Cero divorcios
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Cero divorcios
A los cuarenta y cinco años había conseguido algo que ninguno de mis amigos casados parecía valorar lo suficiente: nunca me había divorciado.
Tampoco me había casado, pero me parecía bastante mezquino quitarme mérito por un tecnicismo.
Cuarenta y cinco años.
Expediente impecable.
Sergio llevaba uno.
Miguel estaba estrenando el suyo.
Javi todavía ninguno, aunque llevaba tres años diciendo «como siga así me divorcio» cada vez que su mujer compraba algo en Ikea, así que entendía que era cuestión de tiempo.
Yo seguía invicto.
—Me tengo que ir de casa.
Miguel bebió un poco de cerveza.
—¿De tu casa?
—De nuestra casa.
—Pero ¿no la compraste tú?
—Los dos.
—Ya.
Nunca había entendido demasiado bien cómo funcionaban esas cosas.
Comprabas una vivienda entre dos personas durante treinta años y confiabas en seguir queriendo desayunar enfrente de la misma cara hasta que el banco considerase saldada la deuda.
Me parecía un acto de fe considerable.
Yo tenía una hipoteca.
La diferencia era que el banco era la única entidad que podía echarme de casa.
Me daba tranquilidad.
—De momento se queda ella con los niños —dijo Miguel—. Hasta que decidamos qué hacemos.
—¿Y tú?
—Con mis padres.
Lo miré.
—¿Qué?
—Nada.
—Has puesto cara.
—No he puesto ninguna cara.
—La has puesto.
—Estoy asimilándolo.
Miguel tenía cuarenta y cinco años, dos hijos, un Volkswagen Tiguan y una bicicleta que había costado más que mi primer coche.
El lunes volvía a vivir con sus padres.
Yo tenía cuarenta y cinco años, una PlayStation y tres dormitorios.
No quería competir.
Pero tampoco estaba claro quién iba ganando.
—Mi madre está encantada —dijo.
—Normal.
—Dice que así me recupero.
—Las madres llevan toda la vida esperando que volvamos.
—La tuya también.
—La mía no tiene sitio. Convertí mi habitación en un despacho.
—¿Tu madre convirtió tu habitación en un despacho?
—Yo. Para que no tuviera ideas.
Miguel sonrió por primera vez desde que nos habíamos sentado.
Aquello era buena señal.
Llevábamos casi una hora hablando de su divorcio.
Bueno.
Él hablaba.
Yo bebía cerveza y decía «joder» aproximadamente cada cuatro minutos.
Hay momentos en los que un amigo no necesita consejos.
Necesita que alguien diga «joder» con la entonación adecuada.
Yo tenía bastante experiencia.
—Quince años —dijo.
Esta vez no dije nada.
—Quince putos años.
—Ya.
—¿Tú sabes lo que es eso?
—Sé contar hasta quince.
—No seas gilipollas.
—Estoy intentando animarte.
—Pues no lo parece.
—Es que todavía estoy calentando.
Bebió.
—Quince años con una persona y de repente se acabó.
—No se han borrado.
—Ya lo sé.
—Tienes dos hijos.
—Ya lo sé, Raúl.
—Pues eso.
—¿Eso qué?
—Que no han sido quince años tirados.
Miguel miró la mesa.
Yo también.
Había cosas con las que era mejor no hacer chistes.
No muchas.
Pero alguna.
—¿Sabes qué es lo peor? —preguntó.
—Volver a casa de tus padres.
—Aparte de eso.
—Que tu madre vuelva a lavarte los calzoncillos.
—No va a lavarme los calzoncillos.
—Eso dices ahora.
—Raúl.
—Vale.
Esperé.
—Empezar otra vez.
—¿Otra vez qué?
—Todo.
Hizo un gesto con la mano.
No aclaró nada.
—Conocer gente. Salir. Ligar. Todo eso.
—Ah.
—No tengo ni puta idea de cómo se hace.
—Yo tampoco.
—Tú estás soltero.
—Precisamente.
Me miró.
—Pero conocerás mujeres.
—Sí.
—Pues ya está.
—También conozco hombres. No significa que me los folle.
—No me refiero a eso.
—Menos mal.
Miguel apoyó los brazos sobre la mesa.
—¿Cuánto llevas tú soltero?
La pregunta parecía sencilla.
No lo era.
Había varias fechas posibles.
La fecha oficial.
La fecha real.
La fecha en la que Marta se marchó de casa.
La fecha de la última vez que nos vimos.
La última vez que nos acostamos.
En la Administración habría abierto un expediente.
—Unos once años.
Miguel parpadeó.
—¿Once?
—Más o menos.
—Hostia.
No me gustó aquel «hostia».
Llevábamos una hora hablando de que su matrimonio se había terminado, tenía que abandonar su casa, compartir la custodia de sus hijos y volver a dormir a cuatro metros de sus padres.
Pero aparentemente yo acababa de introducir una tragedia en la conversación.
—¿Qué?
—Nada.
—Has dicho hostia.
—Once años.
—Sí.
—Soltero.
—Sí.
—¿Y desde entonces...?
Dejó la frase en el aire.
—¿Qué?
—Ya sabes.
—No.
—Sí sabes.
—Quiero oírte decirlo.
