Cero divorcios No era una cita
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No era una cita

Eso era importante.

Había quedado con una mujer que había conocido en Tinder para tomar una cerveza.

* * *

Por la noche.

Los dos solos.

Pero una cosa no implicaba necesariamente la otra.

—Es una cita —dijo Patricia.

—No.

—La has conocido en Tinder.

—También puedes conocer gente en LinkedIn y no por eso te contratan.

—No sé qué tiene que ver.

—Yo tampoco, pero jurídicamente me parece sólido.

Patricia siguió trabajando.

Era jueves.

Quedaban siete horas para que viera a Amparo.

No las estaba contando.

Sabía que eran siete porque sabía sumar.

—¿Dónde habéis quedado?

—En un bar.

—Eso ya lo suponía.

—Pues no preguntes cosas cuya respuesta conoces.

—¿Qué bar?

Se lo dije.

Patricia asintió.

—Está bien.

—Ya.

—¿Lo has elegido tú?

—Ella.

—Mejor.

—¿Por qué?

—Porque tú habrías elegido uno con ofertas de tapas.

—Eso no es un defecto.

—Para una cita sí.

—No es una cita.

Patricia suspiró.

—¿Qué te vas a poner?

—Ropa.

—Bien. Ya tenemos una base.

—Lo mismo que llevo.

Me miró.

Camisa.

Pantalón.

Zapatos.

—No.

—¿Qué tiene de malo?

—Que pareces un gestor que viene a comunicarme que Hacienda me reclama mil doscientos euros.

—Trabajo vestido así.

—Precisamente.

—No voy a ir a casa a cambiarme para tomar una cerveza.

—Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—Has dicho claro.

—Porque está claro.

—¿El qué?

—Que no vas a cambiarte.

—Exacto.

—Porque no es una cita.

—Exacto.

—Perfecto.

Volvió al ordenador.

La conocía.

—¿Qué estás haciendo?

—Trabajando.

—Estás sonriendo.

—Me gusta mi trabajo.

—Nunca te ha gustado tanto.

* * *

A las tres salí de la oficina.

A las tres y veinte estaba en casa.

A las tres y veintidós me quité la camisa.

No porque fuera a cambiarme.

Porque estaba en mi casa.

Hay gente que llega a casa y sigue vestida como una persona funcional.

Yo no.

Yo cruzaba la puerta y empezaba un proceso de degradación textil que terminaba siempre en pantalón corto.

Abrí el armario.

No buscaba nada.

Simplemente estaba abierto.

Vi una camisa azul.

La saqué.

Me la puse delante.

No.

La guardé.

Saqué una negra.

Demasiado.

No sabía qué significaba demasiado, pero lo era.

La guardé.

Cogí una camiseta.

La miré.

La dejé.

Volví a la camisa azul.

A las tres y media tenía cuatro prendas sobre la cama.

No era una cita.

Era un problema de vestuario.

Cosas completamente distintas.

A las cuatro y diez me duché.

Siempre me duchaba.

No necesariamente a las cuatro y diez.

A las cuatro y media me afeité el cuello.

Mantenimiento.

A las cuatro y cuarenta y cinco me recorté un pelo de la nariz.

Salud pública.

A las cinco me puse colonia.

Ahí empezaba a quedarme sin argumentos.

A las seis me escribió Patricia.

Patricia: Te has cambiado?

Miré la camisa azul.

Raúl: No.

Tardó cinco segundos.

Patricia: Foto.

No contesté.

Patricia: JAJAJAJAJA

Raúl: No he enviado nada.

Patricia: Precisamente.

Bloqueé el teléfono.

Habíamos quedado a las ocho.

Llegué a las siete y cincuenta y uno.

Eso tampoco significaba nada.

Yo era puntual.

Normalmente.

A veces.

Entré.

Amparo no estaba.

Elegí una mesa.

Me senté.

Me levanté.

La mesa estaba demasiado cerca del baño.

Elegí otra.

Me senté.

Había una televisión justo detrás.

No quería pasar una hora mirando por encima del hombro de Amparo si había fútbol.

Cambié otra vez.

La camarera empezó a observarme.

—¿Te pongo algo?

—Estoy esperando.

—Vale.

Su tono indicaba que ya había llegado a esa conclusión.

Me senté junto a la ventana.

