El candidato
A los veinticinco años uno tenía fotografías.
A los cuarenta y cinco tenía pruebas.
Eran cosas distintas.
Abrí la galería del móvil.
Dos mil ochocientas cuarenta y siete imágenes.
Parecía suficiente.
No lo era.
Tenía fotografías de comida.
Muchas.
No recordaba haber sentido nunca la necesidad de fotografiar un plato de croquetas, pero allí estaban.
Doce croquetas.
Julio de 2023.
No sabía dónde me las había comido.
Ni con quién.
Ni por qué había considerado importante conservar aquel momento.
Pero ahí seguían.
También tenía capturas de pantalla.
Memes.
El contador de la luz.
Una humedad que salió detrás del frigorífico.
El DNI de mi madre.
Mi sobrino haciendo el gilipollas.
Mi otro sobrino haciendo exactamente el mismo gilipollas dos años después.
Una foto de una matrícula que no recordaba por qué había hecho.
Y gatos.
No tenía gato.
Eso era lo preocupante.
Seguí bajando.
Yo aparecía aproximadamente una vez cada cuatrocientos archivos.
Y casi nunca solo.
En una estaba con Sergio.
En otra con Miguel.
En otra con mi hermana.
En otra con siete personas en una boda.
En otra salía detrás de una tarta.
En otra detrás de Sergio.
En otra detrás de un señor que no conocía.
Amplié esa.
Ni siquiera sabía dónde estaba.
El señor sonreía.
Yo también.
Parecíamos amigos.
Quizá lo éramos.
A ciertas edades empiezas a perder personas de Facebook y ganar desconocidos en tus propias fotografías.
Encontré una en la que salía solo.
La abrí.
No estaba mal.
Camisa azul.
Barba.
Sonriendo.
La luz era buena.
Incluso tenía pelo.
Comprobé la fecha.
La cerré.
Volví a abrirla.
Técnicamente era yo.
También técnicamente Jordi Hurtado había tenido treinta años alguna vez y no utilizaba esas fotografías para renovar el DNI.
Seguí buscando.
—¿Qué haces?
Bloqueé el teléfono.
Patricia dejó el bolso sobre su mesa.
—Nada.
—Has bloqueado el móvil.
—Es una función que traen.
—Cuando he entrado.
—Casualidad.
—Estabas haciendo algo.
—Estaba mirando fotografías.
Patricia encendió el ordenador.
—¿Porno?
—Son las ocho y doce.
—No he preguntado la hora.
—No era porno.
—Entonces no me interesa.
Llevábamos ocho años trabajando juntos.
Durante los tres primeros todavía conservábamos cierta educación.
Después se nos pasó.
Patricia tenía cuarenta y tres años, estaba divorciada y poseía una capacidad extraordinaria para saber cuándo yo intentaba ocultarle algo.
También sabía utilizar tablas dinámicas.
Cada persona tenía sus talentos.
—Me he instalado Tinder.
Dejó de escribir.
Giró la cabeza.
—¿Qué?
—Tinder.
—Sé lo que es Tinder.
—Me alegro.
—¿Tú?
—No entiendo la sorpresa.
—Yo tampoco. Dame un segundo.
Se levantó.
—¿Dónde vas?
—A por café. Esto merece café.
—No hay nada que ver.
—Raúl, llevo ocho años esperando este momento.
—Eso es tristísimo.
—Más triste es que hayas tardado ocho años.
Volvió con un vaso de la máquina.
Se sentó a mi lado.
Extendió la mano.
—Dámelo.
—No.
—Raúl.
—Tengo trabajo.
—Son las ocho y catorce.
—Precisamente.
—Llevas veinte años en la Administración. No intentes impresionarme ahora.
Le di el teléfono.
Patricia tardó cuatro segundos.
—No.
—¿Qué?
—Esta foto no.
—¿Por qué?
—Pareces divorciado.
