Cero divorcios El marcador
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El marcador

El lunes cometí un error.

Le conté a Patricia lo de Miguel.

No todo.

Solo nueve matches.

Veintitrés likes.

Tres citas.

Una mujer.

Sexo.

Visto por escrito quizá sí era todo.

Patricia escuchó sin interrumpirme.

Eso debió alertarme.

—¿Y tú?

—¿Yo qué?

—¿Cuántos tienes?

—Dos.

—Ya.

—¿Qué significa «ya»?

—Nada.

—Ha sonado a algo.

—Es una palabra muy corta, Raúl.

—Precisamente. No necesita ese tono.

Patricia bebió café.

—Tienes a Cristina.

—Sí.

—Te gusta.

—Sí.

—Le gustas.

—Eso parece.

—Quiere volver a verte.

—Sí.

—Entonces ¿cuál es el problema?

—Ninguno.

—Perfecto.

Volvió al ordenador.

Esperé.

—Miguel tiene nueve.

Patricia cerró los ojos.

—Ahí está.

—No es por eso.

—Claro.

—Solo digo que estadísticamente resulta llamativo.

—Estás celoso.

—No estoy celoso.

—Picado.

—Tampoco.

—¿Cómo lo llamarías?

Pensé.

—Interesado en comprender una anomalía.

—Picado.

Poco después de las nueve abrí Tinder.

Por curiosidad.

Cristina seguía allí.

Amparo también.

Pilar seguía esperando.

Setenta y uno.

La había visto por primera vez el martes.

Seis días.

No había hecho nada.

Ni corazón.

Ni equis.

Simplemente la había dejado allí.

Me pareció mal.

No sabía exactamente por qué.

Pilar no estaba esperando físicamente detrás de una puerta.

Probablemente ni siquiera recordaba haberme dado like.

Aun así, seis días me parecía mucho tiempo para mantener a una persona administrativamente pendiente.

Abrí su perfil.

Setenta y uno.

Jubilada.

Tres fotos.

Una en una playa.

Otra en lo que parecía una boda.

Otra con un perro pequeño.

Me gusta viajar, bailar, pasear y disfrutar de la vida. Busco alguien alegre y sin complicaciones.

—¿Qué haces? —preguntó Patricia.

Salí de Tinder.

—Nada.

—Has cerrado algo.

—Las aplicaciones se cierran.

—También los puticlubs y no por eso...

—Patricia.

—¿Era Tinder?

—Sí.

—¿Pilar?

La miré.

—¿Cómo sabes que se llama Pilar?

—Me lo dijiste.

—No recuerdo habértelo dicho.

—Yo sí.

Eso era preocupante.

—¿Qué vas a hacer?

—¿Con qué?

—Con Pilar.

—Nada.

—Pues dale a la equis.

—Ya.

—¿Ya qué?

—Que puedo hacerlo.

—Pero no lo haces.

—No tengo prisa.

Patricia me miró.

—Te da pena.

—No.

—Te da pena rechazarla.

—No me da pena.

—Raúl.

—Me parece feo.

—¿El qué?

—No sé.

—¿Decir que no te atrae una mujer?

—No se lo estoy diciendo.

—Entonces.

—Precisamente.

Patricia negó con la cabeza.

—Tinder te va a durar dos semanas.

—¿Por qué?

—Porque estás intentando tramitar cada descarte con audiencia al interesado.

Le di a la equis.

No pasó nada.

Era previsible.

Pilar desapareció.

Me sentí ligeramente mal.

Eso no era previsible.

—Ya está —dije.

Patricia miró.

—Enhorabuena.

—No tiene gracia.

—Has rechazado a una mujer de setenta y uno.

—No la he rechazado.

—¿Qué has hecho?

—No he correspondido a su interés.

—Eso es rechazar.

—Hay matices.

—Funcionario.

—Sí.

—Muchos años.

Una media hora después apareció un nuevo like.

