobre la mesa.
Una notificación.
Tinder.
Elena.
Abrí.
Elena: Y tú tienes perro?
Sonreí.
Raúl: No.
Esperé.
Nada.
Cinco minutos.
Nada.
Diez.
Me levanté a dejar el plato.
Volví.
Nada.
Un rato después escribí:
Raúl: Aunque después de ver a Coco entiendo que debería replanteármelo.
Lo envié.
Esperé.
Nada.
Dejé el móvil sobre la mesa.
No era especialmente grave.
Elena y yo habíamos intercambiado nueve mensajes.
Cuatro eran risas.
Tres hablaban de un perro.
Nuestra relación podía darse por terminada sin necesidad de repartir bienes.
Me fui a dormir.
Elena no volvió a contestar.