La próxima ex
Tres meses después seguía soltero.
No fue una tragedia.
Tampoco una sorpresa.
Cristina y yo hablamos un par de veces después de dejarlo.
Nada importante.
Un mensaje por su cumpleaños.
Otro porque su hijo aprobó Física.
Eso sí me pareció un acontecimiento histórico.
No volvimos a quedar.
No porque hubiera pasado algo.
Precisamente porque no había pasado nada.
Habíamos terminado.
Y ya.
Mi madre aceptó la noticia con una serenidad sospechosa.
—Bueno.
—¿Bueno qué?
—Nada.
—Mamá.
—Que si no era, no era.
—Gracias por resumirlo.
—Habrá más.
Ah.
—No hace falta que haya más.
—No he dicho que haga falta.
—Lo estabas pensando.
—Solo digo que eres joven.
—Tengo cuarenta y cinco años.
—Para mí eres joven.
Eso era trampa.
No discutí.
Laura tardó algo más.
—¿Pero estabais bien?
—Sí.
—Entonces no entiendo.
—Eso nos pasó a nosotros también.
—¿No había ningún problema?
—Sí había.
—¿Cuál?
Pensé.
—Que estábamos bien.
—Eso no es un problema.
—A veces sí.
Laura me miró durante varios segundos.
—No te entiendo.
—Perfecto.
—Pero estás bien.
—Sí.
—Pues ya está.
Eso sí.
Miguel y Nuria seguían viéndose.
Seguían sin ser pareja.
Oficialmente.
Habían pasado un fin de semana en Cádiz, una Navidad por separado y dos discusiones sobre qué significaba exactamente «no ser pareja».
Miguel continuaba defendiendo su posición.
—No somos novios.
—Has comprado entradas para un concierto en abril.
—¿Y?
—Estamos en enero.
—Me gusta el grupo.
—Has comprado dos.
—Porque viene ella.
—Dentro de tres meses.
—Sí.
—Miguel.
—Qué.
—Eso ya es planificación emocional.
—Que te den.
No insistí.
Había cosas que necesitaban desarrollarse sin supervisión.
Álvaro e Irene seguían siendo novios.
Ya podía decirlo sin sufrir.
No siempre.
Pero bastante.
La boda había sido un éxito.
Según Álvaro.
—¿Qué significa éxito?
—Que nadie se peleó.
—Estándar bajo.
—Y comimos bien.
—Eso mejora.
—Y nos dieron una botella de vino.
—Entonces excelente.
Patricia preguntó:
—¿Cogisteis una habitación juntos?
Álvaro la miró.
—Sí.
—Ah.
—¿Qué?
—Nada.
—Patricia.
—Estoy orgullosa.
—Vete a la mierda.
Todo seguía en orden.
La mesa de Patricia duraba.
Eso era más de lo que podía decirse de algunas relaciones.
Una mañana me enseñó una foto.
Había comprado seis sillas nuevas.
—Te estás viniendo arriba.
—Las anteriores no pegaban.
—Eso es como empiezan las sectas.
—¿Comprando sillas?
—Primero una mesa. Después las sillas. Cuando quieras darte cuenta tienes una lámpara de diseño y has perdido tu identidad.
—Mi identidad sobrevivirá.
—Andrés estaría preocupado.
—Andrés puede comprarse sus propias sillas.
Bien.
Patricia también seguía avanzando.
A su manera.
Amparo había dejado de ver a Luis.
Antonio seguía existiendo.
—¿Qué pasó con Luis? —pregunté.
—Nada.
—Eso últimamente significa muchas cosas.
—Nos cansamos.
—¿Los dos?
—Yo antes.
—Ah.
—Él tardó una semana más en enterarse.
—Elegante.
—Siempre.
Seguía llamándome jovencito.
Eso no parecía tener solución.
Sergio y Mónica compraron finalmente los vuelos a Italia.
Me mandó una captura.
Sergio: Ya está.
Raúl: Enhorabuena.
Sergio: 1.284 euros.
Raúl: Lo siento mucho.
Sergio: Gracias.
Su hija consiguió las entradas del concierto.
Su hijo siguió jugando al fútbol.
Sergio seguía quejándose.
Mónica seguía organizando.
Diecisiete años.
Funcionaba.
No sabía cómo.
Ellos tampoco.
Probablemente ayudaba.
Yo seguía trabajando de ocho a tres.
La hipoteca seguía bajando.
