Las manos
* * *
El sábado descubrí que tenía dos manos.
Lo sabía de antes.
Pero nunca me habían preocupado.
Aquella tarde sí.
No sabía dónde ponerlas.
En los bolsillos parecía que ocultaba algo.
Cruzadas sobre el pecho, enfadado.
En las caderas, entrenador de fútbol.
Colgando a los lados, primate.
Cogí el móvil.
Mejor.
Una mano ocupada.
La otra seguía siendo un problema.
Había quedado con Cristina a las ocho.
A las siete y cuarto estaba vestido.
No porque tuviera prisa.
Porque había empezado a vestirme a las seis y media.
No era lo mismo.
Esta vez nadie podía decirme que no era una cita.
Cristina y yo nos habíamos conocido en Tinder.
Nos gustábamos.
Habíamos hablado el viernes por la tarde.
Después por la noche.
Después el sábado por la mañana.
Y habíamos quedado para tomar una cerveza.
Era una cita.
Lo había aceptado.
Había avanzado mucho como persona en cinco días.
A las siete y veinte me miré al espejo.
Camisa azul.
La misma de Amparo.
Me pareció feo.
No sabía hacia quién.
Las camisas no tenían exclusividad.
Me la quité.
Me puse otra.
Me miré.
Me la quité.
Volví a la azul.
No porque fuera mejor.
Porque empezaba a hacer el gilipollas.
El teléfono vibró.
Patricia.
Patricia: Foto.
No contesté.
Patricia: FOTO.
Raúl: No.
Patricia: Quiero ver qué llevas.
Raúl: Ropa.
Patricia: Te has puesto la camisa azul?
Miré la camisa.
Aquella mujer empezaba a dar miedo.
Raúl: Qué camisa azul?
Patricia: 😂😂😂😂😂
Patricia: LA DE AMPARO.
Me la quité.
La tiré sobre la cama.
Me quedé en camiseta.
Cinco segundos después comprendí lo que acababa de hacer.
Volví a cogerla.
—Que te den por culo, Patricia.
Me la puse.
Llegué a las siete y cincuenta y siete.
Me pareció una hora razonable.
Ni desesperado.
Ni impuntual.
Tres minutos antes transmitían interés sin dependencia emocional.
No sabía si aquello estaba respaldado por algún estudio.
Lo decidí mientras aparcaba.
Cristina llegó a las ocho y cuatro.
La reconocí.
También fue un alivio.
Cuarenta y seis años.
Pelo castaño.
Vaqueros.
Una blusa blanca.
Sonrisa bonita.
Exactamente como en las fotografías.
Bueno.
No exactamente.
Mejor.
Eso era inconveniente.
—Hola.
—Hola.
Dos besos.
Correctos.
Ya tenía experiencia reciente.
Amparo había servido de formación práctica.
—¿Llevas mucho esperando?
—No. Tres minutos.
Mentira.
Siete.
No sabía por qué mentí.
Probablemente porque «siete» transmitía abandono.
—Pues soy puntual —dijo.
—Has llegado cuatro minutos tarde.
Cristina me miró.
Primeros diez segundos.
Bien, Raúl.
—Era broma.
Sonrió.
—Funcionario.
—Eso ha sido rápido.
—Lo llevas escrito en la cara.
Patricia tenía razón.
Otra vez.
Empezaba a resultar insoportable.
Nos sentamos.
Esta vez no cambié de mesa.
Había aprendido.
Pedimos cerveza.
Cristina miró el posavasos.
Después me miró.
—¿Vas a recolocarlo?
—¿Qué?
—El posavasos.
Bajé la vista.
Estaba ligeramente torcido.
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
Lo enderecé.
Cristina sonrió.
—Funcionario.
—¿Otra vez?
—Me lo estás poniendo muy fácil.
Aparté las manos de la mesa.
Empezábamos bien.
—¿Y por qué Tinder? —preguntó.
—Por culpa de un divorcio.
—Buen comienzo.
—No el mío.
—Eso mejora.
Le conté lo de Miguel.
No todo.
Lo suficiente.
Su separación.
La cerveza.
La conversación.
La instalación conjunta de Tinder.
—Qué romántico.
—Fue precioso.
—Dos hombres de cuarenta y cinco años descargándose Tinder juntos.
—Él estaba emocionalmente vulnerable.
—¿Y tú?
—Solidaridad.
Cristina sonrió.
—Claro.
—Soy buen amigo.
—¿Y llevabas Tinder antes de que tu amigo necesitara apoyo emocional?
—Eso es irrelevante.
—No lo llevabas.
—No.
—Entonces fue solidaridad.
—Gracias.
—De nada.
Bebió.
—¿Y funcionó?
—Para él no sé.
—¿Y para ti?
La miré.
