Cerillas Garibaldi Bugs Bunny y Elmer Gruñón
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Bugs Bunny y Elmer Gruñón

Le gusta cuando Bugs Bunny pinta una puerta en la pared, con un bote de pintura y un pincel. Esboza el marco con cuatro rayas gruesas y, con la punta del pincel, dibuja la cerradura. La puerta se abre y se cierra, y Bugs Bunny puede entrar y salir.

También le gusta cuando, en plena persecución, dibuja un agujero en el suelo.

Elmer Gruñón cae desde lo alto del acantilado en el agujero pintado y el batacazo es de campeonato.

Cuando es Bugs Bunny el que cae, atraviesa la roca y entra en un subsuelo misterioso.

En una pared de roca pinta la boca de un túnel.

Cuando el cazador gruñón pasa por delante, sale un camión con una bocina en forma de trompeta y lo deja planchado.

Qué maravilla. Pintar y que se te vayan abriendo escapatorias: grietas que sólo te sirven a ti.

Puertas que te libran de los peligros y que permiten que te rías de los acorralamientos de la vida.

Te vistes teatralmente de pintor, con pantalón de peto y una gorra con visera, agarras un bote de pintura por el asa de hierro, mojas el pincel y dibujas un portal, un ojo de buey, una trampilla.

¿Qué hay detrás de la puerta pintada? ¿El comedor de un piso con unos señores que miran la tele?

¿Un mundo como el del episodio de dibujos animados, vuelto del revés?

¿La quinta dimensión? ¿Y en el subsuelo?

¿Una cueva? ¿Una bodega repleta de botellas de vino? ¿La nada?

Aunque puede salir con facilidad del episodio, Bugs Bunny siempre regresa.

Quizás no le convence lo que descubre al otro lado, quizás es más negro que el mundo de los Elmers gruñones.

Quizás no puede sustraerse a la incertidumbre de sentir que lo persiguen ni a la satisfacción de escapar siempre.

Quizás necesita abrir continuamente ventanas y agujeros para sentir que la vida vale la pena.

Pasar un rato en un mundo alternativo, salir a la realidad por una puertecita y volver a empezar como si nada.

Una máquina de secarse las manos con aire caliente ocupa una pared en los lavabos de la Gran Biblioteca.

Entro caminando de puntillas, como los personajes de los dibujos.

En la máquina pone: «Apriete el botón y suelte.

Paro automático.» Miro a un lado y a otro.

Rasco la ele de suelte y, en el hueco que queda, escribo una erre .

Borro la u , la segunda a y la segunda te de automático.

Añado la sílaba dis antes de paro. Salgo al pasillo de puntillas, tip, tip, tip.

Entra un hombre en el lavabo. Orina, se lava las manos con jabón, se aproxima a la máquina secadora y lee: «Apriete el botón y suerte.

Disparo atómico». Qué gracia. Le da al botón y bum.