Cero divorcios Amparo
8%

Amparo

Le di al corazón.

No tardé nueve segundos.

Tardé doce.

Los tres últimos fueron para convencerme de que lo hacía por curiosidad.

La pantalla cambió.

¡Es un match!

Ahí estaba.

Mi primer match en once años.

Amparo, 67.

Había imaginado mi regreso al mercado sentimental de muchas maneras.

Ninguna incluía la posibilidad de que mi primera candidata hubiera hecho la Primera Comunión más de una década antes de que yo naciera.

No era un problema.

Era un dato.

Un dato que mi cerebro había decidido calcular sin que nadie se lo pidiera.

Tinder nos mostró juntos.

Mi fotografía.

La suya.

Tú y Amparo os gustáis.

Me pareció una afirmación excesiva.

Amparo había pulsado un corazón.

Yo había realizado una investigación.

No era exactamente lo mismo.

Escribí a Patricia.

Raúl: Le he dado.

Los dos ticks aparecieron inmediatamente.

Patricia: JAJAJAJAJAJA

Raúl: No sé por qué te cuento nada.

Patricia: Porque no tienes a nadie más.

Raúl: Tengo amigos.

Patricia: Que ya están dormidos.

Miré la hora.

22:41.

Raúl: Son las once menos veinte.

Patricia: Tienes amigos de 45.

No pude discutirlo.

Volví a Tinder.

Nada.

Amparo no había escrito.

Me pareció bien.

Perfectamente normal.

Quizá estaba ocupada.

Quizá dormía.

Quizá no había visto el match.

Quizá tenía activado el modo avión porque las personas de su generación utilizaban correctamente las funciones del teléfono.

Dejé el móvil.

Puse la televisión.

Lo cogí otra vez.

Nada.

No estaba esperando que escribiera.

Simplemente comprobaba que la aplicación funcionara.

Funcionaba.

A las 22:46 vibró.

Amparo: Hola, jovencito.

Me quedé mirando la pantalla.

Jovencito.

Hacía aproximadamente veinte años que nadie utilizaba aquella palabra conmigo sin intención de venderme algo.

Sonreí.

Después de once años fuera del mercado había regresado convertido en carne fresca.

No sabía qué responder.

Aquello me molestó.

Llevaba cuarenta y cinco años hablando.

Había mantenido conversaciones con inspectores, jefes de servicio, funcionarios de Hacienda y mi madre cuando encontraba una mancha en una camiseta que yo consideraba limpia.

Pero un «Hola, jovencito» me había dejado sin competencias.

Escribí:

Hola, Amparo.

Lo miré.

Correcto.

Educado.

Absolutamente incapaz de provocar lubricación en ningún mamífero conocido.

Borré.

Hola 🙂

Peor.

Parecía un vecino.

Borré.

Hola, guapa.

No.

Demasiado.

Borré.

Volví a:

Hola, Amparo.

Lo envié.

Hay derrotas que conviene aceptar pronto.

Contestó casi inmediatamente.

Amparo: ¿Qué tal?

Raúl: Bien. Terminando el día. ¿Tú?

Tres puntos.

Amparo: Con unas amigas.

Miré la hora.

22:49.

Yo estaba en pijama.

Amparo estaba con unas amigas.

Primer dato preocupante.

Raúl: ¿De cena?

Amparo: De copas 😂

Segundo dato.

Abrí WhatsApp.

Raúl: Amparo está de copas.

Patricia: Y?

Raúl: Son casi las 11.

Patricia: Tienes 45 o 85?

Cerré WhatsApp.

Tenía razón.

Eso me molestó todavía más.

Amparo: Tú qué haces?

Miré alrededor.

Televisión.

Pijama.

Un vaso de agua.

Una bolsa de frutos secos.

No parecía una campaña publicitaria de mi estilo de vida.

Raúl: Tranquilo en casa.

Era verdad.

También era una forma elegante de decir que llevaba veinte minutos viendo un documental sobre aeropuertos.

Amparo: Muy bien. Hay que saber estar solo también.

Aquello me gustó.

No «qué aburrido».

No «tienes que salir más».

No «así no vas a conocer a nadie».

Hay que saber estar solo también.

Raúl: Se me da bastante bien.

Amparo: Ya veo 😂

Me quedé mirando.

No sabía si aquello era una referencia a los once años.

Imposible.

No lo había puesto en el perfil.

Patricia era la única persona que tenía aquella información además de Miguel.

Y Miguel estaba legalmente obligado por nuestra amistad a no comunicársela a mujeres jubiladas.

Raúl: ¿Por qué lo dices?

Amparo: Porque estás en casa un lunes a las once hablando conmigo.

Miré la televisión.

El aeropuerto de Singapur tenía un sistema automatizado de gestión de equipajes fascinante.

Apagué.

Hablamos veinte minutos.

Amparo había trabajado de enfermera.

Llevaba cuatro años jubilada.

Tenía dos hijos.

Tres nietos.

Estaba divorciada desde hacía dieciocho años.

Viajaba bastante.

Bailaba dos veces por semana.

Iba al gimnasio.

Tenía un apartamento en Almuñécar.