Miré.

Patricia también.

—No.

—No he dicho nada.

—Pero estás mirando.

—Tengo ojos.

—Eso es mío.

—No puedes registrar frases.

—Puedo intentarlo.

Abrí la pestaña de likes.

La ventaja de haber pagado Gold era que podía ver inmediatamente quién había cometido el error.

Sonia, 44.

Me quedé quieto.

Patricia se acercó.

—Cuarenta y cuatro.

—Sé leer.

—Está en tu rango.

—Sí.

—Y no está jubilada.

—Patricia.

—Perdón.

Abrí el perfil.

Sonia.

Cuarenta y cuatro.

Administrativa.

Divorciada.

Sin hijos.

Cinco kilómetros.

Fotos normales.

En una terraza.

En el campo.

En una boda.

Una con gafas de sol dentro de un coche.

Si quieres saber algo, pregunta.

Cerré los ojos.

—¿Qué?

Le enseñé el perfil a Patricia.

Leyó.

—Ah.

—Exacto.

—No es tan grave.

—Es una entrevista de trabajo sin salario.

—Tú tienes «mi próxima ex».

—Eso aporta información.

—Aporta una amenaza.

Volví a mirar a Sonia.

Era atractiva.

Me había dado like.

Cuarenta y cuatro.

Cinco kilómetros.

Todo correcto.

Excepto que no sabía nada de ella.

—Dale —dijo Patricia.

—¿Por qué?

—Porque te gusta.

—No he dicho eso.

—Llevas veinte segundos ampliando la segunda foto.

Aparté los dedos de la pantalla.

—Estaba intentando ver dónde era.

—Claro.

Le di al corazón.

¡Es un match!

Tres.

Ahora tenía tres.

No era una competición.

Pero tres estaba más cerca de nueve que dos.

Matemáticamente.

—Escríbele —dijo Patricia.

—No.

—¿Por qué?

—Estoy trabajando.

—Llevas toda la mañana hablando de Tinder.

—Porque no me dejas trabajar.

—Yo no he abierto la aplicación.

Tenía un punto.

Molesto, pero punto.

Dejé el móvil a un lado.

* * *

A media mañana Sonia escribió.

Sonia: Hola!

Bien.

Exclamación.

Entusiasmo.

Raúl: Hola, Sonia.

Lo envié.

Me quedé mirando.

Patricia levantó la cabeza.

—¿«Hola, Sonia»?

—No empieces.

—Una semana y no has evolucionado nada.

—Ha funcionado.

—¿Con quién?

—Amparo.

—Te rechazó por viejo.

—Pero contestó.

—Buen estándar.

Sonia respondió.

Sonia: Qué tal?

Raúl: Bien. Trabajando. Y tú?

Sonia: Igual jajaja

Esperé.

Nada.

Sonia tampoco.

Un minuto.

Dos.

—¿Qué pasa? —preguntó Patricia.

—Nada.

—¿No sabes qué decir?

—Sé muchas cosas que decir.

—Di una.

—No a ti.

Miré el perfil.

Si quieres saber algo, pregunta.

Muy bien.

Había llegado el momento de cumplir el contrato.

Raúl: Tu perfil me obliga a preguntar, así que voy a empezar por algo importante. ¿Tortilla con cebolla o sin cebolla?

Patricia leyó por encima.

—Bien.

—Gracias.

—Con cebolla.

—No te he preguntado.

—Solo te aviso de que si dice sin cebolla deberías retirarte.

Sonia contestó.

Sonia: Con!!! Si no eso no es tortilla 😂

Asentí.

—Apta.

—De momento.

Hablamos a ratos durante la mañana.

Trabajo.

Granada.

Series.

Comida.

Sonia era fácil.

No fácil de esa manera.

Fácil de hablar.

No tenía que pensar demasiado.

Ella preguntaba.

Yo preguntaba.

Ninguno estaba redactando una oposición.