—Nunca me he divorciado.
—Pues tienes talento natural.
Cogí el móvil.
Era una fotografía del verano anterior.
Estaba sentado en una terraza con gafas de sol.
—¿Qué tiene de malo?
—Todo.
—Concreta.
—Las gafas.
—Hacía sol.
—La camiseta.
Miré la camiseta.
—Es una camiseta.
—Exacto.
—¿Y?
—¿No tienes ninguna foto arreglado?
—¿Arreglado cómo?
—Camisa.
—Sí.
Busqué.
Encontré una boda.
—Esta.
Patricia amplió la imagen.
—¿Quién es esa?
—Mi hermana.
—Fuera.
—¿Por qué?
—Porque parece tu pareja.
—Es mi hermana.
—Las mujeres de Tinder no tienen acceso al libro de familia.
—La recorto.
Recorté la fotografía.
Mi hermana desapareció.
Quedó su brazo.
Patricia miró la pantalla.
—Ahora parece que tienes una mujer secuestrada fuera de plano.
—Puedo quitar el brazo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque quiero ver hasta dónde eres capaz de llegar.
Recorté un poco más.
El brazo desapareció.
También media oreja mía.
—Perfecto —dijo—. Ahora parece que huyes de la policía.
Deshice los cambios.
—No entiendo por qué necesito tantas fotos.
—Para que vean cómo eres.
—Tengo cuarenta y cinco años. Soy así.
Me señalé.
—Podría hacerme una ahora.
Patricia me miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tienes cara de funcionario.
—Soy funcionario.
—Pero no hace falta anunciarlo visualmente.
—¿Qué cara tiene un funcionario?
—La que tienes tú a las ocho y veinte de un lunes.
Miré la cámara frontal.
Tenía razón.
No me gustó que la tuviera.
A las nueve y cuarto habíamos tramitado tres expedientes y descartado diecisiete fotografías.
Yo empezaba a sospechar que encontrar pareja requería más documentación que una subvención europea.
—Necesitas una haciendo algo —dijo Patricia.
—Estoy trabajando.
—Algo interesante.
—Eso ha dolido.
—Una afición.
Pensé.
—Juego a la PlayStation.
—Siguiente.
—Veo fútbol.
—Siguiente.
—Leo.
—Eso puede servir.
—¿Me hago una foto leyendo?
—No.
—Entonces ¿cómo demuestro que leo?
—No tienes que demostrarlo.
—Acabas de decir que necesito una foto haciendo algo.
—Algo que quede bien.
—Ah. No una afición. Una actividad fotogénica.
—Exacto.
—Eso no es mentir.
—Eso es Tinder.
Empezaba a comprender el procedimiento.
—¿Viajas?
—Sí.
—Pon una viajando.
—Tengo una en Roma.
—Enséñamela.
La busqué.
Patricia la observó.
—¿De cuándo es?
—No sé.
—Raúl.
—2018.
—No.
—Tenía treinta y siete.
—Precisamente.
—Mi cara no ha cambiado tanto.
Patricia levantó la vista del teléfono.
Después miró la fotografía.
Después volvió a mirarme.
—¿Qué?
—Nada.
—Patricia.
—Estoy comparando.
—No compares.
—Has cambiado.
—Todo el mundo cambia.
—Tú bastante.
—Devuélveme el móvil.
Sonrió.
—Estás mejor ahora.
Me detuve.
—¿Eso es verdad?
—No lo sé. Pero mira cómo te has puesto.
—Que te den por culo.
El problema no eran solo las fotografías.
Había que escribir.
Sobre mí.
Dos palabras que conseguían que cuarenta y cinco años de existencia parecieran un examen sorpresa.
¿Qué cojones ponía?
Funcionario.
No.
Cuarenta y cinco.
Eso ya aparecía.
Soltero.
También.
Sin hijos.
Eso podía ser relevante.
Piso propio.
