Cerillas Garibaldi El Maestro de cabezones
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El Maestro de cabezones

Después de trescientos años de barbecho, la radiación ha desaparecido de la gran explanada frente al pueblo.

Un grupo de hombres y mujeres justos se reúne para roturar ritualmente el campo con un arado que es una llanta de coche sujeta a un palo de escoba con un cable eléctrico.

Van levantando la tierra, que escupe pedazos de plástico negro y de color botella de suavizante, ladrillos rotos con pegotes de cemento y cristales de seguridad.

Es un buen terreno y piensan plantar en él avena loca y cebadilla ratonera, los dos cereales que han soportado mejor los siglos de contaminación.

Es un artista del que se sabe muy poco, porque la información de los siglos anteriores no se volcó en los nuevos formatos, y los libros y fotografías se perdieron.

La explosión de la Nube acabó de borrar el rastro del pasado.

Pero en muchos pueblos de la Nueva Tierra han empezado a aparecer misteriosas esculturas del Maestro.

Son unas cabezas colosales con los ojos cerrados o con las manos tapándose la cara, con un dedo frente a los labios, como enfermeras místicas.

Van liberando la escultura y, como es tan grande, se quedan sin campo.

–No importa: ya plantaremos allí –dice una mujer que manda mucho, señalando un descampado lleno de carcasas de coches eléctricos.

Unos meses después, la cabeza se yergue rutilante, en medio de un hoyo profundo, con manchas de un marrón triste, de los siglos que pasó bajo tierra.

Es una cabeza de chica, con forma de zepelín: afilada en la parte de la nariz y la frente, y ancha por los lados.

Tampoco se han conservado fotografías de mujeres y hombres antiguos y no se sabe exactamente qué cara tenían.

–En aquella época eran así, deformes –dice uno.

–¡Pero qué dices! Es un caso clarísimo de escafocefalia, que demuestra que antes de irse al carajo degeneraron genéticamente –matiza otro.

A uno le parece el símbolo de una funeraria. El otro piensa que el Maestro de cabezones tenía astigmatismo.

–Eran retratos inventados de antepasados difuntos. Los levantaban para que protegieran a la comunidad con sabiduría y compasión. Ahora las vemos blancas y elegantes, pero eran policromadas –los alecciona uno al que llaman el Gombrich .

–Es una mezcla de mercancía y regalo –concluye el brujo Bronislao Ratón, sabiondo, pasándose un dedo por la ingle–.

En el mundo de aquel tiempo, las cosas se volvieron personas, y las personas, cosas.

Las esculturas del Maestro de cabezones eran híbridos de animado e inanimado.

Gustaban tanto porque representaban a la gente de aquel periodo, que ya estaba bastante cosificada, pero creía que podía cambiar el mundo con la fuerza del pensamiento.

La tribu deja la escultura abandonada en el hoyo y empieza a limpiar el campo adyacente de carcasas de coches eléctricos.