Situación
El viernes a las ocho y siete de la mañana Patricia seguía riéndose.
No continuamente.
Eso habría requerido asistencia médica.
Pero sí cada vez que me miraba.
—¿Has terminado?
—Sí.
Esperó tres segundos.
Volvió a reírse.
—Pues menos mal.
Encendí el ordenador.
—No tiene tanta gracia.
—Sesenta y siete.
—Ya.
—Tú cuarenta y cinco.
—Conozco las cifras.
—Demasiado mayor.
—Patricia.
Se tapó la boca.
—Perdón.
—No lo sientes.
—Nada.
Abrí el correo.
Diecinueve mensajes.
Mucho mejor.
Los correos tenían asunto.
Remitente.
Fecha.
Incluso cuando eran absurdos mantenían una estructura.
Las personas no.
—No se lo cuentes a nadie.
Patricia dejó de reírse.
—Por favor.
La miré.
—Lo digo en serio.
—Raúl, ¿por quién me tomas?
—Por alguien que lleva desde ayer deseando contarlo.
—Me ofende.
—¿No se lo has contado a nadie?
—No.
—¿Seguro?
—Completamente.
Me relajé.
—Gracias.
—De nada.
—Buenos días.
Álvaro dejó la mochila junto a su mesa.
—Buenos días —dije.
Patricia también.
Álvaro encendió el ordenador.
Se quedó unos segundos mirando la pantalla.
—¿Qué tal la cita con la señora?
Cerré los ojos.
Patricia empezó a trabajar con enorme concentración.
—¿Qué señora? —pregunté.
—La de sesenta y...
—Patricia.
—Fue antes de que me dijeras que no lo contara.
—Eso no cuenta.
—Claro que cuenta.
—No sabía que era información protegida.
—¿Qué pensabas que era?
—Una historia maravillosa.
Álvaro sonrió.
—¿Qué pasó?
—Nada.
—Le fue muy bien —dijo Patricia.
—Cállate.
—Pero no van a repetir.
Álvaro me miró.
—¿Por qué?
Patricia inspiró.
La señalé.
—Ni se te ocurra.
Se mordió el labio.
—Patricia.
Asintió.
—No voy a decir nada.
—Gracias.
Álvaro esperaba.
Yo volví al correo.
—Porque soy demasiado mayor para ella.
Hubo silencio.
No sé por qué lo dije.
Quizá porque hay información que, una vez ha empezado a destruir tu dignidad, conviene dejarla terminar el trabajo.
Álvaro frunció el ceño.
—Pero ¿cuántos años tiene?
—Sesenta y siete.
Miró a Patricia.
Después a mí.
—No entiendo.
—Bienvenido.
Álvaro tenía veintiséis años.
Llevaba algo menos de un año con nosotros y todavía decía «buenos días» con entusiasmo.
Ya se le pasaría.
No sabía exactamente qué hacía fuera del trabajo.
Sabía que iba al gimnasio.
Sabía que jugaba al pádel.
Sabía que tenía Instagram.
Y sabía que algunas mañanas llegaba cansado por razones que a los veintiséis años podían ser interesantes y a los cuarenta y cinco requerían ibuprofeno.
—Pues a mí me parece normal —dijo.
Lo miré.
—¿Qué?
—Que quede con gente más joven.
—No digo que no sea normal.
—Entonces.
—Lo que no me parece normal es que yo sea el mayor.
—Porque lo estás viendo desde tu edad.
—Normalmente veo las cosas desde mi edad. Es una limitación física.
Patricia volvió a reírse.
Álvaro abrió una aplicación.
—¿Vas a seguir con Tinder?
—Supongo.
—¿Tienes más matches?
—No.
—Likes.
—Uno.
—¿Quién?
—Pilar.
—¿Edad?
—Setenta y uno.
Álvaro asintió.
—Vas fuerte.
—Tengo un nicho.
—Eso dice él —añadió Patricia.
—Es bueno tener nicho.
Señalé a Álvaro.