Miré el teléfono.

7:54.

Lo guardé.

7:55.

Lo saqué.

Nada.

Lo guardé.

No estaba nervioso.

Llevaba once años sin una cita.

Que aquello no fuera una cita ayudaba muchísimo.

* * *

A las ocho y dos entró Amparo.

La reconocí inmediatamente.

Eso fue un alivio.

Las fotografías de Tinder introducían un concepto que no existía cuando yo tenía veinte años: la posibilidad de que una persona llegara y tuviera una relación meramente aproximada con su propia cara.

Amparo era Amparo.

Pelo corto.

Pendientes grandes.

Vaqueros.

Blusa.

Una chaqueta ligera.

Y una seguridad al caminar que hizo que pareciera que ella había elegido el bar, la mesa y probablemente el edificio.

Me levanté.

—Hola.

—Hola, jovencito.

Me dio dos besos.

Yo ejecuté los dos besos correctamente.

Puede parecer sencillo.

No lo es.

Años sin conocer gente nueva habían hecho que olvidara cuándo se empieza por la izquierda, cuándo por la derecha y en qué momento exacto existe riesgo de acabar besando a alguien en la boca por un error de coordinación.

No ocurrió.

Primer éxito de la noche.

—Estás muy guapo —dijo.

—Gracias.

No supe qué más hacer con aquello.

—Tú también.

—¿También estoy muy guapo?

—Guapa.

—Menos mal.

Se sentó.

Sonreía.

Yo también.

Esperaba que esta vez mi sonrisa no indicara que sabía dónde había un cadáver.

Pedimos dos cervezas.

Amparo sin alcohol.

Yo normal.

—¿Sin alcohol? —pregunté.

—Conduzco.

—Responsable.

—Y ayer salí.

—También.

—¿Qué?

—Responsable.

—Ah.

Me miró.

—Estás nervioso.

—No.

—Sí.

—No estoy nervioso.

—Has colocado el posavasos tres veces.

Miré el posavasos.

Estaba perfectamente alineado con el borde de la mesa.

—Me gusta el orden.

—Funcionario.

—Eso es discriminación.

Se rio.

Bien.

Ya tenía una.

No llevaba la cuenta.

Llevaba una.

Los primeros diez minutos fueron normales.

Eso me sorprendió.

Había imaginado silencios.

Preguntas incómodas.

Momentos en los que uno de los dos miraría hacia la puerta calculando cuánto tardaría en llegar a ella.

Nada.

Hablamos del trabajo.

De Granada.

De viajes.

De comida.

De sus hijos.

De mi hermana.

Amparo hablaba mucho.

Pero escuchaba.

Era una diferencia importante.

Hay personas que escuchan únicamente mientras preparan su siguiente frase.

Ella no.

—¿Y nunca has tenido hijos? —preguntó.

—Que yo sepa, no.

—Eso dicen todos.

—En mi caso tengo bastante confianza.

—¿No querías?

Me encogí de hombros.

—Nunca tuve claro que quisiera.

—Eso es no.

—No necesariamente.

—A tu edad sí.

Pensé.

—Pues no.

—¿Ves qué fácil?

—Me has ahorrado años de terapia.

—Son treinta euros.

—Pensaba que la primera consulta era gratis.

—Eso era la cerveza.

—¿Y llevas mucho soltero?

Ahí estaba.

La pregunta.

Podía decir once años.

Era verdad.

También podía decir «bastante».

También era verdad y ocupaba menos.

—Once años.

Amparo levantó las cejas.

—¿Once?

—Sí.

—¿Sin pareja?

—Sí.

Bebió.

No preguntó lo siguiente.

Esperé.

Nada.

Me pareció extraño.

Todo el mundo preguntaba lo siguiente.

—¿Ya está?

—¿Qué?

—Nada.

—¿Qué quieres que te pregunte?

—Nada.

—Pues entonces.

Bebí.

Pasaron cinco segundos.

—¿Once años sin pareja o sin follar?

Ahí estaba.

—Las dos.

Amparo dejó el vaso.

—Hostia.

—Gracias. Esa reacción ya la tengo homologada.

Se rio.

—Perdona.

—No pasa nada.

—¿Once años?

—Si seguimos repitiéndolo no va a bajar.

—No, claro.

Me miró.

