Aura
* * *
El domingo mi hermana me dejó a sus hijos.
No me preguntó.
Me informó.
—De cuatro a ocho.
—¿Qué pasa de cuatro a ocho?
—Que tienes sobrinos.
—Los tengo todo el día.
—Hoy más.
Carlos apareció detrás con las llaves del coche.
—Son cuatro horas.
—Ya sé contar.
—Entonces perfecto.
Laura me dio un beso.
—Hay pizza en la nevera.
—Tengo comida.
—Es para ellos.
El pequeño entró con una mochila.
El mayor detrás.
—Hola, tío.
—Hola.
—¿Tienes Coca-Cola?
Miré a Laura.
—¿Ves? Puedo mantenerlos con vida.
—A las ocho.
—Si no habéis vuelto a las ocho, los pongo en Wallapop.
—Al pequeño puedes sacarle algo —dijo Carlos.
—Papá.
—¿Qué?
Laura empujó a su marido hacia la puerta.
—Nos vamos.
—¿Adónde vais?
—A comer y al cine.
—Eso son más de cuatro horas.
—Por eso hemos comido antes de traerlos.
—Habéis diseñado esto.
—Adiós, Raúl.
La puerta se cerró.
Miré a mis sobrinos.
Ellos me miraron.
—Bueno.
—¿La Coca-Cola? —preguntó el pequeño.
Habíamos establecido prioridades.
El mayor tenía dieciséis años.
El pequeño, doce.
A esas edades cuatro años no eran cuatro años.
Eran dos especies diferentes.
Uno tenía móvil, granos y una opinión sobre prácticamente todo.
El otro tenía móvil, menos granos y una opinión sobre absolutamente todo.
Se instalaron en el salón.
El pequeño cogió un mando de la Play.
—¿Puedo?
—Ya lo has cogido.
—Entonces sí.
—No funciona así.
Encendió la consola.
Funcionaba exactamente así.
Jugamos un rato.
El pequeño ganó dos partidas.
La primera porque era mejor.
La segunda también.
No necesitaba buscar excusas.
Tenía doce años y podía dedicar a los videojuegos una cantidad de tiempo que a mi edad habría provocado una intervención familiar.
El mayor apenas participaba.
Miraba el móvil.
Sonreía.
Escribía.
Volvía a mirar.
—¿Qué haces? —pregunté.
—Nada.
—Llevas veinte minutos haciendo nada.
—Estoy hablando.
—Eso ya es algo.
No respondió.
Su hermano sí.
—Con Lucía.
El mayor levantó la cabeza.
—Cállate.
—¿Quién es Lucía?
—Nadie.
—Es una de su clase.
—Que te calles.
—Le gusta.
—No me gusta.
—Sí.
—No.
—Le mandaste un corazón.
—Era una reacción.
—Un corazón parece una reacción bastante específica —dije.
El mayor me miró.
—No te metas.
—No me estaba metiendo hasta que ha aparecido un corazón.
—No significa nada.
—Perfecto.
—Somos amigos.
—Mejor.
—Hablamos mucho.
—Estupendo.
—Pero no me gusta.
—No he preguntado.
Guardó el móvil.
—¿Entonces por qué sigues hablando?
—Porque estás dando muchísimas explicaciones para algo que no te he preguntado.
El pequeño empezó a reírse.
—Te ha reventado.
—Cállate.
—Aura negativa.
Ahí apareció por primera vez.
No le di importancia.
Error.
Un rato después el mayor apartó la mesa del salón.
—¿Qué haces?
—Espera.
El pequeño se levantó inmediatamente.
—¿Batalla?
—Sí.
—Aquí no se pelea nadie.
Los dos me miraron.
—No vamos a pelear.
—Has dicho batalla.
—De aura.
—Eso no mejora la frase.
El mayor apoyó el móvil contra un vaso.
—No pongas eso ahí.
—¿Por?
—Porque es un vaso.
—Está vacío.
—Sigue siendo un vaso.
Lo cambió por un libro.
Me pareció una victoria suficiente.
—¿Qué vais a hacer?
—Una batalla de aura.
—Sigo sin saber qué significa.
—Mira.
El mayor puso música.
Se colocaron uno frente al otro.
Yo seguía en el sofá.