—Gracias.
—Aunque quizá deberías revisar el algoritmo.
—Gracias menos.
* * *
A las diez fuimos a desayunar.
Patricia pidió tostada.
Yo café y media con tomate.
Álvaro solo café.
Eso era otra cosa que no entendía de los jóvenes.
Podían pagar una hipoteca emocional a tres personas diferentes pero desayunar únicamente líquido.
Miró el teléfono.
Sonrió.
Escribió.
Volvió a sonreír.
—¿Una mujer? —pregunté.
Levantó la cabeza.
—¿Qué?
—Estás sonriendo al móvil.
Patricia me miró.
—Mira quién se ha convertido en tu madre.
No me gustó aquello.
—Solo preguntaba.
Álvaro dejó el teléfono.
—Sí.
—¿Novia?
—No.
—¿Tinder?
—No.
Esperé.
Él bebió café.
—¿Entonces?
—Una chica.
—Eso ya lo había supuesto.
—Estamos en una situación.
Miré a Patricia.
Ella se encogió de hombros.
—¿Qué situación?
—Pues eso.
—No has explicado nada.
Álvaro pensó.
—Nos estamos viendo.
—¿Sois pareja?
—No.
—¿Amigos?
—Tampoco.
—¿Os acostáis?
Patricia dejó la tostada.
—Raúl.
—Estoy intentando entenderlo.
Álvaro no pareció molesto.
—Sí.
—Entonces follamigos.
—No exactamente.
—¿Por qué?
—Porque hay sentimientos.
—Pareja.
—Tampoco.
Lo miré.
—Repasemos.
—No hace falta.
—Para mí sí. Os gustáis.
—Sí.
—Os acostáis.
—Sí.
—Quedáis.
—Sí.
—Hay sentimientos.
—Sí.
—Pero no sois pareja.
—No.
—Ni amigos.
—No exactamente.
—¿Y qué sois?
Álvaro se encogió de hombros.
—Estamos viendo qué pasa.
Me apoyé en la silla.
—Eso se ha hecho toda la vida.
—Sí.
—Se llamaba estar empezando a salir con alguien.
—No es lo mismo.
—¿Por qué?
—Porque no queremos ponerle etiqueta.
—Acabas de ponerle «situación».
Patricia soltó una carcajada.
Álvaro sonrió.
—Bueno, sí.
—Habéis inventado una etiqueta para explicar que no queréis etiquetas.
—Más o menos.
Bebí café.
Once años sin sexo.
Pero al menos todavía dominaba el castellano.
—¿Y cuánto lleváis? —preguntó Patricia.
—Cinco meses.
Casi escupo el café.
—¿Cinco meses?
—Sí.
—Eso ya no es una situación. Es una legislatura.
—Raúl.
—Cinco meses acostándoos, quedando y teniendo sentimientos.
—Sí.
—¿Conocéis a vuestros amigos?
—Sí.
—¿Dormís juntos?
—A veces.
—¿Habéis viajado?
—Fuimos a Málaga un fin de semana.
Dejé la taza.
—Álvaro, tienes novia.
—No.
—Tienes una novia sin convenio colectivo.
—No es mi novia.
—¿Ella lo sabe?
Patricia me dio una patada por debajo de la mesa.
—¿Qué?
—Déjalo.
—Estoy aprendiendo.
Álvaro se rio.
—Es complicado.
—No. Lo habéis complicado.
—Vosotros también teníais cosas así.
—Claro.
—Pues eso.
—Pero no teníamos una palabra en inglés para cada fase.
—Situationship.
Me quedé callado.
—¿Qué?
—Se llama situationship.
—No.
—Sí.
—Te lo acabas de inventar.
—Que no.
Miré a Patricia.
Sacó el móvil.
—Existe.
—No busques.
Buscó.
—Existe.
—Me niego.
Álvaro sonreía.
—También hay ghosting.
—Sé lo que es ghosting.
—Breadcrumbing.
—Eso es rebozar.
—Benching.
