Cero divorcios Mi madre sabe cosas
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Mi madre sabe cosas

Mi madre sabía cuándo me pasaba algo.

No porque existiera una conexión especial entre nosotros.

Porque preguntaba mucho.

Si interrogas a una persona durante cuarenta y cinco años, acabas acertando alguna vez.

—¿Qué te pasa?

—Nada.

—Sí te pasa.

—Estoy comiendo.

—Estás mirando el móvil.

Dejé el teléfono boca abajo.

—Ya no.

—¿Quién es?

—Nadie.

Mi hermana levantó la cabeza.

Error.

Laura podía ignorar una conversación durante veinte minutos hasta que apareciera la posibilidad de que yo estuviera ocultando algo.

Entonces recuperaba capacidades auditivas que la medicina todavía no había explicado.

—¿Quién es quién?

—Nadie.

—Mamá ha preguntado quién es.

—Ya estaba aquí cuando lo ha preguntado.

—¿Una mujer?

Seguí comiendo.

Mi madre y mi hermana me miraron.

Mi sobrino mayor no.

Tenía dieciséis años y llevaba toda la comida mirando su teléfono con una impunidad que a mí se me había negado a los cuarenta y cinco.

La vida no era justa.

—¿Por qué tiene que ser una mujer?

—Porque si fuera Miguel lo dirías —dijo Laura.

—Puede ser Sergio.

—También lo dirías.

—Puede ser el banco.

—Al banco no le sonríes.

Me detuve.

—No estaba sonriendo.

Mi madre miró a Laura.

Laura miró a mi madre.

Aquello empezaba a parecer una junta de evaluación.

—Has sonreído —dijo mi madre.

—Estaba leyendo una cosa.

—¿Qué cosa?

—Una cosa graciosa.

—Enséñala.

—No.

—Entonces es una mujer.

La lógica materna no necesitaba pruebas.

Solo ausencia de colaboración.

Era martes.

Comíamos en casa de mi madre porque los martes comíamos en casa de mi madre.

No todos.

Yo casi todos.

Laura cuando podía.

Mis sobrinos cuando coincidía.

Mi cuñado, Carlos, aquel día no había podido venir.

Mi madre llevaba años diciendo que no hacía falta que fuéramos.

También llevaba años comprando comida para seis por si aparecíamos.

Era su manera de no presionar.

—¿Cómo se llama? —preguntó.

—No hay ninguna mujer.

El móvil vibró.

Las tres miradas fueron hacia él.

Incluida la mía.

Lo cogí.

Amparo: Buenos días jovencito. Cómo va el martes?

Lo bloqueé.

—Amparo —dijo Laura.

Levanté la cabeza.

—¿Qué?

—He visto el nombre.

—Eso es cotillear.

—Eso es tener ojos.

Me quedé quieto.

Patricia había utilizado exactamente la misma frase alguna vez.

Empezaba a sospechar que el problema no era la gente.

Era yo dejando pantallas a la vista.

Mi madre sonrió.

—Amparo.

No me gustó cómo dijo Amparo.

Había esperanza en aquellas tres sílabas.

—Es una conocida.

—¿De dónde? —preguntó Laura.

—De Tinder.

Silencio.

Mi sobrino levantó la cabeza.

Por fin.

Después de cuarenta minutos había conseguido recuperar un hijo para mi hermana.

—¿Tienes Tinder? —preguntó.

—Sí.

Se rio.

—¿Qué pasa?

—Nada.

—¿Por qué te ríes?

—Por nada.

—Tienes dieciséis años. Todo te hace gracia y nada sabes explicarlo.

Volvió al móvil.

—¿Qué es Tinder? —preguntó mi madre.

Laura me miró.

Yo la miré.

—Una aplicación para conocer gente —dijo ella.

—¿Como Facebook?

—No exactamente.

—¿Para encontrar pareja?

—También.

Mi madre volvió a mirarme.

Aquello era justo lo que necesitábamos.

Una plataforma tecnológica para potenciar sus esperanzas.

—¿Y has conocido a Amparo ahí?

—Sí.

—¿Y cómo es?

—Normal.

—¿Qué edad tiene?

Laura sonrió.

La miré.

—Ni se te ocurra.

—Yo no he dicho nada.

—Pero lo sabes.

—No.

—Entonces ¿por qué sonríes?

—Porque te conozco.

Mi madre esperaba.

—Sesenta y siete.

No dijo nada.

Mi hermana tampoco.

El silencio duró aproximadamente dos segundos.

—Bueno —dijo mi madre.

Ese «bueno» contenía una cantidad extraordinaria de información.

—¿Bueno qué?

—Nada.