—Follar, Raúl.
—Ah.
Bebí.
—No.
Miguel dejó el vaso.
—¿No qué?
—No.
—¿En once años?
—Aproximadamente.
—¿Cómo que aproximadamente?
—No llevo un Excel.
Era mentira.
No llevaba un Excel.
Pero sabía perfectamente cuánto tiempo había pasado.
Todo el mundo sabe esas cosas.
Quizá no recuerdes el día exacto, pero recuerdas el contexto.
Yo recordaba el piso.
Recordaba la ropa de Marta sobre una silla.
Recordaba que después pedimos comida.
Y recordaba quién gobernaba España.
Mariano Rajoy.
Habían pasado varios presidentes del Gobierno y yo seguía en la misma legislatura sexual.
—¿Once años sin acostarte con nadie?
—No hace falta que sigas repitiéndolo. No se reduce la cifra.
—Joder.
—Ese es mi «joder». Búscate otro.
Miguel se echó hacia atrás.
Me observó de una manera nueva.
Aquello empezaba a molestarme.
—¿Y estás bien?
—Tengo un poco de acidez.
—Lo digo en serio.
—Yo también. No debería haber pedido las bravas.
—Raúl.
—¿Qué quieres que te diga?
—Once años.
—Miguel.
—Vale.
Cogió la cerveza.
Yo cogí la mía.
Durante unos segundos ninguno habló.
—¿Y no echas de menos tener pareja?
Me encogí de hombros.
—A veces.
—¿A veces?
—Claro.
—Pues no lo parece.
—¿Qué tengo que hacer? ¿Llevar un crespón negro?
—No.
—Estoy bien.
Y era verdad.
Eso era algo que la gente parecía tener problemas para comprender.
Estaba bien.
Tenía trabajo.
Tenía casa.
Tenía amigos.
Mi madre seguía llamándome para preguntarme si había comido como si llevara cuarenta y cinco años sobreviviendo accidentalmente.
Mi hermana me prestaba a sus hijos cuando necesitaba recordar las ventajas de la vasectomía sin haberme hecho una.
Viajaba cuando quería.
Dormía atravesado en la cama.
Podía cenar cereales.
Nadie me preguntaba por qué había comprado otro mando para la PlayStation si ya tenía uno.
Mi vida no era perfecta.
Pero tampoco tenía ningún motivo para pedir disculpas por ella.
—Además —dije—, míralo de otra manera.
—¿Cómo?
—Tengo cuarenta y cinco años y nunca me he divorciado.
Miguel me miró.
—Porque nunca te has casado.
—Eso son detalles administrativos.
—Eres gilipollas.
—Tú llevas uno.
—Hace dos semanas que me he separado.
—Y ya vas perdiendo uno a cero.
Se rio.
Esta vez de verdad.
—Vete a la mierda.
—Estadísticamente, a nuestra edad me he ahorrado mínimo un divorcio.
—Y once años de sexo.
—Todo producto financiero tiene costes.
Miguel volvió a reírse.
Bien.
Para eso había venido.
No para solucionar su matrimonio.
No podía.
Ni para decirle que todo saldría bien.
No lo sabía.
Había venido para que durante un rato dejara de pensar que su vida se había ido a la mierda.
Aunque para conseguirlo tuviera que explicarle que la mía llevaba once años sin actividad sexual conocida.
Los amigos servían para esas cosas.
—Tienes que hacer algo —dijo.
—¿Con qué?
—Con tu vida.
—Acabo de explicarte que estoy bien.
—Con las mujeres.
—Ah.
—No puedes llevar once años así.
—Parece que sí.
—Me refiero a que no deberías.
—¿Hay un límite?
—No.
—Pues avísame cuando salga en el BOE.
Miguel sacó el teléfono.
—¿Qué haces?
—Tinder.
—No.
—Sí.
—Miguel.
—Yo también voy a tener que usarlo.
—Tú tienes una excusa.
—¿Cuál?
—Estás vulnerable.
—Que te den por culo.
Tecleó algo.
—Mira.
Me enseñó la pantalla.
Tinder.
Reconocía el logotipo.
No había vivido en una cueva.
Incluso había tenido la aplicación hacía años.
Duró poco.
Deslizar fotografías de mujeres desconocidas mientras estaba sentado en el váter había terminado pareciéndome una actividad difícil de defender ante mis antepasados.
—Instálatelo.
—No.
—¿Qué pierdes?
Pensé la respuesta.
Dignidad.
Tiempo.
Batería.
Probablemente datos personales.
—Nada.
—Pues ya está.
Saqué el teléfono.
Abrí la tienda de aplicaciones.
Busqué Tinder.
—No puedo creer que estemos haciendo esto juntos.
—Yo tampoco.
—Dos hombres de cuarenta y cinco años instalándose Tinder en un bar.
—Tú estás recién divorciado.
—Y tú llevas once años sin follar.
—No sé cuál de los dos debería dar más pena.
—Tú.
—Lo suponía.
Pulsé Instalar .
La barra empezó a avanzar.
Once años.
Tinder tardó cuarenta segundos.
Once años de abstinencia y cuarenta segundos de solución.
Empezaba a sospechar que parte de la responsabilidad había sido mía.