Cerillas Garibaldi «Take on Me» de A-Ha
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«Take on Me» de A-Ha

–Era un año por Navidad, en París: la ponían en todas partes. Con sólo escuchar la batería, ya sabía qué canción era. Después entraban el sintetizador y los teclados. Muchas canciones empezaban así, con una base rítmica: «Don’t Get Me Wrong» de los Pretenders.

–No me acuerdo cómo empezaba.

–«Wild Wild Life» de los Talking Heads. Esa sensación eufórica de entrar en un bar justo cuando arrancaba la canción.

Antes de que empezara la melodía, ya la habías reconocido.

Bajaba la escalerita hacia la barra del Yes, I do, agitando los brazos al ritmo de la música.

Recuerdo que cuando el editor Rocamora estaba muy enfermo, ya no se movía de la silla de ruedas, jugaba a adivinar canciones: le ponían los primeros compases y se las sabía todas.

Me lo explicó su viuda: en los últimos años estuvo casado.

Le bastaban tres notas. Menos que eso: con la percusión y la línea de bajo le alcanzaba.

El hombre sorbe una copa de cerveza turbia.

–El videoclip no lo vi hasta más tarde y me gustó.

Aunque yo me identificaba con la chica que lee el cómic en el bar.

No me habría visto nunca como un guaperas que saca la mano por una viñeta y la arrastra hacia su mundo de fantasía: carreras de motos, pilotos corruptos...

Los que los persiguen me recuerdan a los policías de las películas francesas de los años cincuenta, con aquellas motos enormes, que acaban siempre muertos en las cunetas, liquidados por Jean-Paul Belmondo o por Lino Ventura.

–¿Qué superpoder te hubiera gustado tener? –dice ella, cambiando de tema–. A mí, supersalto. Algo de movimiento: teletransporte.

–Cuando salía de noche, muchas veces imaginaba que podía teletransportarme –sigue él–. Al escritor Vidal-Planas, en la puerta de la discoteca Croque Monsieur, los taxistas lo conocían y no tenía que dar nunca la dirección de casa.

–Invisibilidad. Siempre poderes para huir...

El hombre sigue a lo suyo: –Ahora pienso que quizá sí era como el cantante de A-Ha y quería arrastrar a las chicas hacia mi mundo.

En aquella época estaba obsesionado con los accidentes, la velocidad, las carreras.

Pero también era la chica del videoclip.

No es que no me sintiera bien con lo que hacía, pero me habría gustado verme en la fantasía de otro.

–Yo era muy jovencita. Trabajaba en una tienda de la costa, volvía a casa de noche, en tren, me veía reflejada en el cristal e imaginaba que la mano me arrastraba.

–Siempre había un espejo, tenías que atravesar un espejo, que podía ser la viñeta de un cómic o la puerta de un bar. El final es divertido: la patrona encuentra la mesa vacía y tira la revista. La chica escapa de los malos, sale del cómic y aparece en el cubo de la basura.

–Ahora vivimos todo el día dentro de un espejo.

–Es impresionante la de cosas que puede llegar a decir una canción tonta.