—¿Por elección?

—Al principio no especialmente.

—¿Y después?

Pensé.

—Por falta de insistencia.

Amparo sonrió.

—Eso me lo creo.

—He tenido aplicaciones alguna vez. He conocido gente. Simplemente no ha ocurrido.

—¿Y estás bien?

Otra vez.

La pregunta universal.

—Sí.

—Vale.

Esperé.

—¿Vale?

—Vale.

—¿No vas a decirme que tengo que abrirme al amor?

—No.

—¿Que todavía estoy a tiempo?

—¿A tiempo de qué?

—No sé. Es lo que suele decir la gente.

Amparo bebió.

—La gente dice muchas gilipolleces cuando no sabe estar callada.

La miré.

—Me caes muy bien.

—Ya lo sé.

Pedimos otra.

Yo había dejado de colocar el posavasos.

Eso probablemente significaba algo.

—¿Y tú? —pregunté.

—¿Yo qué?

—Tinder.

—¿Qué pasa con Tinder?

—¿Qué buscas?

Amparo sonrió.

—Hombres.

—Eso ya lo había deducido.

—Pues vas muy bien.

—Me refiero a pareja, conocer gente...

—Depende.

—¿De qué?

—Del hombre.

Era una respuesta tan razonable que me molestó no haber pensado nunca en ella.

—He tenido pareja —dijo—. Después del divorcio.

—¿Mucho tiempo?

—Uno seis años. Otro tres.

—Ah.

—Y cosas más cortas.

—Ah.

Amparo sonrió.

—Dices mucho «ah».

—Estoy recopilando información.

—Funcionario.

—Otra vez.

—Te lo has puesto en el perfil.

—Fue un error.

—No. A mí me gustó.

—¿Por qué?

—Tengo una pensión. Me tranquiliza saber que alguien va a comprender mis trámites.

—Eso sí que es seducción.

La conversación siguió.

En algún momento dejamos de hablar de Tinder.

Eso me gustó.

Me contó que una vez había viajado sola a Estambul porque una amiga canceló dos días antes y se negó a perder el dinero.

Yo le conté que una vez había pagado un seguro de cancelación y cancelé un viaje principalmente para sentir que había amortizado el seguro.

Me llamó miserable.

Le expliqué que era una cuestión de principios.

No lo entendió.

Mejor.

A las nueve y cuarto miré el reloj.

Llevábamos más de una hora.

No me había dado cuenta.

Aquello también significaba algo.

Probablemente.

—Voy al baño —dijo Amparo.

Se levantó.

Cogí el teléfono.

Tenía tres mensajes de Patricia.

Patricia: ???

Patricia: Sigues vivo?

Patricia: AMPARO TE HA SECUESTRADO?

Contesté.

Raúl: Todo bien.

Los ticks aparecieron.

Patricia: ESO ES TODO?

Raúl: Sí.

Patricia: Te odio.

Guardé el móvil.

Amparo regresó.

—¿La amiga?

—¿Qué amiga?

—La que está esperando el informe.

Me quedé quieto.

—No sé de qué hablas.

—Has cogido el móvil en cuanto me he levantado.

—Puede ser cualquiera.

—Es la del trabajo.

—¿Cómo sabes que hay una del trabajo?

—Porque me has hablado de ella.

Cierto.

—Patricia.

—Esa.

—No está esperando ningún informe.

El teléfono vibró encima de la mesa.

Patricia: PREGÚNTALE SI TIENE HERMANA PEQUEÑA.

Amparo miró la pantalla.

Yo también.

La bloqueé.

—Tiene cuarenta y tres años —dije.

—Me cae bien.

—No la conoces.

—Ya me cae bien.

A las diez pedimos la cuenta.

Amparo hizo el gesto de sacar el bolso.

—Invito yo.

—No.

—Te he invitado a tomar una cerveza.

—Eso no significa que pagues tú.

—Claro que sí.

—No.

—Raúl.

—Amparo.

Nos miramos.

—Mitad —dijo.

—Mitad.

Pagamos.

Aquello me gustó más de lo que debería.

Salimos.

Hacía buena noche.

Nos quedamos un momento delante del bar.

Había llegado la parte complicada.

La despedida.

No sabía qué protocolo correspondía.

Dos besos.

Abrazo.

Apretón de manos.