El pequeño empezó.
Dio un par de pasos siguiendo la música.
Movió los hombros.
Se señaló la cara.
Giró.
Hizo algo con las manos.
Terminó mirando a su hermano.
El mayor negó lentamente con la cabeza.
—Flojo.
—Qué dices.
—Flojísimo.
—Hazlo tú.
El mayor avanzó.
Esperó un momento concreto de la canción.
Se giró.
Hizo dos movimientos que no supe identificar.
Se quedó quieto.
El pequeño abrió la boca.
—¡Nah!
—¿Qué? —pregunté.
—Eso ha sido una locura.
Miré al mayor.
Seguía exactamente donde estaba.
—¿El qué?
Los dos me miraron.
—¿No lo has visto?
—He visto cosas.
—Ha farmeado aura.
—¿Cuánta?
Silencio.
—No sé —dijo el pequeño—. Mucha.
—¿No hay puntos?
—No.
—¿Entonces cómo sabéis quién gana?
—Se sabe.
—Yo no lo sé.
—Porque eres viejo.
Aquello empezaba a aclararse.
Repitieron.
Esta vez presté atención.
El pequeño hizo algo que aparentemente estaba muy bien.
Después hizo otra cosa que, por algún motivo, arruinó lo anterior.
—Ha perdido todo el aura —dijo su hermano.
—No.
—Sí.
—¿Por qué?
El mayor me miró.
—¿Has visto el final?
—Sí.
—Pues eso.
—Necesito más información.
—Ha forzado.
—¿Qué ha forzado?
—El aura.
—¿Se puede forzar?
—Claro.
—¿Y eso hace que pierdas aura?
—Sí.
—Pero estás intentando conseguirla.
—Sí.
—Entonces tienes que intentar conseguirla sin que parezca que estás intentando conseguirla.
Los dos asintieron.
Ah.
Eso sí lo entendía.
La humanidad llevaba siglos haciendo aquello.
—Ahora tú —dijo el pequeño.
—No.
—Venga.
—No.
—Es fácil.
—Esa frase siempre precede a algo que no es fácil.
—Solo tienes que hacer esto.
Me enseñó un movimiento.
—No.
—Ni siquiera lo has probado.
—Precisamente por eso conservo la dignidad.
El mayor sonrió.
—Eso da aura.
—Perfecto. He ganado.
—No funciona así.
—Hace treinta segundos me habéis dicho que sí.
—Tienes que hacerlo.
—Entonces no da aura.
—Tío.
—Qué.
—Venga.
—No.
—Te da miedo.
Aquello era una provocación extremadamente básica.
Funcionó.
Me levanté.
—Una vez.
—Vale.
—Y no se graba.
Los dos miraron el móvil.
—Apágalo.
—No está grabando.
—No me importa. Apágalo.
El mayor lo quitó.
—Haz esto.
Me colocaron.
Pie derecho.
Pie izquierdo.
Hombro.
Brazo.
Giro.
—Eso no es un giro.
—¿Qué es?
—No sé. Has dado la vuelta.
—Eso es literalmente un giro.
—Pero mal.
—Pues busca otra palabra.
El pequeño estaba doblado de risa.
—Todavía no he empezado.
—Ya has perdido aura.
—Me da igual.
—Eso también da aura.
—Sois agotadores.
Pusieron la música.
Esperé.
—Ahora —dijo el mayor.
Lo hice.
Pie.
Pie.
Hombro.
Brazo.
Giro.
Algo ocurrió en mi rodilla.
No dolor.
Una advertencia.
Terminé.
Silencio.
Mis sobrinos me miraban.
—¿Qué?
El pequeño se dejó caer en el sofá.
—No puedo.
—¿Tan mal?
El mayor intentaba contenerse.
—Ha sido...
—¿Qué?
—No sé.
—Pues para ser jurado tienes poca capacidad descriptiva.
El pequeño ya lloraba de risa.
—Parecías papá en una boda.
Eso sí dolió.
—Vuestro padre tiene cuarenta y nueve años.
—Por eso.
Me senté.
—Se acabó.
—Otra.
—No.
—Ahora te saldrá mejor.
—No habrá un ahora.
—Tío.
—He sentido una cosa en la rodilla. La batalla ha terminado.
