Experiencia
El domingo me desperté a las nueve y diecisiete.
Sin alarma.
Sin niños.
Sin nadie preguntándome si pensaba levantarme.
Me quedé en la cama.
Podía hacerlo.
Esa era una de las ventajas de estar soltero que nunca aparecía en Tinder.
Nadie ponía:
Me gusta viajar, la música y no tener que justificar por qué sigo acostado a las nueve y media.
Yo le habría dado like.
A las nueve y veintiséis seguía allí.
No dormía.
Tampoco hacía nada.
Hay gente incapaz de hacer nada.
Necesita convertir el domingo en una actividad.
Desayuno.
Paseo.
Mercadillo.
Ruta.
Brunch.
Yo tenía una relación bastante saludable con la inutilidad.
Podía dedicar cuarenta minutos a mirar el techo sin sentir que estaba desperdiciando mi potencial.
Mi potencial sabía perfectamente dónde encontrarme.
A las nueve y treinta y dos cogí el teléfono.
Tenía un mensaje de Cristina.
De las ocho y doce.
Cristina: Buenos días. Has sobrevivido a la ecuación? 😂
Sonreí.
Raúl: Aún estoy esperando el informe técnico.
Contestó casi inmediatamente.
Cristina: Funcionario hasta en domingo.
Raúl: Los valores no descansan.
Tres puntos.
Cristina: Me lo pasé muy bien ayer.
La frase me produjo algo.
No mariposas.
A los cuarenta y cinco años esperaba que cualquier movimiento extraño en el abdomen tuviera una explicación digestiva.
Pero algo.
Raúl: Yo también.
Pensé.
Añadí:
Raúl: Incluso con el 👍 final.
Cristina: 👍
Hija de puta.
Me levanté.
Café.
Tostadas.
Ducha.
Puse una lavadora.
La vida continuaba.
Eso también me gustaba.
Había tenido una buena cita.
Una mujer me había dicho que quería volver a verme.
Y el domingo seguía siendo domingo.
No había música de fondo.
No había cambiado la iluminación del piso.
La tostadora seguía necesitando dos intentos para dejar el pan como me gustaba.
Perfecto.
* * *
A las once llamó Miguel.
—¿Qué haces?
Miré la lavadora.
—Una vida apasionante.
—¿Café?
—Vale.
—¿En media hora?
—Vale.
Colgó.
No le dije nada de Cristina.
Prefería contárselo en persona.
No porque fuera importante.
Simplemente quería verle la cara cuando le explicara lo del beso que no había ocurrido.
Probablemente se reiría.
Estaba preparado.
Más o menos.
Miguel llegó doce minutos tarde.
Antes eso no ocurría.
Durante quince años había estado casado con una mujer que, aparentemente, ejercía también de sistema de control horario.
—Perdón.
—Estás divorciado.
—¿Qué tiene que ver?
—Estoy estudiando los efectos secundarios.
Nos sentamos en una terraza.
Miguel llevaba gafas de sol.
Camiseta.
Vaqueros.
Parecía descansado.
Eso me molestó ligeramente.
—¿Qué tal Tinder? —preguntó.
Intenté no sonreír.
—Bien.
—¿Sí?
—Ayer tuve una cita.
—Anda.
No era la reacción que esperaba.
—Con Cristina.
—¿Cuál era?
—Cuarenta y seis. Profesora.
—Ah, sí.
—Fue bien.
—Bien.
—Muy bien.
—Me alegro.
Esperé.
—¿Ya?
—¿Qué?
—Nada.
Miguel llamó al camarero.
Aquello estaba siendo decepcionante.
—¿Tú qué tal? —pregunté.
—Bien.
—¿Tinder?
—Bien.
—¿Has hablado con alguien?
—Sí.
—¿Con cuántas?
Miguel pensó.
Mala señal.
Cuando necesitas pensar para contar mujeres, la respuesta nunca favorece al amigo que lleva once años sin follar.
—No sé.
—¿Cómo que no sabes?
—Pues varias.
—Define varias.
—¿Para qué?
—Rigor estadístico.
Sacó el teléfono.
—Espera.
Abrió Tinder.
Miró.
—Nueve matches.
Me quedé callado.
—¿Nueve?
—Sí.
—¿Desde el lunes?
—Sí.
—Nueve.
—Eso pone.
—Enséñame.
Me enseñó la pantalla.
Nueve.
Conté.
No porque desconfiara.
Porque nueve era una cifra que merecía auditoría.
—Tienes nueve.
—Eso te he dicho.
—Yo tengo dos.
—Bueno.
—No digas «bueno».
—¿Qué quieres que diga?
—Nada. Pero no «bueno».
—¿Y quiénes son?
—Cristina y Amparo.
—¿Amparo?
—Sesenta y siete.
Miguel me miró.
—¿Sesenta y siete?
—Sí.
