Cero divorcios La próxima
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La próxima

Patricia tardó siete minutos.

—¿Qué tal?

—Buenos días.

—Buenos días. ¿Qué tal?

—Muy bien, gracias.

—Raúl.

—He dormido estupendamente.

—La cita.

Abrí el correo.

—Bien.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Solo bien?

—Bastante bien.

Patricia dejó de escribir.

—Te has liado con ella.

La miré.

—¿Por qué?

—Porque tienes cara.

—¿Qué cara?

—Esa.

—Eso no significa nada.

—Te has liado con ella.

—Nos besamos.

Patricia levantó las cejas.

—Anda.

Eso fue todo.

—¿Anda?

—Sí.

—¿No vas a decir nada más?

—¿Qué quieres que diga?

—No sé.

—Enhorabuena.

—Tampoco.

—Pues decide.

Volvió al ordenador.

Aquello me decepcionó ligeramente.

—Once años —dije.

Patricia giró despacio.

—¿Quieres una placa?

—No.

—Podemos pedirla.

—Déjalo.

—«Excelentísimo Ayuntamiento de...»

—Patricia.

—«A Raúl Martín, por los servicios prestados.»

—No han sido prestados.

—Es verdad. Peor todavía.

Sonreí.

—Fue bien.

—Me alegro.

Esta vez lo dijo sin reírse.

—Gracias.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Vais a volver a quedar?

—Dijo «la próxima invito yo».

—Pues parece que sí.

—Sí.

—Bien.

—Sí.

Silencio.

—Mañana he quedado con Cristina.

Patricia dejó las manos sobre el teclado.

Ahí estaba la reacción que había estado esperando.

—Ah.

—¿Qué?

—Nada.

—Otra vez ese «nada».

—¿Qué quieres que te diga?

—Lo que estás pensando.

—No te va a gustar.

—Entonces seguro que lo dices.

—Probablemente.

Se giró hacia mí.

—¿Tú estás cómodo?

—¿Con qué?

—Con haber besado ayer a Sonia y quedar mañana con Cristina.

Pensé.

—No lo sé.

—Pues eso es lo único importante.

—No estoy haciendo nada malo.

—No he dicho que lo estés haciendo.

—Ni siquiera conozco a ninguna de las dos.

—Raúl.

—¿Qué?

—Que no te estoy juzgando.

Eso me desarmó un poco.

—Ah.

—Puedes quedar con cinco si quieres.

—Miguel podría.

—Tú no eres Miguel.

—Ya.

—Y tampoco tienes que demostrar que puedes serlo.

No contesté.

Patricia volvió al ordenador.

—Picado —dijo.

—Vete a la mierda.

* * *

A media mañana recibí un mensaje de Sonia.

Sonia: Buenos días 😊

Raúl: Buenos días.

Sonia: Qué tal la memoria muscular?

Miré hacia Patricia.

Estaba trabajando.

O fingía.

Raúl: Sin agujetas.

Sonia respondió con tres risas.

Después:

Sonia: Me lo pasé muy bien.

Raúl: Yo también.

Sonia: La semana que viene me debes una.

Pensé en la cuenta.

Raúl: Técnicamente me la debes tú.

Sonia: Ves? Por eso no se invita a funcionarios.

Raúl: Dejamos constancia de todo.

Sonia: Martes?

Martes.

Abrí el calendario.

No porque tuviera algo.

Por hacer el gesto.

Martes estaba vacío.

Raúl: Martes me viene bien.

Sonia: Hecho.

Ya estaba.

Mañana, Cristina.

El martes, Sonia.

Una semana antes habría podido resumir mis planes sentimentales para los próximos seis meses en una frase.

Ahora necesitaba calendario.

* * *

A la hora del café apareció Álvaro.

—¿Qué tal ayer?

Lo miré.

—¿Tú también?

—Patricia me ha dicho que tenías cita.

Giré la cabeza.

—Eso es violar mi intimidad.

—Le he dicho que tenías una cita. No una colonoscopia.

Álvaro se sentó.

—¿Bien?

—Sí.

—¿Vais a repetir?

—El martes.

—Pues bien.

—Y mañana Cristina.

Álvaro asintió.

—Bien.

Esperé.

—¿Ya está?

—¿Qué quieres?

—Nada.

—Pues bien.

Patricia sonrió sin levantar la cabeza.

—Me estáis poniendo nervioso.