Una reverencia me parecía excesiva.

Amparo me solucionó el problema.

Me dio dos besos.

—Me lo he pasado muy bien.

—Yo también.

—Y estabas nervioso.

—Al principio.

—Mucho.

—Un poco.

—Has cambiado tres veces de mesa antes de que llegara.

Me quedé mirándola.

—¿Cómo sabes eso?

Señaló hacia la esquina.

—Estaba allí.

Miré.

Había una cafetería enfrente.

—¿Me estabas observando?

—Había llegado pronto.

—¿Cuánto?

—Diez minutos.

—¿Y no entraste?

—Quería verte llegar.

—Eso es inquietante.

—Tú cambiaste tres veces de mesa.

—Estaba seleccionando.

—Claro.

Sonrió.

—Buenas noches, jovencito.

—Buenas noches.

Se dio la vuelta.

—Amparo.

Giró.

—¿Qué?

—¿Por qué me diste like?

Lo había pensado varias veces durante la noche.

Amparo sonrió.

—Por lo de tu próxima ex.

—¿En serio?

—Y por los dientes.

—Sabía que funcionaría.

—No te vengas arriba.

Se marchó.

Me quedé allí.

No había ocurrido nada.

Y, sorprendentemente, aquello no me parecía un fracaso.

Había tomado dos cervezas con una mujer.

Habíamos hablado.

Nos habíamos reído.

No había intentado venderme criptomonedas.

Yo no había hecho el ridículo de manera irreversible.

Después de once años, mis estándares para considerar buena una noche eran bastante razonables.

Saqué el teléfono.

Escribí a Patricia.

Raúl: Ha ido bien.

Contestó inmediatamente.

Patricia: SEGUNDA CITA???

Miré hacia donde se había marchado Amparo.

No sabía la respuesta.

Entonces vibró Tinder.

Amparo.

Abrí.

Amparo: Me lo he pasado bien 😊

Sonreí.

Aparecieron los tres puntos.

Amparo: Pero te tengo que decir una cosa.

Dejaron de aparecer.

Esperé.

Volvieron.

Amparo: No creo que tengamos que repetir.

Me quedé mirando la pantalla.

Ah.

Eso no me lo esperaba.

Raúl: Tranquila. Yo tampoco sabía muy bien qué estábamos haciendo 😂

La respuesta llegó rápido.

Amparo: Conociéndonos.

Raúl: Eso sí.

Amparo: Y eres encantador.

Mala señal.

Nadie quería nada bueno para ti después de llamarte encantador.

Amparo: Pero eres demasiado mayor para mí.

Me quedé quieto.

Leí otra vez.

Demasiado mayor para mí.

Sesenta y siete.

Yo cuarenta y cinco.

Volví a leerlo.

Raúl: Creo que en algún momento de la noche hemos cometido un error matemático.

Amparo: 😂😂😂

Amparo: A mí me gustan más jóvenes.

Miré la calle.

Necesité unos segundos.

Raúl: Tengo 45.

Amparo: Ya.

Raúl: Cuánto más jóvenes?

Tardó.

Amparo: 35-40 normalmente.

Hostia.

Raúl: Entiendo.

No entendía nada.

Amparo: Pero me has caído muy bien.

Raúl: Tú también.

Amparo: Podemos ser amigos.

Ahí estaba.

Cuarenta y cinco años.

Once sin follar.

Dos días en Tinder.

Y acababa de meterme en la friendzone una mujer de sesenta y siete porque era demasiado viejo para ella .

Guardé el teléfono.

Lo volví a sacar.

Abrí WhatsApp.

Raúl: Patricia.

Patricia: QUÉ

Raúl: Amparo no quiere repetir.

Tardó cuatro segundos.

Patricia: 😢

Patricia: Por qué?

Escribí.

Lo borré.

Volví a escribir.

Raúl: Soy demasiado mayor para ella.

Los dos ticks se pusieron azules.

No contestó.

Cinco segundos.

Diez.

Quince.

Entonces empezó a llamar.

Rechacé la llamada.

Volvió a llamar.

La rechacé.

Patricia: CÓGEME EL TELÉFONO HIJO DE PUTA

Lo guardé en el bolsillo.

No necesitaba escucharla reírse.

Podía hacerlo perfectamente yo solo.