Y aparentemente los lunes salía de copas.

A las once y cuarto yo empezaba a sentir que la diferencia generacional estaba jugando en mi contra, pero no de la manera que había previsto.

Raúl: Tienes más vida social que yo.

Amparo: Eso parece.

Ni siquiera añadió un emoji.

Dolió más.

Raúl: Gracias.

Amparo: 😂😂😂

Me cayó bien.

Ese era el problema.

No me atraía.

O no sabía si me atraía.

Era una mujer guapa.

Punto.

Pero tenía sesenta y siete años.

Mi madre tenía setenta y dos.

Cinco años.

No debía haber hecho esa cuenta.

La hice otra vez.

Cinco.

Cerré los ojos.

No.

Amparo: Por qué me has dado like?

Buena pregunta.

Podía mentir.

Decirle que me había parecido atractiva.

Era parcialmente cierto.

Podía decir que su perfil me había resultado interesante.

También era cierto.

Podía contarle la verdad.

Había pagado dieciséis con noventa y nueve para descubrir quién coño me había dado mi primer like y después me había parecido feo rechazarla sin más.

Decidí no utilizar la verdad.

La verdad estaba sobrevalorada en las primeras conversaciones.

Raúl: Me has parecido interesante.

Amparo: Interesante es lo que se dice cuando no quieres decir guapa.

Hostia.

Raúl: También eres guapa.

Amparo: Mejor.

Sonreí.

Amparo: Pero sigo teniendo 67.

Me incorporé.

Aquella mujer estaba empezando a complicarme el procedimiento.

Raúl: Eso he visto.

Amparo: Y tú 45.

Raúl: También.

Amparo: Entonces sabes restar.

Raúl: Trabajo en la Administración. No exijas tanto.

Tardó unos segundos.

Amparo: 😂😂😂😂

Bien.

Aquello había funcionado.

Primer éxito.

No sexual.

Pero éxito.

A las once y media Amparo se despidió.

Amparo: Me voy que estas quieren ir a otro sitio.

Estas.

Querían ir a otro sitio.

Un lunes.

A las once y media.

Yo había apagado el televisor porque empezaba a tener sueño.

Raúl: Pásalo bien.

Amparo: Gracias jovencito.

Raúl: Lo de jovencito empieza a gustarme.

Amparo: Lo imaginaba.

Después:

Amparo: Buenas noches 😘

Un beso.

No sabía qué valor administrativo tenía aquel beso.

Probablemente ninguno.

Pero allí estaba.

Contesté:

Buenas noches 😘

Me pareció excesivo.

Ya lo había enviado.

No había recurso.

* * *

El martes Patricia estaba esperándome cuando llegué a la oficina.

Ni buenos días.

Ni café.

Ni dignidad.

—¿Qué pasó?

Dejé el bolso.

—Buenos días.

—¿Hablaste con Amparo?

—Buenos días, Patricia.

—Buenos días. ¿Hablaste con Amparo?

Encendí el ordenador.

—Sí.

—¿Y?

—Bien.

—¿Bien qué?

—Conversación normal.

—¿Vas a quedar con ella?

—No.

—¿Por qué?

La miré.

—Tiene sesenta y siete años.

—Eso ya lo sabías cuando le diste like.

—Fue una decisión científica.

—Claro.

—Quería comprobar algo.

—¿Qué?

No tenía respuesta.

Patricia sonrió.

—Te gusta.

—No.

—Te cae bien.

—Eso sí.

—Pues queda con ella.

—¿Para qué?

—Para tomar algo.

—No quiero acostarme con ella.

—Raúl, se puede tomar algo con una mujer sin acostarse con ella.

—Eso llevo haciendo once años.

—Imbécil.

Abrí el correo.

Tenía veintitrés mensajes.

Aquello sí sabía gestionarlo.

* * *

A las nueve y media recibí otro aviso de Tinder.

A alguien le gustas.

Miré el teléfono.

Después miré a Patricia.

—Otro.

Se acercó.

—¿Quién?

—No sé.

—Tienes Gold.

Era verdad.

Había pagado dieciséis con noventa y nueve y ya había olvidado una de sus principales prestaciones.

Abrí.

Pilar, 71.

Patricia vio la pantalla.

Se tapó la boca.

—Ni se te ocurra.

—No he dicho nada.

—Estás a punto.

—No.

—Raúl...

Empezó a reírse.

Yo miré a Pilar.

Setenta y uno.

Después miré a Patricia.

—Tengo un nicho.

Eso la terminó de romper.

—No te rías —dije—. Esto es importante.

—¿El qué?

—Encontrar tu público objetivo es una de las cosas más difíciles en cualquier mercado.

—Tu público objetivo está jubilado.

—Tiene tiempo libre.

Patricia apoyó la cabeza sobre la mesa.

Yo volví a mirar el perfil.

Pilar.

Me gusta caminar, viajar y disfrutar de las pequeñas cosas.

Suspiré.

Dos días en Tinder.

Dos likes.

Amparo, 67.

Pilar, 71.

No estaba triunfando en mi franja de edad.

Pero tenía un nicho.

Coca-Cola tampoco empezó vendiendo en todo el mundo.