El coche seguía arrancando.
La PlayStation seguía funcionando.
Mi madre seguía preparando comida para seis cuando éramos tres.
Carlos seguía contando chistes malos.
Mis sobrinos seguían creciendo de una manera ofensivamente rápida.
Todo estaba bastante parecido.
Excepto algunas cosas.
Había empezado a decir que sí más veces.
No a todo.
Eso sería agotador.
Pero alguna vez.
Un concierto con Sergio.
Una escapada con Miguel.
Una exposición que Patricia llevaba meses diciendo que quería ver.
Fui solo a una película un martes.
Eso ya lo hacía antes.
No todo tenía que convertirse en evolución personal.
Tinder seguía instalado.
Durante semanas no lo abrí.
No por Cristina.
No por fidelidad retrospectiva.
Simplemente no me apetecía.
Después un domingo apareció una notificación.
Tienes nuevos likes.
La miré.
La quité.
Seguí viendo una serie.
Dos semanas después lo abrí.
No ocurrió nada cinematográfico.
No apareció Cristina.
No apareció una mujer destinada a cambiarme la vida.
Apareció una señora de cuarenta y nueve años encima de una moto.
Después una de cuarenta y dos abrazada a un caballo.
Después una de cincuenta que solo tenía fotos con gafas de sol.
El mundo seguía girando.
Entré en mi perfil.
La foto de Patricia seguía siendo la principal.
La descripción también.
45 años. Funcionario. Sin hijos. Me gusta comer bien, reírme de casi todo y estar tranquilo. Tengo trabajo y todos mis dientes. Intentando conocer a mi próxima ex.
Me quedé mirando la última frase.
Ahora tenía un problema.
Ya había ocurrido.
Cristina había sido, técnicamente, mi próxima ex.
La previsión se había cumplido.
Eso me convertía en alguien con un índice de acierto bastante preocupante.
Pulsé editar.
Borré la frase.
Pensé.
Podía poner otra cosa.
Algo más maduro.
Más sincero.
Más evolucionado.
No se me ocurrió nada.
Escribí:
Intentando conocer a mi próxima ex.
Lo leí.
Seguía haciéndome gracia.
Lo guardé.
Deslicé un par de perfiles.
No muchos.
Una mujer de cuarenta y cuatro años que hacía senderismo.
Una de cuarenta y siete con un perro enorme.
Una de cuarenta y uno que decía que odiaba los domingos.
No sabía si eso era una personalidad.
Entonces apareció una mujer de cuarenta y seis.
Morena.
Sonriendo.
Dos fotos normales.
Una en una terraza.
Otra en una playa.
Sin frases motivacionales.
Sin «sorpréndeme».
Sin «si quieres saber algo, pregunta».
Perfil breve.
Me gusta viajar, leer y tomarme las cosas con humor.
Nada extraordinario.
Miré las fotos.
Podía darle a la derecha.
Podía darle a la izquierda.
Podía cerrar la aplicación.
Las tres cosas me parecieron aceptables.
Sonó el móvil.
Mi madre.
Contesté.
—Hola.
—¿Qué haces?
—Nada.
—¿Vas a venir a comer el domingo?
—Sí.
—Viene Laura.
—Bien.
—Y Carlos.
—Bien.
—Y los niños.
—Entonces somos seis.
Silencio.
—Sí.
Sonreí.
Habíamos avanzado.
—Voy a hacer pollo.
—Perfecto.
—¿Te gusta el pollo?
—Mamá.
—Qué.
—Tengo cuarenta y cinco años.
—¿Y?
—Sabes si me gusta el pollo.
—Era por confirmar.
—Sí. Me gusta.
—Vale.
Antes de colgar añadió:
—La farmacéutica preguntó por ti.
Cerré los ojos.
—Mamá.
—Solo te lo digo.
—Adiós.
—Adiós.
Colgué.
Volví a Tinder.
La mujer de cuarenta y seis seguía allí.
Mirándome desde una terraza que probablemente ya no recordaba.
No tenía ninguna razón para darle like.
Tampoco para no hacerlo.
Lo pensé un segundo.
Después dejé el móvil sobre la mesa.
Me levanté.
Fui a la cocina.
Abrí la nevera.
No había nada interesante.
La cerré.
Volví al salón.
El teléfono seguía allí.
La vida también.
Me senté.
Cogí el mando.
Encendí la consola.
El móvil vibró.
No miré.
Todavía.