—Has dicho bueno.

—Porque está bien.

—¿El qué?

—Que conozcas gente.

—Tiene cinco años menos que tú.

Mi madre dejó el tenedor.

—¿Y?

No esperaba aquello.

—Nada.

—Pues entonces.

Laura empezó a reírse.

—No sé de qué te ríes.

—De vosotros.

Mi madre continuó comiendo.

—A mí me parece estupendo.

—Mamá, no voy a casarme con Amparo.

—Yo no he dicho nada de casarte.

—Lo estabas pensando.

—No.

—Te conozco.

—Pues te equivocas.

Bebió agua.

—Primero tendrás que conocerla.

Ahí estaba.

—No voy a quedar con ella.

—¿Por qué? —preguntó Laura.

—Porque no.

—Eso no es una razón.

—Tiene sesenta y siete años.

Mi madre suspiró.

—Otra vez.

—¿Qué?

—Con la edad.

—No tengo ningún problema con su edad.

—Llevas cinco minutos hablando de su edad.

—Porque estamos hablando de por qué no voy a quedar con ella.

—Entonces sí tienes un problema con su edad.

Miré a Laura.

—¿Puedes ayudarme?

—No. Estoy disfrutando muchísimo.

Cogí pan.

—Además, no busco pareja.

—¿Entonces para qué te has instalado Tinder? —preguntó Laura.

Buena pregunta.

—Para conocer gente.

—Como Facebook —dijo mi madre.

—Exacto.

—Entonces tenía razón.

—Sí, mamá.

Mi sobrino volvió a intervenir.

—Tinder no es para conocer gente.

Lo miré.

—Tú no deberías saber para qué es Tinder.

—Todo el mundo sabe para qué es Tinder.

—Tienes dieciséis años.

—No la tengo.

—Más te vale.

Laura levantó un dedo.

—Esto sí me interesa.

Mi sobrino desapareció de la conversación.

Había cometido un error de principiante.

Nunca aportes información voluntariamente delante de tu madre.

Yo había aprendido eso en 1994.

Tenía trece años.

Mi madre me había preguntado al volver del instituto:

—¿Qué tal?

Yo cometí el error de responder:

—Mal.

Hay decisiones que condicionan una vida.

Aquella fue una.

—¿Por qué?

—Por nada.

—Si ha ido mal será por algo.

—No pasa nada.

—Raúl.

Yo llevaba varios meses siendo Tetitas.

No era un apodo especialmente sofisticado.

Tenía sobrepeso.

Tenía pecho.

Mis compañeros habían realizado la asociación.

Eran los noventa.

La creatividad tenía unos límites y la sensibilidad ninguno.

No quería contárselo a mi madre.

No porque no confiara en ella.

Precisamente porque confiaba demasiado.

Mi madre era capaz de presentarse en el instituto.

Hablar con el tutor.

Hablar con el director.

Hablar con los padres.

Hablar con los niños.

Probablemente hablar con el ministro de Educación si encontraba el teléfono.

Yo solo quería sobrevivir hasta junio.

—Me han puesto un mote.

Su cara cambió.

—¿Quién?

Primer error.

No preguntó cuál.

Preguntó quién.

—Nadie.

—¿Qué mote?

—Da igual.

—Raúl.

—Tetitas.

Mi madre se quedó callada.

Yo también.

Esperaba muchas reacciones.

Indignación.

Tristeza.

Un abrazo.

Una denuncia ante Naciones Unidas.

No esperaba que mirara mi pecho.

—Mamá.

—No estoy mirando.

—Estás mirando.

—No.

—Acabas de bajar los ojos.

—Porque estaba pensando.

—¿Con las tetas?

—Raúl.

Fue la primera vez que conseguí reírme de aquello.

No la última.

—¿Dónde estás?

Laura me miraba.

Volví al comedor.

—Aquí.

—Te has quedado empanado.

—Estaba pensando.

—¿En Amparo?

—No.

Mi madre sonrió.

—Ya piensa en ella.

—Mamá.

—No he dicho nada.

—Acabas de decir que pienso en ella.

—Porque Laura ha preguntado.

—Eso sigue siendo decir algo.

Mi sobrino pequeño me miró.

—¿Te vas a casar?

—No.

—La abuela dice que sí.

Miré a mi madre.

—Yo no he dicho eso.

—A mí sí —dijo el niño.

Traición.

Mi madre señaló al nieto.

—No hagas caso. Se inventa muchas cosas.

—Tengo doce años.

—¿Ves?

No entendí el argumento.

Tampoco hacía falta.

Después del postre, Laura me ayudó a llevar los platos a la cocina.