—Fútbol.
—Orbiting.
—Satélites.
Patricia se estaba riendo.
Levanté una mano.
—Basta.
—Solo intento ayudarte con Tinder.
—No quiero ayuda si necesito un B2.
* * *
Volvimos a la oficina.
Durante la siguiente hora trabajé.
De verdad.
Dos expedientes.
Tres correos.
Una llamada.
Una incidencia que llevaba dos semanas dando vueltas porque alguien había adjuntado un documento distinto al que decía haber adjuntado.
Aquello me devolvió la fe en el mundo.
Los problemas normales.
A las once y cuarenta vibró el teléfono.
Tinder.
Abrí.
Cristina, 46.
Me quedé quieto.
La profesora.
La del lunes.
La que me había gustado.
¡Es un match!
Noté algo.
No mucho.
Pero algo.
Patricia lo vio.
—¿Qué?
—Nada.
—Raúl.
Álvaro levantó la cabeza.
—¿Match?
Los miré.
—¿Podéis trabajar?
—Es un match —dijo Patricia.
—No he dicho eso.
—Tu cara lo ha dicho.
—¿Qué cara?
—La de no jubilada.
—Eres una hija de puta.
Le enseñé el móvil.
Patricia cogió aire.
—Cuarenta y seis.
—Sé leer.
—Profesora.
—También.
—Es guapa.
—Ya.
Álvaro se acercó.
—Déjame ver.
Aparté el teléfono.
—No.
—¿Por qué ella sí?
—Porque yo decidí enseñárselo.
—¿Y a mí no?
—Correcto.
—Eso es discriminación por edad.
—Aprendes rápido.
Cristina tenía un perfil corto.
Profesora. Dos hijos. Me gusta leer, caminar y las conversaciones que se alargan sin mirar el reloj.
Cinco fotos.
Normales.
Una con un perro.
Una en una terraza.
Una en la playa.
Nada de «sorpréndeme».
Nada de «si quieres saber algo pregunta».
Nada de exigencias sobre alturas.
Nada de fotografías desde la cima del Everest.
Me gustaba.
Eso era inconveniente.
—Escríbele —dijo Patricia.
—Ya.
—Ahora.
—No hace falta que sea ahora.
Álvaro negó con la cabeza.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque acabáis de hacer match.
—¿Hay plazo?
—No.
—Entonces.
—Pero escríbele.
—Estoy trabajando.
Patricia miró el reloj.
—Hace cuarenta minutos estabas investigando qué significa breadcrumbing.
—Formación continua.
Abrí el chat.
Vacío.
Escribí:
Hola, Cristina.
Lo miré.
Otra vez no.
Después de Amparo había aprendido algo.
No sabía exactamente qué.
Pero «Hola, Cristina» seguía pareciéndome el inicio de una comunicación del ayuntamiento.
Borré.
Miré su perfil.
Profesora.
Perro.
Libros.
Caminar.
Conversaciones.
Podía preguntar por el perro.
Demasiado evidente.
Por los libros.
Entrevista.
Por dónde era la playa.
Interrogatorio.
—¿Qué le pongo?
Patricia sonrió.
—Ah.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Disfrutar.
—Llevo esperando este momento desde el lunes.
Álvaro extendió la mano.
—Déjame.
—Ni de coña.
—Te escribo algo.
—Precisamente.
Volví al teléfono.
Escribí:
Hola. Prometo no preguntarte cuál es tu libro favorito si tú no me preguntas cuál es mi lugar favorito para viajar.
Lo releí.
—¿Qué tal?
Patricia leyó.
—Bien.
Álvaro también.
—Un poco señor.
—Tengo cuarenta y cinco años.
—Ya.
—Entonces es perfecto.
Patricia asintió.
—Mándalo.
Lo envié.
Nada.
Bloqueé el teléfono.
Dos minutos después lo desbloqueé.
Nada.
Cinco minutos.
Nada.
Diez.
Nada.
No estaba pendiente.
