Con cebolla
El miércoles Patricia no me preguntó por la cita.
A las ocho y cinco.
A las ocho y veinte tampoco.
A las ocho y cuarenta seguía sin hacerlo.
Empezaba a resultar inquietante.
—¿No vas a decir nada?
Levantó la vista.
—Buenos días.
—Buenos días.
Volvió al ordenador.
Esperé.
Nada.
—¿Qué haces?
—Trabajar.
—Ya.
—Es miércoles.
—Sé qué día es.
—Bien.
—Gracias.
Continuó escribiendo.
—He quedado con Sonia esta tarde.
—Ah.
—Lo sabes.
—Sí.
—Entonces ¿por qué no dices nada?
—Porque el lunes dijiste que no te dejaba trabajar.
—Eso no significa que tengas que comportarte de forma extraña.
Patricia sonrió.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Pues ya está.
—No estoy nervioso.
—Te he dado la razón.
—Pero de una manera ofensiva.
—Es una habilidad.
No estaba nervioso.
Con Cristina sí lo había estado.
Un poco.
Bueno.
Bastante.
Había descubierto mis manos.
Con Sonia era diferente.
No sabía si porque ya llevaba dos citas y aquello empezaba a parecerme una actividad para la que podía desarrollar cierta competencia o porque Cristina me había gustado más antes incluso de verla.
Probablemente ambas.
Aun así, a las diez miré el perfil de Sonia.
Solo para recordar una cosa.
No recordaba cuál.
A las once volví a mirarlo.
Esta vez tampoco.
Sonia y yo habíamos quedado a las siete.
* * *
A las seis y cuarto estaba en casa.
No me cambié de camisa tres veces.
Dos.
Progreso.
La azul quedó descartada desde el principio.
No por Amparo.
Ni por Cristina.
Simplemente empezaba a parecerme excesivo que una sola prenda participara en toda mi vida sentimental.
Me puse una verde oscura.
Me miré.
Bien.
Normal.
Un hombre de cuarenta y cinco años que iba a tomar algo.
Nada más.
Cogí las llaves.
El teléfono vibró.
Miguel: Suerte.
Lo miré.
Raúl: Cómo sabes que tengo cita?
Miguel: Me lo dijiste.
Era posible.
Últimamente estaba perdiendo el control sobre quién conocía mi agenda sexual.
Raúl: Gracias.
Tres puntos.
Miguel: La del lunes bien.
Hijo de puta.
Raúl: Luego.
Guardé el móvil.
No era una competición.
Pero tampoco necesitaba recibir resultados del rival antes de jugar.
Llegué un poco antes.
Sonia apareció cuando todavía estaba decidiendo si esperar fuera o entrar.
Me ahorró la decisión.
La reconocí enseguida.
Cuarenta y cuatro.
Pelo oscuro.
Más baja de lo que había imaginado.
Vaqueros.
Chaqueta.
Sonrisa grande.
—Raúl.
—Sonia.
Nos saludamos.
—Eres igual que en las fotos —dijo.
—Eso espero.
—Hay gente que no.
—¿Mucho?
—He quedado con uno que debía de haber subido las fotos durante la primera legislatura de Zapatero.
Me reí.
—¿Cuánto había cambiado?
—Tenía pelo.
—Eso es publicidad engañosa.
—Y veinte kilos menos.
—Eso puede ser inflación.
Sonia se rio.
Entramos.
Encontramos una mesa al fondo.
—¿Cerveza? —preguntó.
—Sí.
Pidió dos.
—Así que funcionario.
—Administrativo.
—Yo también soy administrativa.
—Lo sé.
—Has estudiado.
—Me preparo las entrevistas.
—¿Tienes preguntas?
—Varias.
—Dispara.
Pensé.
—¿Excel?
Sonia frunció el ceño.
—¿Qué?
—¿Te gusta Excel?
—Raúl, dime que no utilizas eso para ligar.
—Estoy recuperando práctica.
—¿Cuánta has perdido?
—Bastante.
—Eso no es una medida.