—Estoy aquí.
Cristina sonrió.
—Buen punto.
Aquello había sonado mejor de lo que lo había pensado.
Principalmente porque no lo había pensado.
Cristina tenía dos hijos.
Una chica de diecisiete.
Un chico de catorce.
Estaba divorciada desde hacía cuatro años.
Profesora de Historia en un instituto.
—Adolescentes todo el día —dije.
—Sí.
—Y después vuelves a casa con dos más.
—Sí.
—¿Qué hiciste en otra vida?
—Algo horrible.
—Tiene que ser.
—Aunque en casa puedo castigarlos.
—Eso ayuda.
—En el instituto también.
—Pero hay papeleo.
—Mucho.
—Entonces pierde encanto.
Me contó que su hija estaba en esa etapa en la que cualquier cosa que ella hiciera provocaba vergüenza.
Respirar demasiado fuerte.
Bailar.
Decir «TikTok».
Utilizar un emoji incorrecto.
—¿Hay emojis incorrectos?
—Al parecer.
—¿Cuál?
Me enseñó el móvil.
👍
—¿Qué tiene de malo?
—No lo sé.
—Es un pulgar.
—Mi hija dice que es de borde.
—¿Un pulgar es de borde?
—Parece ser.
—Llevo toda la vida utilizándolo.
—Pues llevas toda la vida ofendiendo a gente.
Aquello explicaba algunas cosas.
La primera cerveza se convirtió en una segunda.
Después pedimos algo de comer.
Ninguno dijo «¿cenamos?».
Simplemente ocurrió.
Eso me gustó.
Hablamos de nuestros padres.
De trabajo.
De divorcios.
Del suyo.
Sin drama.
Sin detalles que no me correspondían.
—¿Y tú nunca te casaste?
—No.
—¿Estuviste cerca?
Pensé en Marta.
—Supongo.
—¿Supones?
—Estuvimos siete años juntos.
—Eso es bastante cerca.
—Vivimos juntos.
—Más cerca.
—Teníamos una cuenta común para los gastos.
Cristina dejó el tenedor.
—Raúl, estabas casado.
—No.
—Tenías convivencia, relación estable y cuenta conjunta.
—Pero cero divorcios.
—Ah.
—Ese dato es importante.
—¿Presumes de no haberte divorciado porque nunca te has casado?
—No presumo.
—Estás presumiendo.
—Simplemente tengo un expediente limpio.
Cristina se rio.
—¿Y ella?
—Marta.
—Marta.
—Se casó.
—¿Con otro?
—Habría sido extraño que fuera conmigo.
—Sabes a qué me refiero.
—Sí. Se casó. Tiene dos niños.
—¿Os lleváis bien?
—Sí.
—¿Os veis?
—No. Algún mensaje por cumpleaños. Poco más.
Cristina asintió.
No preguntó por qué terminó.
Se lo agradecí.
—¿Y cuánto llevas sin pareja?
Ahí estaba.
Otra vez.
—Once años.
Cristina dejó de beber.
—¿Seguidos?
—No. He ido intercalando algunos años entre medias.
Me miró.
—Vale. Pregunta estúpida.
—Un poco.
—Once años.
—Eso sí lo has entendido bien.
—Es mucho.
—Depende. Para una hipoteca no.
Cristina sonrió.
—¿Y no has conocido a nadie en todo ese tiempo?
—He conocido a muchísima gente. La mayoría no ha querido acostarse conmigo.
Se rio.
—No me refería a eso.
—Ya.
—Digo alguien que te gustara.
Pensé un momento.
—Sí.
—¿Y?
—No pasó nada.
—¿Nunca?
—Nunca es una palabra muy grande.
Cristina me miró.
No dije nada.
—¿Once años sin pareja o...?
Dejó la frase sin terminar.
—También.
Esta vez no respondió inmediatamente.
Le dio un trago a la cerveza.
—Vale.
—¿Vale?
—Sí.
—¿Eso es todo?
—¿Qué quieres que haga?
—No sé. La gente suele reaccionar.
—Estoy reaccionando por dentro.
—¿Y qué tal va?
Cristina me miró de arriba abajo.
Solo un segundo.
—Todavía estoy valorando.
Cogí la cerveza.
Eso no estaba en el protocolo.
A las diez y media seguíamos allí.
A las once también.
No había mirado el reloj hasta entonces.
Me acordé de la frase de su perfil.
Conversaciones que se alargan sin mirar el reloj.
Sonreí.
—¿Qué?
—Nada.
—Has sonreído.
—Me he acordado de tu perfil.
—¿Qué parte?
—Lo del reloj.
Cristina miró el suyo.
—Vaya.
—Exacto.
—Son las once.
—Eso parece.
—¿Te quieres ir?