Cerca del mediodía me propuso tomar algo.

Directamente.

Sonia: Si te apetece podemos tomar un café esta semana y así no hacemos aquí una entrevista 😂

Miré el mensaje.

Después miré a Patricia.

—¿Qué?

Le enseñé el móvil.

—Bien.

—Sí.

—¿Cuándo?

—No sé.

—Pues pregúntale.

—Ya.

No lo hice inmediatamente.

Pensé en Cristina.

Eso me molestó.

No porque hubiera hecho nada.

Precisamente porque no había hecho nada.

Una cita.

Ni beso.

Trece días hasta la siguiente.

No éramos pareja.

No habíamos hablado de exclusividad.

No había ninguna razón para que tomar un café con Sonia significara nada.

Y aun así mi cerebro había convocado una reunión.

—¿Qué pasa? —preguntó Patricia.

—Nada.

—Has puesto cara de funcionario.

—Siempre tengo cara de funcionario.

—Ahora más.

Le enseñé el mensaje otra vez.

—Cristina.

Patricia entendió.

—¿Qué pasa con Cristina?

—Nada.

—Exacto.

—Ya.

—Habéis quedado una vez.

—Sí.

—¿Sois pareja?

—No.

—¿Habéis hablado de no quedar con otras personas?

—No.

—¿Te apetece conocer a Sonia?

Miré su foto.

—Sí.

—Pues ya está.

—Ya.

—Aunque también puedes no hacerlo.

—Gracias por aclararme todas las opciones posibles.

—Para eso estoy.

Contesté.

Raúl: Me parece bien. ¿Miércoles?

Sonia: Perfecto 😊

Miércoles.

Tendría otra cita.

La tercera desde que había instalado Tinder.

Miguel había tenido tres en cuatro días.

No era una competición.

Pero empezaba a comprender por qué los deportes llevaban marcador.

* * *

A las dos y cincuenta y cinco estaba recogiendo cuando apareció Álvaro.

—¿Qué tal con la profesora?

—Bien.

—¿Segunda cita?

—Dentro de dos semanas.

—¿Dos semanas?

—Tiene hijos.

—Ah.

Lo dijo como si aquello explicara la tectónica de placas.

Probablemente la explicaba.

—Pero el miércoles he quedado con otra.

Álvaro sonrió.

—Bien.

Patricia levantó la cabeza.

—Está compitiendo con Miguel.

—No estoy compitiendo.

—¿Quién es Miguel? —preguntó Álvaro.

—Un amigo suyo que se acaba de divorciar y liga más que él.

—No liga más que yo.

Patricia me miró.

—Nueve matches.

—Eso no significa nada.

—Tres citas.

—Cantidad.

—Ha follado.

Álvaro hizo una mueca.

—Vale.

—¿Qué significa «vale»?

—Nada.

—Ha sonado a algo.

Patricia empezó a reírse.

—No os soporto.

Cogí mis cosas.

—Nos vemos mañana.

—Suerte el miércoles —dijo Álvaro.

—No necesito suerte.

—Claro.

—Es un café.

—Claro.

—No es...

Me detuve.

Patricia me miraba.

Álvaro también.

—Ni se te ocurra decir que no es una cita —dijo Patricia.

Pensé en Amparo.

—Es una cita.

—Muy bien.

—Estoy aprendiendo.

En el coche me escribió Miguel.

Miguel: Esta noche he quedado.

Miré el mensaje.

Lunes.

Otra vez.

Raúl: Con la del viernes?

Miguel: No.

Me quedé mirando.

Raúl: Otra?

Miguel: Sí.

Raúl: Cuarta?

Miguel: Creo.

Raúl: Cómo que crees?

Miguel: Luego te cuento.

Dejé el móvil en el asiento del copiloto.

Cuarta.

Yo tenía una el miércoles.

Miguel una esa misma noche.

No era una competición.

Arranqué.

Era absolutamente una competición.