Breve historia del arte
La restauración de La Libertad entra en el Senado , de Saturnino Albaricoque, ha sido uno de los grandes acontecimientos de los últimos años en el mundo de los museos.
Es una obra romántica y clásica al mismo tiempo, que expresa un sentimiento colectivo de vida libre frente a la Vieja Política.
Obtuvo una gran popularidad a partir del momento de su impresión en los billetes de banco.
Saturnino Albaricoque era famoso desde hacía siglos y la gente lo conocía sencillamente como Albaricoque, sin Saturnino.
Con ese nombre aparecía en las retrospectivas del Museo Nacional y en las grandes exposiciones mundiales.
La Libertad se presenta en el Senado descocada, con un gorro de color morado, un vestido negro y chinelas verdes: los tres colores de la bandera nacional, que Albaricoque distribuyó por la tela con mano maestra.
Las butacas del hemiciclo, moradas. Las cortinas, negras.
Y el traje de los ujieres, de color verde botella.
–La obra sigue el esquema característico en forma piramidal –apunta Benedicto Tembleque, jefe de los conservadores de la Oficina de Restauración del Instituto Nacional de Cultura–, con la Libertad alzando la antorcha sobre la cabeza, mientras, tumbados en el suelo, dos senadores, inspirados en Susana y los viejos , de Tintoretto, le dan un buen repaso.
–En la historia bíblica, Susana es una moza que se baña, dos viejos se le insinúan y le proponen relaciones sexuales –añade el crítico Anselmo Cirio–. Si no las acepta, la denunciarán por adulterio.
–En cambio, en La Libertad entra en el Senado , de Albaricoque, la moza se ríe de los senadores y les muestra el pecho blanco, con la areola rosada y un botoncito, para expresar la victoria de los ideales transformadores sobre las inercias burocráticas –manifiesta Andrea Refrito, del Gabinete de Pintura de la Oficina de Restauración de la Sección Segunda del Instituto Nacional de Cultura–.
Los viejos lúbricos se apoyan en los escalones, psicológicamente exhaustos, deslumbrados por la belleza de las ideas revolucionarias.
La restauración ha descubierto que, si bien primero el gorro era de un bello color de berenjena tierna, el maestro Albaricoque lo atenuó y lo pasó a un granate descolorido, de berenjena pasada. En las chinelas se ha encontrado un arrepentimiento: rebajó el verde loro.
–Para evitar el caos pictural –remarca el experto en colores Humberto Pisto.
Anselmo Cirio considera que es un indicio del comienzo de la decepción que acompañó a Saturnino Albaricoque en los últimos años de su vida, tras el giro de la nueva República hacia un sistema presidencialista.
También se ha podido restaurar la degradación provocada en la cabeza pelona de uno de los senadores por un chaval que le pintó un grafiti con rotulador.
No era vegano, ni animalista, ni quería advertir de los efectos del cambio climático sobre el futuro de la juventud.
Escribió: «De tanto pasar y pasar y sólo se me ocurre firmar.
» Y, a continuación, plantificó su rúbrica.