Cero divorcios Una hora
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Una hora

Me lo dijo poco después de las seis.

Miré el mensaje.

Habíamos quedado a las siete.

Raúl: Me estás vendiendo muy bien el plan.

Cristina: Puedo cancelarlo si prefieres.

Raúl: No.

Contesté demasiado rápido.

Añadí:

Raúl: Lo de venderlo digo.

Cristina: Claro 😂

No había arreglado nada.

Llegué a las siete.

No antes.

A las siete.

Me pareció importante.

Cristina ya estaba allí.

—Has llegado puntual.

—Estoy cambiando.

—No sé si para bien.

—Dame tiempo.

—Solo tengo una hora.

—No me presiones.

Sonrió.

Eso fue suficiente para recordar por qué había querido verla.

No nos sentamos.

Cristina había propuesto dar una vuelta y tomar algo rápido si daba tiempo.

Me pareció bien.

Además, caminar solucionaba el problema de las manos.

Las manos al andar tenían una función.

Se movían.

Miles de años de evolución habían pensado en todo.

—¿Qué tal la semana? —preguntó.

—Productiva.

—Qué miedo.

—He trabajado.

—Eso no era lo que quería saber.

La miré.

—¿Qué querías saber?

—Nada concreto.

—Pues tienes que afinar más las preguntas.

—¿Siempre eres así?

—Solo cuando tengo una hora.

—Me quedan cincuenta y seis minutos para arrepentirme.

—Vas bien.

Cristina me contó por qué tenía una hora.

Su hijo iba finalmente a entrenar.

No al entrenamiento que se había cancelado.

A otro.

No entendí nada.

Su hija estaba en casa.

A las ocho tenía que volver porque después debía llevarla a casa de una amiga.

—¿No puede ir sola?

—Sí.

—Entonces.

—Tiene diecisiete años.

—Eso no responde.

—Responde perfectamente.

—A los diecisiete yo iba solo a todas partes.

—Tú tenías cuarenta y cinco años cuando tenías diecisiete.

—No entiendo esa frase.

—Yo sí.

Seguimos andando.

—Además —dijo—, si no la llevo yo tiene que coger dos autobuses.

—Ah.

—¿Ves?

—Eso sí es información.

—Y luego tengo que recogerla.

—¿A qué hora?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabes?

—Tiene diecisiete años.

—Otra vez esa respuesta.

—Te queda mucho que aprender.

—No quiero aprender.

Cristina se rio.

Entramos en un bar porque ella dijo que necesitaba una cerveza.

No discutí.

Nos quedamos en la barra.

—¿Y tus hijos están siempre contigo? —pregunté.

—No. Una semana sí y otra no, más o menos.

—¿Más o menos?

—Con adolescentes no existe el calendario.

—Eso suena agotador.

—Hay uno en la nevera.

—¿Funciona?

—Nadie lo respeta.

—Entonces no.

—Sirve para que sepamos qué era lo que se suponía que íbamos a hacer.

—Eso sí tiene utilidad.

—Mucha. Puedes mirar el martes y descubrir todo lo que salió mal el lunes.

Me reí.

Cristina miró el reloj.

—No mires eso.

—Tengo que hacerlo.

—En tu perfil dices que te gustan las conversaciones que se alargan sin mirar el reloj.

—También puse una foto en la que había dormido ocho horas. Los perfiles enseñan aspiraciones.

—Eso me parece publicidad engañosa.

—Tú pareces más alto en las fotos.

—Mido lo mismo.

—Eso dices tú.

Sonrió.

Nos quedamos mirándonos un segundo.

Solo uno.

Pero estuvo allí.

Esta vez reconocí la señal.

Progreso.

—¿Has seguido con Tinder? —preguntó.

La pregunta llegó sin aviso.

—Sí.

Cristina asintió.

—Yo también.

—Ah.

Aquello no debería haberme sorprendido.

Me sorprendió.

—¿Qué? —preguntó.

—Nada.

—Has puesto cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Sí.

—¿Qué cara?

—No sé. Una.

—Eso no es descriptivo.

—¿Pensabas que había borrado Tinder después de conocerte?

—No.

—Raúl.

—No.

—Un poco.

—Quizá.

Cristina sonrió.

—Yo no.

Eso dolió aproximadamente un milímetro.

Lo suficiente.

—Bien.

—¿Bien?

—Perfectamente.

—Vale.

Bebí.

—Yo he quedado con alguien.

Lo dije.

No tenía pensado hacerlo.

Simplemente salió.

Cristina levantó las cejas.

—Ah.

Ahora me tocaba a mí observar.

—¿Qué?

—Nada.

—Has puesto cara.

—No he puesto ninguna cara.

—Sí.

—¿Qué cara?

—No sé. Una.

Cristina empezó a reírse.

—Gilipollas.

—Te lo he puesto fácil.

—Muchísimo.

No le dije que había besado a Sonia.

No porque quisiera ocultarlo.

Tampoco porque pensara que tuviera que contárselo.

Simplemente me pareció una información innecesaria.

Cristina tampoco me contó con quién hablaba.

Y me pareció bien.

Más o menos.

Sobre todo menos.

Eso me sorprendió.

Llevaba años sin sentir celos de nadie.

Había olvidado lo poco elegantes que eran.

—¿Y qué tal? —preguntó.

—¿Qué?

—La cita.

—Bien.

—¿Solo bien?

—Bastante bien.

—¿Vais a repetir?

—El martes.

Cristina asintió.

