Antonio
El sábado a las nueve y media recibí un mensaje de Amparo.
Amparo: No vengas con camisa.
Miré la camisa.
Me la acababa de poner.
Raúl: Por?
Amparo: Porque vamos a bailar.
Raúl: Las camisas impiden bailar?
Amparo: La que llevabas conmigo sí.
Me miré.
Era la verde.
La azul continuaba retirada del servicio activo.
Raúl: Es otra.
Amparo: Peor.
No sabía cómo podía saberlo.
Raúl: Qué me pongo?
Amparo: Algo cómodo.
Odiaba «algo cómodo».
Era una expresión que no significaba nada.
Un pijama era cómodo.
Un albornoz era cómodo.
Ir desnudo tenía importantes ventajas de movilidad.
Finalmente me puse una camiseta negra.
Raúl: Camiseta.
Amparo: Ves como puedes tomar decisiones solo.
Empezaba a arrepentirme.
El sitio estaba a quince minutos de casa.
Desde fuera parecía un pub normal.
Desde dentro también.
Hasta que vi bailar a la gente.
Había unas treinta personas.
Quizá más.
Parejas moviéndose por la pista.
Salsa.
Bachata.
O kizomba.
No tenía elementos suficientes para distinguirlas.
Amparo estaba junto a la barra.
Vaqueros.
Camiseta roja.
Zapatillas.
Me vio.
—Muy bien.
—Gracias.
—Pareces diez años más joven.
—Entonces sigo siendo demasiado viejo para ti.
—Muchísimo.
Nos saludamos.
—¿Quieres algo?
—Una cerveza.
—Pídela.
—¿Tú?
Levantó una copa.
Ya estaba atendida.
Por supuesto.
—¿Vienes mucho? —pregunté.
—Casi todos los sábados.
—No me dijiste eso.
—No me preguntaste.
Miré la pista.
Había gente de todas las edades.
Treinta.
Cuarenta.
Cincuenta.
Sesenta.
Alguno más.
—¿Y qué hacemos?
—Bailar.
—Yo no sé.
—Ya.
—¿Entonces?
—Aprendes.
—¿Ahora?
—No creo que mejores si esperamos a junio.
Bebí.
—Necesito observar primero.
—No.
—¿Por qué?
—Porque vas a pasarte una hora observando y después dirás que es tarde.
Me conocía desde hacía una semana.
Aquello era preocupante.
—Ven.
Me cogió de la mano.
—Amparo.
—Qué.
—No.
—Sí.
—Hay gente.
—Es una sala de baile, Raúl. Era previsible.
Los primeros treinta segundos fueron humillantes.
Después empeoraron.
—Uno, dos, tres.
—Estoy contando.
—Pues cuenta mejor.
—Estoy haciendo lo que dices.
—Me estás pisando.
—Eso no estaba en las instrucciones.
—Atrás.
Fui hacia delante.
—El otro atrás.
—Solo tengo uno.
Amparo empezó a reírse.
—Relájate.
—Estoy relajado.
—Tienes los hombros en las orejas.
Los bajé.
—Ahora pareces triste.
—No puedo controlar tantas cosas a la vez.
—No controles.
—Esa filosofía ha causado muchos embarazos.
Amparo soltó una carcajada.
Una pareja que pasaba junto a nosotros nos miró.
—Mira al frente —dijo.
—Estoy mirando.
—A mí.
—Ah.
La miré.
—Sonríe.
—No abuses.
Sobreviví a una canción.
Cuando terminó regresé a la barra.
—Necesito recuperarme.
—No has hecho nada.
—Precisamente. Y estoy agotado.
Bebí.
Amparo no.
Miraba hacia algún punto detrás de mí.
—¿Qué?
—Nada.
Me giré.
Un hombre se acercaba.
Alto.
Canoso.
Delgado.
Probablemente sesenta y pocos.
—Amparo.
—Antonio.
Se besaron.
No dos besos.
Uno.
En la boca.
Breve.
Pero suficientemente informativo.
Antonio me miró.
Yo miré a Amparo.
Amparo sonrió.
—Antonio, Raúl.
—Encantado.
Nos dimos la mano.
—Igualmente.
Antonio me señaló.
—¿Tu hijo?
Amparo cerró los ojos.
Yo lo miré.
—No.
—Perdona. Pensaba que...
—No sigas —dijo Amparo.
—No, mejor no.
Antonio me miró otra vez.
—Perdona.
—Tranquilo.
Amparo estaba haciendo un esfuerzo considerable por no reírse.
—¿Bailamos? —preguntó Antonio.
—Claro.
Y se fueron.
Me quedé solo en la barra.
Con mi cerveza.
A los cuarenta y cinco años acababa de ser confundido con el hijo de una mujer que me había rechazado por viejo.
Había cierta belleza en aquello.
No mucha.
Pero alguna.
Antonio bailaba bien.
Muy bien.
Eso tampoco ayudaba.
Amparo también.
Los observé durante un rato.
No como un hombre celoso.
No estaba celoso.
Era más parecido a ver a dos personas realizar una actividad para la que uno carecía de cualquier capacidad.
Como el patinaje artístico.
O hacer una tortilla sin que se rompiera.
Cuando terminó la canción, Antonio no volvió.
Otro hombre se acercó a Amparo.
Este parecía más joven.
Bastante más joven.
Bailaron.
Después otro.
Miré mi cerveza.
Yo había besado a dos mujeres aquella semana.
Empezaba a parecerme una estadística mucho menos impresionante.
—¿No bailas?
Levanté la vista.
Una mujer estaba a mi lado.
Tendría unos cincuenta.