—¿Por qué? —preguntó Álvaro.

—Porque todo os parece bien.

—¿Quieres que te diga que está mal?

—No.

—Pues bien.

Lo odié un poco.

Álvaro abrió una bolsa de patatas.

—¿Ellas saben que estás quedando con más gente?

—No.

—¿Te lo han preguntado?

—No.

—Entonces.

—¿Entonces qué?

—Nada.

Cogió una patata.

—¿Tú qué harías?

—Yo estoy en una situationship.

—No sé por qué sigo consultándote.

—Llevamos seis meses.

—La semana pasada eran cinco.

Álvaro se quedó pensando.

—Es verdad.

—Enhorabuena.

—Gracias.

—¿Seguís sin ser pareja?

—Sí.

—¿Os queréis?

—Sí.

—¿Sois exclusivos?

—Sí.

—¿Os veis cuatro días por semana?

—Más o menos.

—¿Conoces a sus padres?

—Sí.

—¿Ella conoce a los tuyos?

—Sí.

—¿Habéis viajado juntos?

—Dos veces.

Lo miré.

—Álvaro.

—Qué.

—Tienes novia.

—No.

—Tienes una novia que se niega a reconocer jurídicamente su personalidad.

Patricia se rio.

—No funciona así.

—Funciona exactamente así.

—No necesitamos ponerle nombre.

—Ya tiene nombre.

—¿Cuál?

—Noviazgo.

Álvaro cogió otra patata.

—Eres muy antiguo.

—Y tú llevas medio año saliendo con una mujer para evitar llamarlo salir con una mujer.

—Es diferente.

—Claro.

—Hay que vivirlo.

—Preferiría no hacerlo.

* * *

Poco antes de las dos me escribió Amparo.

No habíamos hablado desde el viernes.

Amparo: Jovencito.

Sonreí.

Raúl: Jubilada.

Amparo: Qué haces el sábado?

Miré el mensaje.

Raúl: Por?

Amparo: Vamos a bailar.

Me quedé mirando.

Raúl: Quiénes?

Amparo: Tú y yo.

Raúl: No sé bailar.

Amparo: Ya aprenderás.

Raúl: Esa frase ha precedido muchas tragedias.

Amparo: A las 10.

Raúl: Eso no es preguntar.

Amparo: Has tardado en darte cuenta.

Pensé.

Viernes Cristina.

Sábado Amparo.

Martes Sonia.

Aquello empezaba a parecer una agenda.

Raúl: Es una cita?

La respuesta llegó enseguida.

Amparo: No te emociones.

Amparo: Eres demasiado viejo para mí.

Me reí.

Patricia levantó la cabeza.

—¿Qué?

—Amparo.

—¿Qué quiere?

—Llevarme a bailar.

Patricia sonrió.

—Ve.

—No sé bailar.

—Precisamente.

—¿Qué significa eso?

—Que quiero que vayas.

—Eso ya lo había entendido.

Miré el teléfono.

Raúl: Vale.

Amparo: Bien.

Raúl: Dónde?

Me mandó una ubicación.

No conocía el sitio.

Busqué el nombre.

Sala de baile.

Salsa.

Bachata.

Kizomba.

Cerré la página.

—Patricia.

—¿Qué?

—¿Qué es kizomba?

—Ni idea.

—Bien.

Por fin una pregunta que no sabía responder.

Me tranquilizó.

* * *

Por la tarde, al llegar a casa, hice lo que hacía casi todos los jueves.

Me quité los zapatos.

Dejé las llaves.

Encendí la televisión.

Preparé la cena.

No había quedado con nadie.

No tenía que salir.

Nadie iba a venir.

Y estaba bien.

Muy bien.

Me senté con el plato en el sofá.

Durante años aquello había sido mi vida normal.

Seguía siéndolo.

Solo que ahora había una mujer a la que había besado ayer.

Otra con la que iba a quedar mañana.

Y una jubilada que pretendía obligarme a bailar kizomba el sábado.

Comí.

Vi un capítulo de una serie.

Después otro.

A las once miré el teléfono.

Ningún mensaje.

Lo dejé donde estaba.

No sentí la necesidad de abrir Tinder.

Eso me gustó.

Bueno.

No.

No necesitaba convertir también aquello en una conclusión.

Simplemente seguí viendo la serie.

A veces una noche de jueves era solo una noche de jueves.