Sonaba a anuncio inmobiliario.
Coche.
ITV hasta noviembre.
No fumador.
Bebo socialmente.
Aquello empezaba a parecer un historial médico.
—¿Qué pongo?
—Algo sobre ti.
—Eso intento.
—¿Qué te gusta?
—Muchas cosas.
—Ponlas.
Escribí:
Me gusta viajar, el cine, salir con amigos y disfrutar de una buena conversación.
Patricia leyó.
—Madre mía.
—¿Qué?
—No eres tú.
—Claro que soy yo.
—¿Te gusta viajar?
—Sí.
—Odias los aeropuertos.
—Eso no significa que odie viajar.
—Odias hacer maletas.
—Todo el mundo odia hacer maletas.
—Odias conducir lejos.
—Existe el tren.
—Te quejaste durante cuatro días porque el AVE a Madrid costaba ochenta euros.
—Era caro.
—Raúl, a ti no te gusta viajar. Te gusta estar en otros sitios.
Pensé.
—Eso es viajar.
—No.
—¿Cuál es la diferencia?
—Todo lo que hay entre tu sofá y el hotel.
Borré «viajar».
—¿Cine?
—Me gusta el cine.
—¿Cuándo fuiste por última vez?
No contesté.
—¿Raúl?
—Estoy pensando.
—¿Este año?
—No.
—¿El anterior?
—Vi Oppenheimer .
—Eso fue hace tres años.
—Hostia.
Borré «cine».
Quedaba:
Me gusta salir con amigos y disfrutar de una buena conversación.
—Parece que tienes una lesión cerebral —dijo Patricia.
Borré todo.
—Escribe tú.
—No.
—¿Por qué?
—Porque tienes que ser tú.
—Llevas una hora impidiendo que sea yo.
—Estoy impidiendo que seas gilipollas.
—Es diferente.
—Muchísimo.
A las diez y media mi productividad había bajado aproximadamente un treinta por ciento.
No me preocupaba.
Había visto descensos mayores por una impresora.
Volví a abrir el perfil.
Sobre mí.
Pensé un momento.
Escribí:
45 años. Funcionario. Sin hijos. Me gusta comer bien, reírme de casi todo y estar tranquilo. Tengo trabajo y todos mis dientes. Intentando conocer a mi próxima ex.
Se lo enseñé a Patricia.
Lo leyó.
Después volvió a leer la última frase.
—Esto sí eres tú.
—¿Lo de los dientes?
—Lo de tu próxima ex.
—Hay que ser optimista.
—Estás empezando una relación pensando en que termine.
—No. Estoy reconociendo todas las posibilidades.
—No has empezado ninguna relación.
—Por eso he dicho posibilidades.
—¿Y no crees que puede echar para atrás?
—Puede.
—¿Entonces?
—Si una frase consigue evitarme seis meses de relación incompatible, está haciendo un trabajo excelente.
Patricia negó con la cabeza.
—Alguna va a pensar que eres gilipollas.
—Entonces ya tenemos algo en común.
—Déjalo.
—¿En serio?
—Sí.
—¿También lo de los dientes?
—Especialmente lo de los dientes.
Guardé el perfil.
A la hora del desayuno ya tenía cuatro fotografías.
Una actual.
Una en una comida.
Una de cuerpo entero que mi hermana había hecho en Navidad.
Y la de Roma.
Patricia había cedido con la de Roma después de comprobar que conservaba aproximadamente el mismo número de ojos.
—Falta una —dijo.
—¿Para qué?
—Para que se vea que haces cosas.
—Hago cosas.
—¿Cuáles?
—Trabajo.
—Raúl.
—Compro.
—Raúl.
—Limpio.
—Vas a morir solo.
—Eso estadísticamente es bastante probable incluso teniendo pareja.
—Una foto.
—No tengo más.
Patricia me observó.
—Te hago una.
—¿Aquí?
—No.