—Once años.
Sonia tardó un segundo.
—¿Once años de qué?
—De práctica.
Otro segundo.
—¿Me estás diciendo que llevas once años sin...?
—Sí.
—Ah.
Bebió cerveza.
—Buena reacción.
—Estoy intentando no hacer preguntas.
—Puedes hacerlas.
—Tengo muchas.
—Pues dosificamos.
—¿Once años?
—Esa ya la has gastado.
Sonia se rio.
—¿Y por qué?
—Porque para llegar a doce primero tienes que pasar por once.
—Raúl.
—No hay un motivo especial. Estuve muchos años con alguien, se terminó y después no volví a tener una relación.
—Pero una cosa es no tener una relación y otra...
—Sí. También.
Sonia me observó durante un momento.
—Vale.
—¿Vale bien o vale mal?
—Vale que ahora entiendo lo de Excel.
—No están relacionados.
—Yo creo que sí.
—Pues acabas de perder el privilegio de conocer mi opinión sobre las tablas dinámicas.
—Qué pena.
—Era muy buena.
—Seguro.
Sonia levantó su cerveza.
—Por recuperar práctica.
Eso sí podía aceptarlo.
Levanté la mía.
—Por no volver a hablar de Excel.
—Eso va a ser más difícil.
Chocamos los vasos.
Sonia hablaba mucho.
No de forma molesta.
Simplemente mucho.
Trabajaba en una asesoría.
Se había divorciado hacía seis años.
No tenía hijos.
Había tenido dos relaciones después.
Una de casi tres años.
Otra de ocho meses.
—¿Y ahora qué buscas? —pregunté.
—No sé.
—Buen comienzo.
—No quiero casarme.
—Eso reduce bastante el riesgo de divorcio.
—¿Tú?
—Nunca me he casado.
—¿Nunca?
—Cero divorcios.
—¿Presumes de eso?
—Tengo un expediente impecable.
Sonia sonrió.
—Eres un poco gilipollas.
—Un poco.
—Me gusta.
No supe qué responder.
Bebí.
Funcionó.
La conversación era distinta a la de Cristina.
Con Cristina había habido momentos en los que me olvidaba de que estábamos en una cita.
Con Sonia no.
Sonia hacía evidente que aquello era una cita.
Me miraba.
Sonreía.
Se acercaba cuando hablaba.
Me tocó el brazo dos veces.
La primera podía ser casualidad.
La segunda también.
A la tercera mi sistema estadístico descartó la hipótesis.
Me estaba tocando.
No era desagradable.
En absoluto.
El problema era que llevaba demasiado tiempo sin interpretar correctamente ese tipo de información.
Podía significar interés.
Podía significar que Sonia era una persona que tocaba a la gente.
Podía significar que yo tenía algo en la manga.
Miré.
No tenía nada.
Interés ganaba puntos.
—¿Siempre piensas tanto? —preguntó.
—No.
—Acabas de mirar tu brazo.
—Tenía un motivo.
—¿Cuál?
—No era importante.
Sonia sonrió.
—Te he puesto nervioso.
—No.
Me tocó otra vez.
—Sí.
—Eso es manipular las pruebas.
—¿Qué pruebas?
—Las de que estoy nervioso.
—¿Y lo estás?
—Ahora sí.
—Bien.
Bebió.
Yo también.
Aquello estaba tomando una dirección.
No sabía exactamente cuál.
Pero tenía señales.
La primera cerveza se convirtió en otra.
En algún momento aparecieron unas tapas.
Sonia me contó una cita con un hombre que había llevado a su madre.
—No.
—Sí.
—¿A la cita?
—A la cafetería.
—¿Por qué?
—Vivían juntos y tenían que hacer unas compras después.
—Eso no explica nada.
—Ella se sentó en otra mesa.
—Eso lo empeora.
—Nos saludó.
—¿Cuántos años tenía él?
—Cincuenta.
Pensé en Carmen.
—Mi madre no sabe que estoy aquí.
—Bien.
—Y aunque lo supiera no vendría.