Los vi continuar.
Y entonces entendí algo.
No el aura.
Eso seguía sin entenderlo.
Entendí el mecanismo.
Nosotros también lo habíamos tenido.
Claro que sí.
Solo que nadie lo grababa.
En mi instituto no farmeábamos aura.
No existía la expresión.
Si alguien hubiera dicho «farmear» en 1994 probablemente habríamos pensado que tenía tierras.
Pero el sistema estaba allí.
Hacer algo que impresionara a los demás te colocaba arriba.
Hacer el ridículo te colocaba abajo.
Solo que nosotros éramos bastante menos sofisticados.
Ellos bailaban.
Nosotros insultábamos.
Ellos competían por ver quién tenía más aura.
Nosotros competíamos por no convertirnos en el entretenimiento del recreo.
Un movimiento como el que acababa de hacer mi sobrino podía darle miles de reproducciones.
En mi instituto podía darte un mote.
Y un buen mote era mucho más difícil de borrar que un vídeo.
—En mis tiempos esto era diferente —dije.
Los dos pararon.
Había pronunciado una de las frases que juré que nunca pronunciaría.
Ya estaba hecho.
—¿Qué hacíais? —preguntó el pequeño.
—Otras cosas.
—¿Qué cosas?
Pensé.
—Gilipolleces.
—Como cuáles.
—No había redes sociales.
—Ya.
—Ni móviles.
—Ya.
—Así que si querías hacer el imbécil tenías que hacerlo presencialmente.
El mayor se rio.
—¿Y eso daba aura?
—No lo llamábamos aura.
—¿Cómo lo llamabais?
—No lo llamábamos.
—Entonces no era lo mismo.
—Era exactamente lo mismo.
—No.
—Sí. Solo que los que ahora farmeáis aura, en mi época habríais farmeado bullying.
El mayor soltó una carcajada.
—No puedes decir eso.
—¿Por qué?
—Porque suena fatal.
—Era bastante peor vivirlo.
El pequeño seguía pensando.
—¿Y cómo farmeabas bullying?
—Normalmente sin querer.
—Pon un ejemplo.
—Hacías algo ridículo.
—¿Y?
—Alguien lo veía.
—¿Y?
—Se lo contaba a los demás.
—¿Y?
—Te lo recordaban durante tres años.
Los dos se quedaron callados.
—Eso es bullying —dijo el mayor.
—Sí.
—Pues lo has dicho como si fuera gracioso.
—Ahora algunas cosas lo son.
—¿Y entonces?
—Entonces bastante menos.
Eso pareció satisfacerlos.
—¿Te pegaban? —preguntó el pequeño.
—Alguna vez.
—¿Por qué?
—Porque los adolescentes son gilipollas.
El mayor señaló a su hermano.
—Confirmo.
—Tú también eres adolescente.
—Pero con aura.
—Ah.
—Es diferente.
—Claro.
Pensé en algunos compañeros.
En el patio.
En Educación Física.
En los motes.
En lo fácil que era detectar al que estaba teniendo una mala semana y conseguir que tuviera una peor.
No éramos más duros.
Eso era una tontería que decían los adultos cuando querían sentirse orgullosos de haber sobrevivido a cosas que no deberían haber ocurrido.
Éramos niños.
Como ellos.
Solo que sin cámara.
Y con bastante menos supervisión.
—Venga —dijo el pequeño—. Otra batalla.
—Yo no.
—Tú haces de jurado.
—No conozco las reglas.
—No hay reglas.
—Eso ya lo había entendido.
Se colocaron.
Primero el pequeño.
Después el mayor.
Esta vez intenté valorar seriamente.
—Ha ganado él —dije señalando al pequeño.
El mayor protestó.
—¿Qué dices?
—Ha sido mejor.
—¿En qué?
—En aura.
—Pero si no sabes qué es.
—Ahora sí.
—¿Qué es?
Me quedé pensando.
—Hacer el gilipollas con suficiente seguridad para que parezca que sabes lo que estás haciendo.
Silencio.
El pequeño asintió.
—Más o menos.
Me sentí extrañamente orgulloso.
Pedimos pizza.
No utilizamos la que Laura había dejado en la nevera.
No porque estuviera mala.
Porque estaba allí.
