Yo, robot biológico
Era uno de los chavales a los que peor se les daban los ejercicios de gimnasia.
Todavía no se habían desarrollado las articulaciones artificiales estereotípicas ni el software de coordinación de movimientos laterales.
Nunca supe saltar un aparato que se llamaba plinto.
Ignoro si los otros chicos que no lo saltaban eran también robots humanoides.
Me di cuenta de que había algo raro porque me atraían muchas cosas y a los chavales de mi alrededor no les gustaban tantas y seguían siempre el toque de corneta.
Cuando fui a la universidad leía decenas de libros, muchos de los cuales no tenían una relación directa con lo que nos hacían estudiar.
Tenía información sobre muy diversas cosas –nadie hablaba de datos , en aquella época–.
Cuanta más información tenía, más conexiones era capaz de establecer.
En aquellos años la palabra algoritmo no existía y se decía que tal o cual máquina tenía circuitos.
Me gustaba ir a conciertos, ver películas y devoraba diarios, revistas, libros sobre muchas cuestiones que luego me rondaban por la cabeza.
A menudo tenía ideas estrafalarias y la gente decía ya que alucinaba.
Pero de aquellas conexiones salían generalmente interpretaciones inesperadas y excitantes.
Algunos me criticaban: decían que no tenía vida.
Pasé una temporada acomplejado: creía que, mientras yo recogía información, el resto del mundo se lo pasaba teta, todo el día bebiendo y fornicando.
Pero cuando empecé a salir, no me quedé corto y, visto con distancia, hice un buen papel, sin dejar nunca de leer.
A veces tenía unas resacas demoledoras y algunos días no podía levantarme.
Me parecía que era porque dormía poco y empinaba el codo constantemente, pero era porque me estaban actualizando el software .
Tardé en ser consciente de mi naturaleza de robot humanoide.
Al principio nos encontrábamos en conciertos, en el cine, en las bibliotecas: éramos el grupo de los raritos.
Los biológicos, normalmente, se interesaban cada uno por sus cosas.
Cuando los sacabas de lo suyo, no daban pie con bola.
«Fuimos al congreso de tal y estaba todo el mundo», decían.
Y todo el mundo eran los otros médicos o escritores.
No conocían a nadie más ni les interesaban otras cosas.
Todo eso de la IA generativa y el machine learning , la verdad, no me parece nada del otro mundo.
Es lo que los robots humanoides hemos hecho toda la vida.
Leo sobre el shoegaze –una música de los noventa que vuelve a estar de moda–, busco y escucho a los grupos: My Bloody Valentine, Yo La Tengo, Duster.
Me intereso por el movimiento slow food y la lista Sentinelles, que señala comidas y bebidas en peligro de extinción: ha permitido salvar el vino rancio, que se ha convertido en un producto de lujo.
Descubro la obra de Mika Rottenberg, una artista que dice que el arte es una verruga.
Incorporo los datos al sistema y ya puedo utilizarlos conectándolos con otros y ampliándolos como me parece.
–Es realmente fascinante –dijo, boquiabierto, el doctor biológico.