—Mejor.
—Probablemente.
Sonia me miró.
—¿Probablemente?
—Es una mujer con iniciativa.
Cuando pedimos la cuenta habían pasado dos horas y media.
No había mirado el reloj hasta entonces.
Pensé en Cristina.
Solo un segundo.
Me molestó haber pensado en ella.
Después me molestó que me molestara.
Aquello empezaba a requerir demasiada gestión.
Cogí la cuenta.
—Invito yo.
—¿Seguro?
—Sí.
—La próxima yo.
La próxima.
No dije nada.
Pero la palabra se quedó un momento por allí.
Salimos.
—¿Dónde has aparcado? —pregunté.
—A dos calles.
—Voy contigo.
—Vale.
Y echamos a andar.
Sonia seguía hablando.
Yo también.
Cuando llegamos al coche, sacó las llaves, pero no abrió.
Se quedó apoyada ligeramente en la puerta.
Ahí estaba.
El momento.
Otra vez.
Esta vez sabía dónde poner las manos.
Más o menos.
En ninguna parte.
Era una solución perfectamente válida.
—Bueno —dije.
—Bueno.
Sonrió.
No se movió.
Yo tampoco.
El sábado había pensado demasiado.
Cristina me lo había dejado por escrito.
La próxima vez piensa menos.
Técnicamente no había especificado con quién.
Me acerqué.
Sonia también.
Nos besamos.
No fue un beso de película.
Gracias a Dios.
Los besos de película tienen iluminación, música y gente que sabe qué hacer con la nariz.
Nosotros tuvimos un coche aparcado, una farola y bastante óxido.
Pero funcionó.
Al principio con cierta prudencia.
Después mejor.
Mucho mejor.
Sonia puso una mano en mi cuello.
Yo encontré finalmente una utilidad para las mías.
Una en su cintura.
La otra...
La otra seguía sin tener instrucciones claras.
La dejé en su espalda.
Correcto.
Todo correcto.
Nadie murió.
Nos separamos.
Sonia sonrió.
—Pues no parece que hayas perdido tanta práctica.
No sabía si aquello era un cumplido.
Decidí aceptarlo.
—Memoria muscular.
Se rio.
—Idiota.
—Un poco.
Me besó otra vez.
Esta vez más corto.
—Hablamos.
—Sí.
Abrió el coche.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
Esperé a que arrancara.
Después fui hacia el mío.
No sonreía.
Bueno.
Sí.
Bastante.
Me senté.
No arranqué inmediatamente.
Había pensado muchas veces que, cuando volviera a besar a alguien, ocurriría algo.
No sabía qué.
Una revelación.
Un cambio.
Alguna clase de actualización del sistema operativo.
Nada.
Seguía siendo yo.
Solo que acababa de besar a Sonia.
Y me había gustado.
Mucho.
Saqué el móvil.
Tenía un mensaje.
Cristina.
De hacía veinte minutos.
Cristina: Mi hijo finalmente no entrena el viernes. Si no te sale un plan mejor podría escaparme un rato 😉
Me quedé mirando.
Viernes.
Dos días.
Leí otra vez.
Si no te sale un plan mejor.
Miré hacia donde había estado el coche de Sonia.
Volví al mensaje.
Durante mucho tiempo mi agenda sentimental había sido extremadamente fácil de gestionar.
Ahora tenía un problema.
Un problema pequeño.
Un problema bastante agradable.
Pero un problema.
Escribí:
Raúl: Creo que puedo hacerte un hueco.
Lo borré.
Parecía imbécil.
Escribí:
Raúl: El viernes me viene perfecto.
Lo pensé.
Lo envié.
Cristina contestó poco después.
Cristina: Genial 😊
Dejé el móvil en el asiento.
Arranqué.
* * *
El viernes tenía una cita con Cristina.
Acababa de besar a Sonia.
Miguel llevaba cuatro.
No sabía exactamente qué llevaba Miguel.
Ya no quería saberlo.
Bueno.
Sí quería.
Pero podía esperar hasta mañana.