Simplemente el teléfono estaba encima de la mesa y mis ojos funcionaban.
A las doce y doce vibró.
Cristina: Trato hecho 😂
Debajo apareció otro mensaje.
Cristina: Aunque viajar me gusta bastante menos desde que tengo que pagar cuatro billetes.
Sonreí.
Dos hijos.
Eso ya lo sabía.
Raúl: Yo he encontrado una solución bastante económica para eso.
Cristina: ¿Cuál?
Raúl: No tenerlos.
Los tres puntos desaparecieron.
Me quedé mirando.
Patricia también.
—¿Qué has puesto?
—Nada.
—Raúl.
—Un chiste.
—¿Cuál?
Se lo enseñé.
Cerró los ojos.
—¿Qué?
—Tiene dos hijos.
—Ya lo sé.
—Y acabas de decirle que tu solución es no tenerlos.
—No he dicho que los suyos estén mal.
—No.
—Entonces.
Álvaro miró.
—Yo lo veo bien.
—Gracias.
—Pero yo tengo veintiséis.
—Retiro las gracias.
Pasaron diez segundos.
Veinte.
Treinta.
—La has cagado —dijo Patricia.
—No.
Un minuto.
Empezaba a pensar que quizá sí.
Dos.
El teléfono vibró.
Cristina: 😂😂😂
Después:
Cristina: Llegas unos 17 años tarde con el consejo.
Respiré.
Raúl: La Administración es lenta.
Cristina respondió con otro emoji.
Patricia negó con la cabeza.
—No sé cómo te funciona.
—Carisma.
—No.
—Experiencia.
—Once años.
—Vete a la mierda.
A las tres recogimos.
Álvaro se puso la mochila.
—¿Vas a seguir hablando con ella?
—Supongo.
—No tardes mucho en quedar.
—Acabamos de hablar.
—Precisamente.
—¿Qué prisa tenéis?
—Si os caéis bien, quedáis.
—¿Y después?
—Ya veréis.
—¿Entramos en situación?
Álvaro sonrió.
—Puede.
—No quiero.
—Pues se lo dices.
—¿Así de fácil?
—Sí.
Lo miré.
Veintiséis años.
Cinco meses acostándose con una mujer con la que tenía sentimientos, viajaba y compartía amigos, pero se negaba a llamarla novia.
Y me estaba dando consejos sobre claridad emocional.
La juventud era maravillosa.
* * *
Salí.
Miré Tinder.
Cristina había escrito.
Cristina: Por cierto, lo de tu próxima ex me ha hecho gracia.
Sonreí.
Raúl: Está teniendo más éxito del previsto.
Cristina: Cuántas candidatas hay?
Pensé en Amparo.
En Pilar.
Raúl: Hay un proceso selectivo abierto.
Cristina: 😂
Cristina: Y muchas solicitudes?
Miré la pantalla.
Podía mentir.
No tenía ninguna necesidad.
Raúl: Dos.
Los tres puntos aparecieron.
Cristina: Solo?
Raúl: Estoy intentando controlar la demanda.
Tardó un poco.
Cristina: Pues tendrás que mejorar la campaña de captación.
Raúl: Acepto propuestas.
Los tres puntos.
Cristina: Una cerveza funciona mejor que cinco fotos.
Me detuve en mitad de la acera.
Leí otra vez.
Una cerveza.
No necesitaba a Patricia.
No necesitaba a Álvaro.
No necesitaba consultar ningún término en inglés.
Aquello lo entendía.
Raúl: Eso me han dicho.
Cristina: Mañana?
Sábado.
Miré el mensaje.
Una mujer de cuarenta y seis años acababa de proponerme quedar.
Por iniciativa propia.
Sin cobrar pensión.
El algoritmo había corregido la incidencia.
Raúl: Mañana me viene bien.
Guardé el teléfono.
Seguí andando.
A los veinte metros lo saqué otra vez para comprobar que el mensaje seguía allí.
Seguía.
No estaba emocionado.
Simplemente verificaba.
Funcionario.