Cerillas Garibaldi País de urogallos
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País de urogallos

El último urogallo de los altos de Sierrapompa, un macho de doce años, alza la cabeza cubierta de plumas negras, eriza la papada, despliega el abanico de la cola y toma aire para proclamar el canto nupcial que, desde hace siglos, resuena en los riscos del Cachete y el valle del Sopapo.

Como si pensara que no vale la pena el esfuerzo, cierra el pico, entorna los ojos, tuerce el cuello, da un giro con las patas y cae muerto en el suelo.

La especie, en Sierrapompa, se ha extinguido.

–Ah, no –exclama Roberto Agualimón, presidente de la Asociación Sierraponpense de Defensa del Urogallo–. No se dan las condiciones mínimas de supervivencia y, para los animales, representaría una muerte segura.

La bióloga Eulalia Betún se abona a la idea y se dispone a denunciar a la Comisión Departamental por delito ecológico.

En los últimos veinte años han desaparecido los quinientos urogallos que vivían en Sierrapompa.

La decisión de sacar las aves de Noruega y llevarlas a morir a los bosques del Cachete y del valle del Sopapo le parece una aberración ética.

–¡Es de bofetada! –dice rabiosa.

El filósofo Emanuele Cuisinier escribe en la Gaceta del Coscorrón que el mundo dedica demasiados esfuerzos a la restauración y que no debería: hay que aceptar el mal irreversible y empezar de nuevo a partir de las ruinas, como los napolitanos que aprovechan las piezas de los desguaces para remendar sus coches.

«Hay que inventar un nuevo uso para lo que se ha roto.

Si no, convertiremos el mundo en un rehén, sin posibilidad de cambio».

–¿Qué coño dice el Cuisinier ese? –replica el activista antiglobalización Gerardo Rumiante–.

Los bosques subalpinos han derivado en un parque de atracciones.

¿Qué pueden hacer los pobres urogallos, entre tirolinas, vías verdes, rutas de BTT , marchas populares, trails y medias maratones de montaña?

El urogallo es un pollo boreal, cada vez hace menos frío, en verano se ahoga y en invierno se envenena con la química que le echan a la nieve artificial.

–Tiene narices –dice el profesor de lógica jubilado Juan Antonio Pitigrilli– que los políticos quieran el urogallo a cualquier precio y que los ecologistas se opongan con inquina.

–Así estamos –responde Eulalia Betún retocándose el moño.