—¿Dónde?
—Fuera.
—Estamos trabajando.
—Son diez minutos.
—No puedo abandonar mi puesto para una sesión fotográfica de Tinder.
—La gente abandona su puesto para fumar.
—Yo no fumo.
—Pues tú sales a intentar follar.
No pude discutir aquello delante de Recursos Humanos.
Fuimos al patio.
—Ponte ahí.
—¿Dónde?
—Junto al árbol.
Miré el árbol.
—¿Por qué?
—Porque hay luz.
—Parecerá que me gustan los árboles.
—A todo el mundo le gustan los árboles.
—No especialmente.
—Raúl, ponte junto al puto árbol.
Me puse.
—Sonríe.
Sonreí.
Patricia bajó el teléfono.
—No hagas eso.
—¿Qué?
—Eso.
—Estoy sonriendo.
—Parece que sabes dónde está enterrado alguien.
—Esta es mi sonrisa.
—Pues no la uses.
—¿Qué hago?
—Normal.
—¿Qué significa normal?
—No sé. Mira hacia otro lado.
Miré hacia otro lado.
—Ahora.
Giré.
Hizo varias fotos.
—A ver.
Me acercó el móvil.
No estaba mal.
Eso me preocupó.
—¿Has puesto algún filtro?
—No.
—¿Seguro?
—Tienes una autoestima fascinante.
—Es una buena foto.
—Sí.
—Parezco hasta atractivo.
Patricia guardó el móvil.
—Tampoco nos vengamos arriba.
A las doce y siete el perfil estaba terminado.
Cinco fotografías.
Descripción.
Edad.
Distancia.
Preferencias.
Quedaba establecer el rango.
—¿Qué edad? —preguntó Patricia.
—¿Qué?
—De mujeres.
—No sé.
—Tendrás que poner algo.
Pensé.
Yo tenía cuarenta y cinco.
No quería convertirme en uno de esos hombres de cuarenta y cinco que consideraban que una mujer de su edad era demasiado mayor mientras ellos seguían creyendo que parecían de treinta y seis.
—Treinta y ocho a cincuenta y dos.
Patricia asintió.
—Razonable.
—Gracias.
—Me sorprende.
—Que te den por culo.
Guardé los cambios.
Tinder empezó a mostrarme mujeres.
La primera tenía cuarenta y uno.
Laura.
Le gustaba viajar.
Por supuesto.
También el vino, los atardeceres y «vivir intensamente».
Deslicé a la izquierda.
—¿Por qué no?
—No sé.
—Pues empieza bien.
La siguiente.
Mónica, cuarenta y cuatro.
Si quieres saber algo de mí, pregunta.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya trabajo atendiendo procedimientos incompletos.
Izquierda.
Ana, cuarenta.
Sorpréndeme.
—No.
—¿Ahora qué?
—Demasiada responsabilidad.
—Eres imbécil.
—Estoy empezando a entender por qué llevo once años.
La siguiente me gustó.
Cristina.
Cuarenta y seis.
Sonrisa bonita.
Profesora.
Dos fotografías normales.
Ninguna encima de una montaña.
Ninguna copa de vino.
Ninguna frase atribuida falsamente a Paulo Coelho.
Le di a la derecha.
No ocurrió nada.
—¿Ya está? —pregunté.
—Ya está.
—¿Y ahora?
—Esperas.
Miré la pantalla.
—¿Cuánto?
Patricia sonrió.
—Bienvenido a Tinder.
A las cinco salí del trabajo.
Nada.
A las seis hice la compra.
Nada.
A las siete y media estaba en casa.
Nada.
A las nueve cené.
Nada.
No estaba pendiente.
Simplemente miraba el teléfono de vez en cuando.
Cada tres minutos.
A las diez y diecisiete vibró.
Lo cogí.
A alguien le gustas.
Me quedé mirando la pantalla.
No quería darle importancia.