La pregunta me sorprendió.
—No.
Respondí demasiado rápido.
Cristina sonrió.
—Vale.
—¿Tú?
—Tampoco.
Aquello era nuevo.
No completamente.
Había tenido treinta años.
Había ligado.
Había tenido pareja.
Había sabido hacer todo aquello.
El problema era que mi última experiencia pertenecía a una época en la que Facebook todavía servía para ver fotografías de tus amigos y nadie utilizaba la palabra algoritmo fuera de una facultad.
Me sentía como alguien que había conducido toda su vida, llevaba once años sin hacerlo y acababa de incorporarse a una rotonda de seis carriles.
Sabía lo básico.
Lo preocupante eran las normas nuevas.
A las once y veinte pagamos.
Mitad.
Sin negociación.
Otro punto para Cristina.
Salimos.
Caminamos un poco.
No habíamos hablado de hacerlo.
Simplemente ninguno había señalado todavía su coche.
Eso también parecía buena señal.
Mis manos volvieron a convertirse en un problema.
Mientras estaba sentado no.
Había mesa.
Vaso.
Tenedor.
Infraestructura.
Caminando no había nada.
Cristina llevaba las suyas en los bolsillos de la chaqueta.
Muy inteligente.
Yo no tenía chaqueta.
Error logístico.
Metí una mano en el bolsillo.
La otra no.
Asimétrico.
La saqué.
Las dos fuera.
Primate.
Volví a meterlas.
Las dos.
Ahora parecía que tenía frío.
—¿Te pasa algo en las manos?
La miré.
—No.
—Llevas un rato metiéndolas y sacándolas de los bolsillos.
—Estoy buscando una configuración cómoda.
Cristina se rio.
—¿Estás nervioso?
—No.
—Vale.
—¿Por qué nadie me cree nunca?
—Porque das demasiadas explicaciones.
Aquello era cierto.
Llegamos a su coche primero.
Mal.
O bien.
No sabía.
La noche había entrado en una fase para la que no existía manual.
Nos paramos.
—Me lo he pasado muy bien —dijo.
—Yo también.
—De verdad.
—Yo también de verdad.
Sonrió.
Yo sonreí.
Silencio.
Dos segundos.
Tres.
Ahí estaba.
El momento.
Sabía reconocerlo.
No estaba muerto.
Podía besarla.
Probablemente.
Quizá.
Cristina me miraba.
Yo la miraba.
Di medio paso.
Ella también.
Perfecto.
Entonces pensé en mis manos.
Error.
¿Dónde se ponían?
Cintura.
Brazo.
Cara no.
Demasiado.
Cintura quizá.
¿Las dos?
No.
Eso parecía una maniobra de rescate.
Una.
¿Cuál?
Tenía aproximadamente un segundo para decidir.
Mi cerebro abrió una comisión de estudio.
Cristina me dio un beso.
En la mejilla.
—Buenas noches, Raúl.
—Buenas noches.
Abrió el coche.
Yo me quedé allí.
Bien.
Perfecto.
Estupendo.
Había conseguido pensar tanto en dónde colocar las manos que había perdido la oportunidad de utilizar la boca.
Once años de experiencia.
Caminé hacia mi coche.
No estaba decepcionado.
Bueno.
Un poco.
Tampoco sabía si ella había querido que la besara.
Quizá no.
Quizá el beso en la mejilla había sido exactamente lo que quería.
Quizá yo había interpretado una situación que no existía.
Quizá...
El teléfono vibró.
Cristina.
Abrí.
Cristina: Has pensado demasiado 😂
Me detuve.
Mierda.
Raúl: No sé de qué hablas.
Cristina: Claro.
Raúl: Estaba siendo respetuoso.
Cristina: Tenías cara de estar resolviendo una ecuación.
Raúl: Había muchas variables.
Tres puntos.
Cristina: 😂😂😂
Después:
Cristina: La próxima vez piensa menos.
Me quedé mirando esas cuatro palabras.
La próxima vez.
No el beso.
No el emoji.
No la ecuación.
La próxima vez.
Había una próxima vez.
Once años sin pareja me habían preparado perfectamente para muchas cosas.
Dormir solo.
Viajar solo.
Ir al cine solo.
Comer solo.
No depender de nadie.
Tener toda la cama.
Elegir siempre la película.
No discutir por la temperatura del aire acondicionado.
Lo que no me habían enseñado era qué cojones se hacía cuando alguien quería volver a verte.
Escribí:
Raúl: Lo intentaré.
Miré el mensaje.
Añadí:
Raúl: Pero no prometo nada. Soy funcionario. Necesito informes.
Cristina respondió:
Cristina: 👍
Me quedé mirando el pulgar.
Hija de puta.
Sonreí todo el camino hasta el coche.