—¿Y Cristina?
—Cuarenta y seis.
—Pues ya está.
—¿Ya está qué?
—Tienes dos.
—Tú nueve.
—No es una competición.
—Eso lo digo yo.
—Pues no lo parece.
Llegaron los cafés.
—¿Has quedado con alguna? —pregunté.
—Sí.
—¿Una?
—Tres.
Dejé el sobre de azúcar.
—¿Tres qué?
—Citas.
—¿Has tenido tres citas esta semana?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Martes, jueves y viernes.
Lo miré.
—El jueves yo estaba con Amparo.
—Ya.
—Tú estabas en otra cita.
—Sí.
—Y el viernes otra.
—Sí.
—¿Y trabajas?
—Contigo.
—Es verdad. Eso lo empeora.
Miguel se rio.
—¿Y qué tal con Amparo? —preguntó.
—Muy bien.
—¿Vais a repetir?
—No.
—¿Por qué?
—Soy demasiado mayor para ella.
Miguel se quedó quieto.
—¿Cómo?
—Le gustan de treinta y cinco a cuarenta.
Se quitó las gafas.
—Pero Amparo tiene sesenta y siete.
—Veo que has identificado el problema.
Miguel intentó aguantar.
No pudo.
—Puedes reírte.
Se rio.
Mucho.
Esperé.
—¿Ya?
—No.
Siguió.
—Avísame.
—Perdón.
—No lo sientes.
—En absoluto.
—Patricia estuvo unos quince minutos igual.
—Normal.
—No quiero hablar más de Amparo.
—Perfecto.
Bebió café.
Esperó unos segundos.
—¿Demasiado mayor?
—Miguel.
Volvió a reírse.
—¿Y las tres? —pregunté.
—¿Qué tres?
—Tus citas, Casanova.
—Bien.
—¿Las tres?
—Más o menos.
—¿Qué significa más o menos?
—Con una no hubo feeling.
—Bien.
—Con otra sí, pero no creo que repitamos.
—¿Por qué?
—No sé. No lo veo.
—¿Y la tercera?
Miguel bebió café.
—Bien.
Esperé.
—¿Bien?
—Sí.
—¿Qué significa bien?
—Bien, Raúl.
Lo miré.
Él me miró.
—¿Has follado?
Miguel sonrió.
Hijo de puta.
—Has follado.
—Baja la voz.
—¿Cuándo?
—El viernes.
—¿El viernes?
—Sí.
—¿Este viernes?
—Solo ha habido uno esta semana.
Me apoyé en la silla.
Seis días.
Miguel llevaba seis días en Tinder y ya había tenido sexo.
Yo llevaba once años.
No era una competición.
Eso era importantísimo.
No era una competición.
—Me alegro mucho por ti.
—Gracias.
—Muchísimo.
—Se nota.
—Prácticamente un cuarenta por ciento.
Miguel se rio.
—No entiendo nada.
—¿Qué no entiendes?
—Tú.
—Gracias.
—No, en serio. Vives con tus padres.
—Temporalmente.
—Tienes dos hijos.
—Sí.
—Te acabas de divorciar.
—Sí.
—Tienes una bicicleta que cuesta más que mi coche.
—Eso debería sumar.
—No debería.
—A algunas les gusta el ciclismo.
—A nadie le gusta tanto.
Miguel sonrió.
—¿Qué fotos tienes?
—Las normales.
—Enséñamelas.
Me pasó el teléfono.
Primera.
Miguel en una terraza.
Bien vestido.
Segunda.
Miguel en la montaña con la bicicleta.
Tercera.
Miguel en Lisboa.
Cuarta.
Miguel en una boda.
Traje.
Sonriendo.
Quinta.
Miguel en la playa.
—¿Quién te ha hecho estas fotos?
—No sé.
—Alguien lo sabe.
—Natalia, supongo.
Lo miré.
—¿Tu exmujer?
—Muchas, sí.
Volví a las fotografías.
Ahí estaba.
Quince años de matrimonio habían proporcionado a Miguel algo que yo no tenía.
Archivo gráfico.
Yo llevaba once años haciéndome fotografías únicamente cuando alguien decía:
«Venga, una todos juntos.»
Y normalmente me colocaba atrás.
—Tienes ventaja.
—¿Cuál?
—Has tenido fotógrafa.
—¿Qué?
—Natalia te ha construido el perfil de Tinder durante quince años sin saberlo.
Miguel se rio.
—No digas gilipolleces.
—Mírame a mí.
Saqué mi perfil.
Foto del patio de la oficina.
Foto de una boda de hacía dos años.
Foto de vacaciones recortada.
Miguel pasó las imágenes.
—No están mal.
—Parecen pruebas de vida.
—Esta está bien.
—La hizo Patricia.
—Pues dile que te haga más.
—No voy a organizar una sesión de fotos para Tinder.