Era una aplicación.
Una desconocida había movido un dedo hacia la derecha.
Eso era todo.
Pulsé.
La fotografía estaba desenfocada.
—No me jodas.
Tinder sabía quién era.
Yo no.
Había una mujer interesada en mí y la aplicación había decidido retener su identidad hasta que pagara.
Aquello no era una aplicación de citas.
Era un secuestro.
Y la rehén era mi autoestima.
Miré el precio de Tinder Gold.
16,99 €.
Me pareció obsceno.
Cerré la aplicación.
Fui a la cocina.
Bebí agua.
Volví al sofá.
Abrí Tinder.
Dieciséis con noventa y nueve.
Podía cenar dos veces por ese dinero.
Tres si cocinaba.
Cerré Tinder.
Abrí Google.
Escribí:
cómo ver quién te ha dado like en Tinder sin pagar
No porque estuviera interesado.
Por curiosidad técnica.
Leí dos páginas.
No había manera.
Volví a Tinder.
16,99 €.
Pensé en los once años.
Dividí mentalmente.
Un euro con cincuenta y cuatro céntimos por año de abstinencia.
Visto así, tampoco parecía una inversión irresponsable.
Pagué.
La fotografía dejó de estar desenfocada.
Amparo, 67.
Me quedé quieto.
Volví a comprobarlo.
Sesenta y siete.
Abrí mis preferencias.
Edad: 38-52.
Correcto.
Volví a Amparo.
67.
Veintidós años más que yo.
Mi primer like.
Había tardado menos de un día en descubrir que el algoritmo tenía para mí unos planes bastante diferentes de los míos.
Cogí el teléfono.
Abrí WhatsApp.
Raúl: Tengo un problema.
Patricia tardó diez segundos.
Patricia: ¿Qué has hecho?
Raúl: ¿Por qué asumes que he hecho algo?
Patricia: Porque eres tú.
Raúl: Me han dado mi primer like.
Aparecieron los dos ticks.
Después:
Patricia: 😱😱😱
Patricia: QUIÉN
Raúl: Amparo.
Patricia: Qué edad
No contesté.
Patricia: Raúl.
Raúl: 67.
Los dos ticks.
Nada.
Cinco segundos.
Diez.
Después:
Patricia: JAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJAJA
Raúl: Tiene buena presencia.
Patricia: ME MUERO
Raúl: No veo qué tiene de gracioso.
Patricia: TU RANGO ERA HASTA 52
Raúl: Precisamente estoy investigando una posible incidencia técnica.
Patricia: Dale like.
Raúl: No.
Patricia: DALE
Raúl: Tiene 67 años.
Patricia: Y le gustas.
Aquello era difícil de rebatir.
Volví al perfil de Amparo.
Tenía cinco fotografías.
En una aparecía en un crucero.
En otra junto al mar.
En otra cenando.
Vestía bien.
Sonreía.
Parecía una mujer perfectamente normal.
Seguí leyendo.
Divorciada. Dos hijos. Jubilada. Me gusta viajar, bailar y disfrutar de la vida. Busco hombre maduro.
Me detuve en la última frase.
Busco hombre maduro.
Sonreí.
No iba tan mal.
Por fin alguien apreciaba mi experiencia.
Tenía dos opciones delante.
Una X.
Un corazón.
No iba a acostarme con una mujer de sesenta y siete años solo porque me hubiera dado like.
Tenía principios.
Tampoco tenía claro cuáles eran.
Pero confiaba en que alguno cubriera aquella situación.
Miré el corazón.
Después la X.
Volví a mirar a Amparo.
Cerré Tinder.
Lo abrí otra vez.
Amparo seguía allí.
Llevaba once años sin acostarme con una mujer.
Pero todavía conservaba algo de dignidad.
No tenía claro cuánta.
Aquella noche descubrí que tardaba exactamente nueve segundos en decidir si quería conservarla.