Quizá alguno más.
Pelo corto.
Sonrisa agradable.
—Estoy descansando.
—¿De qué?
Buena pregunta.
—He bailado una.
—Ah.
—Estoy dosificando.
Sonrió.
—¿Bachata?
—Creo.
—¿Cómo que crees?
—Hubo música.
Se rio.
—¿Quieres bailar?
Ahí estaba.
Una mujer acababa de pedirme bailar.
Directamente.
Sin Tinder.
Sin perfil.
Sin pagar dieciséis con noventa y nueve.
Quizá aquello sí era mi momento.
—No sé bailar.
—Da igual.
—No, no da igual.
—Te enseño.
Miré hacia Amparo.
Seguía bailando.
Miré a la mujer.
—Vale.
Se llamaba Mercedes.
Lo descubrí cuando ya estábamos en la pista.
—Yo soy Raúl.
—Encantada.
—Igualmente.
—Pon la mano aquí.
La puse.
—No tan arriba.
La bajé.
—Tampoco tanto.
La subí.
—Ahí.
—Hay muchas normas.
—Solo tienes que seguirme.
—Eso me han dicho antes y ha salido mal.
Mercedes sonrió.
Empezamos.
Uno.
Dos.
Tres.
Cuatro.
No.
Cuatro no.
Había una pausa.
¿Por qué?
Nadie me lo explicó.
A mitad de la canción conseguí hacer algo parecido a bailar.
Mercedes dejó de mirarme los pies.
Lo interpreté como un éxito.
Entonces intenté girarla.
No debería haberlo hecho.
Nuestros brazos quedaron en una posición que probablemente requería fisioterapia.
—Perdón.
—No pasa nada.
—He improvisado.
—No improvises.
—Aprendido.
Terminamos la canción.
—Gracias —dijo Mercedes.
—Gracias a ti.
Sonrió.
—Sigue practicando.
—Lo haré.
Se marchó.
Me quedé allí.
No me pidió el teléfono.
No preguntó si tenía Instagram.
No me dijo que nos viéramos otro día.
Simplemente había bailado conmigo.
Porque estábamos en un sitio donde la gente bailaba.
Aquello también era una posibilidad.
Volví a la barra.
Amparo apareció poco después.
—Te he visto.
—He bailado.
—Ya.
—Con una mujer.
—También lo he visto.
—Me lo ha pedido ella.
—Raúl.
—Qué.
—Aquí la gente se pide bailar.
—Ah.
—No te estaba proponiendo matrimonio.
—No he dicho eso.
—Tienes cara.
—Todo el mundo dice que tengo caras.
—Porque las tienes.
Pidió agua.
—¿Y Antonio?
—Por ahí.
—¿Es tu novio?
Amparo bebió.
—No.
—Os habéis besado.
—Muy observador.
—Entonces ¿qué es?
—Antonio.
Esperé.
—¿Solo Antonio?
—Sí.
—¿Y qué significa eso?
—Que se llama Antonio.
—No me estás ayudando.
—No quiero ayudarte.
Miré hacia la pista.
Antonio bailaba con otra mujer.
—¿Y eso?
—¿Qué?
—Está bailando con otra.
—Estamos en una sala de baile.
—Ya.
—¿Qué esperabas? ¿Que lo atara a una silla?
—No.
—Además, los jueves viene a casa.
La miré.
Amparo sonrió.
—Ah.
—Eso.
—¿Todos los jueves?
—Casi todos.
—Ah.
—Estás repitiendo mucho esa palabra.
—Estoy actualizando la imagen que tenía de tu jubilación.
—Pues la tenías muy equivocada.
Bebí cerveza.
—Entonces los jueves Antonio.
—Algunos.
—¿Y el resto de la semana descansas?
Amparo me miró por encima del vaso.
—¿De qué?
—No sé. De Antonio.
—Antonio juega al pádel los martes.
—No era exactamente lo que estaba preguntando.
—Ya.
Esperé.
Amparo bebió agua.
—No voy a preguntar.
—Bien.
—Pero ahora tengo más preguntas que antes.
—Ese es tu problema.
—Tu jubilación empieza a parecerme Sodoma y Gomorra con tensión arterial alta.
Amparo soltó una carcajada.
—Eres idiota.
—Eso me dicen mucho últimamente.
Bailé dos veces más.
Una con Amparo.
Otra con Mercedes.
La segunda con Mercedes salió mejor.
No bien.
Mejor.
Había una diferencia.
A la una decidí irme.
Amparo se quedó.
—¿No vienes?
—No.
—¿Cómo vuelves?
—Con Antonio.
Miré hacia la pista.
—Claro.
—¿Te lo has pasado bien?
Pensé.
—Sí.
Me sorprendió que fuera verdad.
—Pues vuelve cuando quieras.
—Ya veremos.
—Eso significa que sí.
—Buenas noches, Amparo.
—Buenas noches, jovencito.
Me fui.
De camino a casa pensé en Mercedes.
No porque me hubiera gustado.
Bueno, era atractiva.
Pero no era eso.
Había interpretado durante aproximadamente cuarenta segundos que una mujer me pidiera bailar como una señal de interés.
No lo era.
Solo quería bailar.
Me pareció una lección bastante útil.
También pensé en Antonio.
Y en los martes.
Y en Amparo, que a los sesenta y siete años parecía manejar una vida sentimental que yo necesitaría varias semanas para comprender.
No me sentí mal.
Al contrario.
Me hizo gracia.
Durante aquella semana había empezado a pensar que quizá estaba aprendiendo algo.
No.
Seguía sin tener ni puta idea.
Mucho mejor.