—Entonces no te quejes.
—No me quejo.
—Llevas diez minutos realizando una auditoría de mis matches.
—Eso es curiosidad científica.
Miguel tenía veintitrés likes pendientes.
Eso fue peor.
—¿Veintitrés?
—Sí.
—¿Y no los has mirado?
—No he pagado.
Lo miré.
—¿No tienes Gold?
—No.
—¿Cuánto has gastado?
—Nada.
Aparté el café.
Dieciséis euros con noventa y nueve.
Yo había pagado dieciséis euros con noventa y nueve para descubrir que le gustaba a Amparo.
Miguel no había pagado nada y tenía veintitrés mujeres esperando detrás de una cortina pixelada.
El capitalismo había elegido víctima.
—¿Y qué vas a hacer con la del viernes?
Miguel se encogió de hombros.
—Hemos hablado.
—¿Vais a quedar otra vez?
—Puede.
—¿Te gusta?
Pensó.
—Sí.
—¿Mucho?
—Raúl, he quedado una vez con ella.
—Y te has acostado con ella.
—Eso no significa que tenga que saber si quiero casarme.
—No he dicho eso.
—Ya.
Bebió.
—Ahora mismo quiero estar tranquilo.
Aquello me sorprendió.
—¿Tranquilo teniendo tres citas por semana?
—Una cosa no quita la otra.
—La definición de tranquilidad ha cambiado muchísimo.
—No quiero pareja.
—Ah.
—Acabo de salir de una relación de quince años. No quiero entrar en otra.
Asentí.
Eso sí lo entendía.
—Pero te gusta conocer gente.
—Sí.
—Y follar.
—También.
—Eso suele tener buena prensa.
Miguel sonrió.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—Cristina.
—Me gusta.
—¿Mucho?
—He quedado una vez con ella.
—Y no te has acostado con ella.
—Vete a la mierda.
Volví a casa a la una.
La lavadora llevaba terminada cuarenta minutos.
Nadie me había avisado.
Otra ventaja de vivir solo.
También un inconveniente.
Dependía del día.
Tendí la ropa.
Preparé algo de comer.
* * *
A las dos y cuarto encendí la PlayStation.
A las dos y dieciséis escribió Cristina.
Pausé.
Cristina: He estado mirando esta semana.
Raúl: Eso suena grave.
Cristina: Para ver cuándo podemos repetir.
Dejé el mando.
Ahí estaba otra vez.
Repetir.
Raúl: Yo puedo casi cualquier tarde.
Envié.
Lo releí.
Error.
Parecía un desempleado.
Raúl: Ventajas de no tener hijos 😂
Peor.
Recordé el chiste del día anterior.
No aprendía.
Cristina contestó.
Cristina: Cabrón 😂
Bien.
Seguía dentro.
Cristina: Esta semana la tengo complicada.
Raúl: No pasa nada.
Cristina: Tengo a los niños hasta el próximo lunes.
Miré el calendario.
Raúl: El martes?
Tardó.
Cristina: Reunión en el instituto.
Raúl: Miércoles?
Cristina: Mi hijo entrena.
Raúl: Jueves?
Cristina: Mi hija tiene una cosa.
Raúl: Qué cosa?
Cristina: Una cosa.
Raúl: Entiendo.
Cristina: No entiendes.
Raúl: Nada.
Tres puntos.
Cristina: Viernes cena de una amiga.
Raúl: Sábado?
Tardó un poco más.
Cristina: Partido de mi hijo por la mañana y cumpleaños por la tarde.
Miré la pantalla.
Raúl: Cristina.
Cristina: Qué.
Raúl: Creo que no tienes hueco para una relación sexual.
Los tres puntos aparecieron inmediatamente.
Cristina: 😂😂😂😂😂
Cristina: Quién ha hablado de relación sexual?
Me quedé quieto.
Mierda.
Raúl: Era una valoración administrativa.
Cristina: Ya.
Raúl: No vinculante.
Cristina: Menos mal.
Esperé.
Cristina: El domingo 20 puedo.
Abrí el calendario.
Faltaban trece días.
Raúl: Dentro de dos semanas.
Cristina: Tengo hijos Raúl.
Raúl: Yo tengo una planta.
Cristina: Y qué tal?
Miré hacia el salón.
La planta estaba bastante mal.
Raúl: No quiero hablar del tema.
Cristina respondió con una risa.
Después:
Cristina: Si consigo escaparme antes te digo.
Raúl: Vale.
Cristina: Y mientras podemos hablar.
Raúl: También.
Dejé el móvil sobre la mesa.
Cogí el mando.
Trece días.
Miguel había tenido tres citas en cuatro.
Yo necesitaba dos semanas para conseguir la segunda.
No era una competición.
Reanudé el partido.
Perdía dos a cero.
No era una competición tampoco.
Pero jodía.