A cierta edad, que tus padres hubieran previsto la cena convertía automáticamente cualquier otra opción en mejor.
Eso tampoco había cambiado.
Mientras comíamos, el mayor volvió al móvil.
Sonrió.
Lo puso boca abajo.
El pequeño lo vio.
—Lucía.
—Cállate.
—¿Otra vez Lucía? —pregunté.
—No.
—Sí.
—Somos amigos.
—Eso ya me lo has explicado.
—Pues ya está.
El pequeño sonrió.
—Hazle el baile.
—¿Qué baile?
—El de antes.
El mayor lo miró.
—Eres retrasado.
—Eh —dije.
—Qué.
—Eso no.
—Vale.
No discutió.
Me gustó más que tener que dar un discurso.
—¿Qué pasa con el baile? —pregunté.
El pequeño respondió.
—Que lo suba y así Lucía lo ve.
—No voy a subir nada.
—Porque sabes que pierdes aura.
—Cállate.
—Yo creo que deberías mandárselo directamente —dije.
El mayor me miró horrorizado.
—Ni de coña.
—¿Por qué?
—Porque no.
—Pero quieres que lo vea.
—Sí.
—Y no quieres mandárselo.
—No.
—Entonces lo subes para que lo vea fingiendo que no lo has subido para que lo vea.
Silencio.
—Más o menos.
Sonreí.
—Eso sí existía en mis tiempos.
—No teníais Instagram.
—Teníamos amigos.
—¿Y?
—Le decías a uno que le dijera a otro que comentara delante de alguien que tú ibas a estar el sábado en un sitio.
Los dos me miraron.
—Eso es tristísimo —dijo el mayor.
—Muchísimo.
—¿Y funcionaba?
—No.
—Entonces ¿para qué lo hacíais?
—Por eso tardé tanto en tener novia.
No necesitaban saber cuánto.
Poco después sonó la llave en la puerta.
Miré el reloj.
Casi las nueve.
Laura entró.
Carlos detrás.
—¿Qué tal?
—Bien.
—¿Habéis cenado?
—Sí.
Laura vio las cajas.
Después miró la nevera.
—Había pizza.
—También hemos comido pizza.
—Había pizza aquí.
—Entonces hemos acertado con el menú.
Negó con la cabeza.
—¿Qué habéis hecho?
—Nada —dijo el mayor.
Dos partidas.
Una chica llamada Lucía.
Una batalla de aura.
Un pequeño análisis sociológico de la violencia escolar en los noventa.
Y una advertencia de mi rodilla.
Nada.
Era exactamente la respuesta que yo habría dado a su edad.
Los chicos recogieron sus cosas.
El pequeño ya estaba en la puerta cuando se giró.
—Tío.
—Qué.
Hizo el movimiento.
El de la batalla.
El que me habían enseñado.
—No.
Sonrió.
—Hazlo.
—Vete.
—Venga.
—Tu madre está delante.
—Por eso.
Entendí demasiado tarde.
El mayor sacó el móvil.
—Ni se te ocurra.
Laura nos miró.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Tío.
—No.
—Te da miedo.
Otra vez.
La provocación más básica conocida por el ser humano.
Otra vez funcionó.
—Una vez.
Hice el movimiento.
Pie.
Pie.
Hombro.
Brazo.
Giro.
Esta vez la rodilla no protestó.
Cuando terminé, Laura me estaba mirando.
Carlos también.
Silencio.
—¿Qué coño haces? —preguntó mi hermana.
Mis sobrinos se derrumbaron.
—Farmeando aura —dije.
Laura miró a sus hijos.
Después a mí.
—No vuelvo a dejártelos.
—Eso también da aura —dijo el pequeño.
—Venga. Al coche.
Salieron riéndose.
Antes de cerrar la puerta, el mayor me miró.
Levantó el pulgar.
—Más mil.
—Gracias.
Cerré.
Me quedé solo en el salón.
No sabía si había ganado.
No sabía si había perdido.
Ni siquiera sabía si el aura podía conservarse de un día para otro.
Pero había conseguido algo bastante más difícil.
Durante cuatro horas, un chico de dieciséis años y otro de doce no habían parecido tener demasiada prisa por irse de mi casa.
Para un domingo por la tarde, me parecía suficiente.