Sebastián Castella en Nîmes
El hijo toma una fotografía con el móvil y le sale un cuadro de Fortuny: los arcos del anfiteatro romano, las gradas repletas de gente, el cielo nublado y, en la arena, los trajes de matadores y subalternos con reflejos plateados y dorados, las medias rosadas metidas en zapatillas negras.
Los caballos de los picadores, con la amortiguación del peto, ocupan la parte central.
Los alguaciles –dos chicas con sombrero, con plumas de los colores de la bandera francesa– recogen las llaves del toril de manos del presidente.
La banda toca La Marsellesa . Castella, que abre el cartel, viste de blanco y plata.
Ha cumplido los cuarenta. De vuelta a los ruedos, encarna el papel del torero sénior, bien entrenado y fuerte, tan distinto de los toreros veteranos de años atrás: un torero trabajado en el gimnasio para llegar a la madurez en plenitud de facultades.
Una mujer que parece Halle Berry ocupa una localidad de barrera.
«¡Ha venido del festival de Cannes!», exclama el padre. No es ella.
El primer toro de Graciagrande, Cojemoscas , amenaza los burladeros, hasta que se desbrava y entra al capote.
El hijo imagina que pasa de largo una y otra vez, no cae en la trampa de la capa y la lidia no puede empezar.
Se fija en el picador de reserva, quieto en un rincón de la plaza.
Castella torea con la derecha y después con la izquierda, se pasa la muleta por detrás de las nalgas e hilvana una serie de pases cortos, con un movimiento de lanzadora.
La filigrana de papel de las banderillas se empapa de sangre.
Con la punta del estoque, señala la muleta.
La banda entona el pasodoble «Pepita Creus».
Cuadra las patas del toro y clava una estocada entera.
En el cuarto remata una tanda de naturales con un pase de pecho fotogénico.
El traje blanco y plata lleva un manchurrón rojo en los muslos. Mata de media estocada.
Los otros toreros no tienen suerte con el ganado.
Al entrar a la pica, el quinto renquea. El sexto también es cojo.
El ambiente de la plaza se enfría. Pero mientras arrastran al último toro, que un joven matador ha despachado con celeridad, la gente recuerda la gran faena de Castella.
Cuando sale a saludar, lo suben a hombros, entre gritos y aplausos, y se forma una comitiva: hombres con abrigo y sombrero que fuman cigarros robustos, chavales con alpargatas, un mecánico vestido de domingo, un grupo que viene del pueblo, los miembros de la peña Los de Gallito y Belmonte, la falsa Halle Berry y una vamp de la época del cine mudo.
Son muchas generaciones taurinas, una riada que saca a Castella por la puerta de los Cónsules del anfiteatro romano.
Un rebaño de toros sacrificados de los veinte encastes de las ganaderías bravas muge en honor del torero una letanía de sangre y dolor.
Lentamente, la multitud se dispersa. Quedan el padre, que lleva a Castella sobre los hombros, y el hijo, que lo sostiene por la espalda: «Entrémosle al Museo de la Romanidad.
» Castella se encuentra ridículo sobre un señor y pide que lo apeen.
Vestido de blanco y plata con un manchurrón rojo que le cruza los muslos, desaparece por el final de la calle.