—Entonces tan mal no fue.

—No.

—Bien.

Bebió.

No añadió nada.

Esperé unos segundos por si añadía algo.

No lo hizo.

—¿Tú has quedado con alguien? —pregunté.

—Todavía no.

—Ah.

—Pero estoy hablando con uno.

Ahí estaba.

—¿Sí?

—Sí.

—Bien.

—Otra vez esa cara.

—No estoy poniendo ninguna cara.

—Raúl.

—¿Qué?

—No pasa nada.

—Ya lo sé.

—Los dos estamos en Tinder.

—Lo sé.

—Nos hemos visto dos veces.

—También lo sé.

—Entonces.

—¿Entonces qué?

Cristina sonrió.

—Nada.

Bebí.

El tipo podía ser perfectamente un imbécil.

No tenía ningún dato que respaldara esa conclusión.

Me pareció irrelevante.

Cristina volvió a mirar el reloj.

—Tenemos que irnos.

—Quedan veinte minutos.

—Tengo que llegar al coche.

—Ahí has hecho trampa.

—¿Por qué?

—Yo había entendido una hora contigo, no cincuenta y cinco minutos contigo y cinco andando hacia un Seat.

—Es un Toyota.

—Peor. Ni siquiera había acertado el coche.

Salimos.

Su coche estaba a cinco minutos.

Caminamos hacia allí.

Esta vez ninguno habló demasiado.

No era incómodo.

Eso era lo peligroso.

Llegamos.

Cristina sacó las llaves.

—Bueno.

Otra vez esa palabra.

La industria de las citas dependía demasiado de «bueno».

—Bueno —dije.

Cristina sonrió.

—¿Vas a pensar?

Entendí inmediatamente.

—No.

—¿Seguro?

—Estoy intentando reducirlo.

—Bien.

Se acercó.

Esta vez no hubo manos.

Ni cálculo.

Ni instrucciones.

La besé.

Fue distinto.

Eso fue lo primero que pensé.

Y pensar eso mientras besaba a Cristina me pareció una falta de educación.

Intenté dejar de hacerlo.

Funcionó.

Durante un rato.

No sabía cuánto.

No mucho.

Cristina tenía una mano en mi cara.

Yo la sujetaba por la cintura.

Aquello resultaba sorprendentemente sencillo cuando uno dejaba de explicárselo.

Se separó un poco.

—Mucho mejor.

—Estoy aprendiendo.

—Se nota.

Volvió a besarme.

Esta vez fui yo quien dejó de pensar.

Un coche pitó detrás.

Nos apartamos.

El hombre quería aparcar.

Habíamos convertido una plaza libre en una escena romántica.

—Perdón —dije.

El conductor no parecía aceptar mis disculpas.

Cristina empezó a reírse.

—Tengo que irme.

—Sí.

—Lo siento.

—Tienes una cosa.

—Tengo muchas cosas.

Abrió el coche.

—Hablamos.

—Claro.

—Y...

Se detuvo.

—¿Qué?

—Nada.

—Eso es de Patricia.

—¿Quién es Patricia?

Me quedé quieto.

—Una compañera.

—Ah.

Sonrió de una manera que no supe interpretar.

—Vete —dije.

—Me voy.

Entró en el coche.

Caminé hacia el mío.

No comparé los besos.

Bueno.

Sí.

Era inevitable.

Con Sonia había sido fácil.

Directo.

Con Cristina...

Con Cristina había sido distinto.

No mejor.

Distinto.

Me pareció importante aclarármelo aunque nadie me hubiera preguntado.

Luego pensé en el hombre de Tinder.

No sabía cómo se llamaba.

No sabía qué edad tenía.

No sabía a qué se dedicaba.

Ya me caía mal.

Aquello era completamente infantil.

También bastante humano.

Poco después llegó un mensaje.

Cristina: He llegado.

Raúl: Enhorabuena.

Cristina: Mi hija dice que llego tarde.

Raúl: Son las 8:12.

Cristina: Bienvenido.

Raúl: Estoy reconsiderando lo de los hijos.

Cristina: No tienes.

Raúl: Precisamente. Cada vez me parece mejor decisión.

Cristina: 😂

Un minuto después:

Cristina: Me ha gustado verte.

Miré el mensaje.

Raúl: A mí también.

Esperé.

Nada más.

Dejé el móvil.

Lo volví a coger.

Nada.

Muy bien.

Perfectamente normal.

Nos habíamos besado.

Había dicho que le había gustado verme.

¿Qué más quería?

No lo sabía.

Quizá un certificado.

No.

Otra vez no.

Dejé el teléfono.

* * *

El martes había quedado con Sonia.

Cristina estaba hablando con otro hombre.

Y mañana iba a bailar con una mujer de sesenta y siete años que me había rechazado por viejo.

Una semana atrás habría considerado todo aquello una vida sentimental extremadamente activa.

Probablemente lo era.

Pero había una diferencia importante entre tener planes y tener éxito.

Eso empezaba a entenderlo.

Sonia podía cansarse de mí el martes.

Cristina podía quedar con aquel hombre y descubrir que medía un metro noventa, cocinaba y rescataba perros los domingos.

Amparo podía abandonarme en mitad de una bachata por un señor de treinta y ocho años.

Las posibilidades eran enormes.

Curiosamente, pensar en ello me tranquilizó.

Aquello se parecía bastante más a la vida real.

Llegué a casa.

Cené.

Vi la televisión.

No ocurrió nada.

También estuvo bien.