—Déjame ver a Amparo.

—No.

—Venga.

—¿Por qué?

—Curiosidad.

—Eso no es una razón.

—Es exactamente la razón.

Saqué el teléfono.

Abrí Tinder.

Le enseñé el perfil.

Laura pasó las fotografías.

—Es guapa.

—Sí.

—Tiene estilazo.

—Sí.

—Parece divertida.

—Sí.

—Te gusta.

—No.

—Has dicho que sí tres veces.

—A tres afirmaciones distintas.

—Queda con ella.

—¿Por qué estáis todos empeñados?

—Porque llevas once años sin...

Se detuvo.

Miró hacia el comedor.

Mi madre estaba allí.

—...pareja.

—Buena recuperación.

—Gracias.

Bajó la voz.

—Once años, Raúl.

—Tú también.

—Yo estoy casada.

—Precisamente. Once años con la misma persona me parece muchísimo más difícil.

Me dio con el trapo.

—Gilipollas.

Sonreí.

—Estoy bien.

Laura dejó el plato.

—Ya lo sé.

Eso me hizo mirarla.

No había lástima.

No había preocupación.

No había esa cara que había puesto Miguel cuando descubrió la cifra.

Simplemente lo sabía.

—Pero estar bien no significa que no puedas hacer cosas nuevas —añadió.

—Eso ha sonado a taza de Mr. Wonderful.

—Vete a la mierda.

—Mejor.

—Solo digo que tomar un café no te obliga a casarte.

—Eso espero.

—Ni siquiera a acostarte con ella.

—Sois ya dos personas que hoy me habéis explicado que se puede quedar con una mujer sin follar.

—Por algo será.

—Once años de experiencia me avalan.

Laura sonrió.

Después volvió a mirar el teléfono.

—Además, puede presentarte a una hija.

Le quité el móvil.

—Fuera.

—¿Qué?

—Se acabó.

—Era una idea.

—Es horrible.

—¿Por qué?

—No voy a utilizar a una mujer de sesenta y siete años para acceder a su descendencia.

—Dicho así...

—¿Cómo quieres que lo diga?

—Menos delictivo.

Guardé el teléfono.

Cuando me iba, mi madre me acompañó hasta la puerta.

—Raúl.

—¿Qué?

—La farmacéutica.

Cerré los ojos.

—¿Qué farmacéutica?

—La de aquí.

—¿Qué pasa con ella?

—Es muy agradable.

—Es farmacéutica, mamá. Le pagan por no mandarte a la mierda.

—No está casada.

—¿Cómo sabes eso?

—No lleva alianza.

—Tampoco lleva estetoscopio y no has descartado que sea cardióloga.

Mi madre ignoró aquello.

—Tendrá cuarenta y pocos.

—Mamá.

—Solo lo digo.

—No digas nada.

—Se llama Elena.

—¿Cómo sabes cómo se llama?

—Lo pone en la bata.

—Claro.

—Y siempre pregunta por ti.

Me detuve.

—¿Qué?

Mi madre sonrió.

No me gustó aquella sonrisa.

—Cuando voy, me pregunta cómo estás.

—Porque sabe que soy tu hijo.

—Podría no preguntar.

—Es educación.

—Eso dices tú.

Abrí la puerta.

—Adiós, mamá.

—Un día podrías venir conmigo.

—Sé comprar ibuprofeno solo.

—No siempre estoy hablando de casarte.

—No.

—También puedes conocerla.

—Como Facebook.

—Exacto.

Le di un beso.

* * *

Salí.

En el ascensor miré el teléfono.

Tenía un mensaje.

Amparo.

Amparo: Qué haces el jueves?

Lo leí dos veces.

El ascensor bajó un piso.

Después otro.

Raúl: De momento nada. Por?

Los tres puntos aparecieron casi inmediatamente.

Amparo: Tomamos una cerveza?

Llegué al portal.

Las puertas se abrieron.

No salí.

Volvieron a cerrarse.

Pulsé otra vez el botón.

Cuarenta y cinco años.

Once sin acostarme con una mujer.

Dos días en Tinder.

Una invitación.

Estadísticamente aquello era un éxito.

El único inconveniente era que mi madre podía haber ido al colegio con mi cita.

Abrí el teclado.

Lo cerré.

Volví a abrirlo.

No sabía si quería quedar con Amparo.

Pero empezaba a tener bastante claro que quería saber qué pasaría si lo hacía.

Escribí:

Vale. Una cerveza.

Lo envié.

Las puertas volvieron a abrirse.

Esta vez salí.

No estaba seguro de que aquello contara como una cita.

Pero tampoco pensaba preguntárselo a mi madre.