Transporte especial
Dos casas móviles viajan en un tráiler de Transportes Bueno, desde la fábrica donde las han construido –que no se llama fábrica tal, sino Taller Mozukai– hasta el prado donde instalarán la modelo Tudor y el descampado en el que estará montada la modelo Cecilia.
Son dos casas no muy grandes, la Tudor tiene un porche discreto.
El tráiler va despacio y, al no cumplir las normas de circulación (es más ancho y más largo de lo autorizado), sigue a un coche de la empresa de transportes especiales Sashimono, con una bandera, que le abre paso y avisa a los conductores de los coches que circulan en la otra dirección de que aquí se trabaja para salvar el planeta.
El tráiler de Transportes Bueno es de un tamaño considerable, pero las dos casas van encajadas una en la otra, ladeadas, con una intimidad que, aunque son naturales y ecológicas, las incomoda un poco.
Cuando pasan por su lado, los conductores piensan: «Mira qué casas.
» Se ha formado una caravana y, de vez en cuando, se oye un bocinazo.
–Qué guapas estamos en este tráiler y con qué ojitos nos miran los conductores –dice la casa Tudor, que gasta aires aristocráticos–. Somos el futuro.
La casa Cecilia, que es más tímida y rústica, responde con un «sí» lacónico.
–¡Somos la solución al cambio climático! La madera es un aislante térmico y acústico excelente. Es reciclable y dura un montón.
Con la ventana de ojo de buey contempla las planchas de la fachada, contenta de haberse conocido.
–Los árboles almacenan CO 2 . Y cada vez que se corta un árbol para construir una casa Tudor, se planta otro.
La casa Cecilia pone cara de circunstancias. Pasan junto a un bosque de pinos. Entre los árboles muertos de sed queda uno que aún tiene una rama verde.
–Vete a saber si incluso nosotras almacenamos CO 2 –dice la casa Tudor, en un ataque de autoestima–. Cada uno en su casita, comiendo humus y reciclando, mientras el mundo va cada día mejor.
La casa Cecilia se acomoda en el remolque para echar una siesta.
El convoy se frena porque han entrado en una recta en obras, suenan tres bocinas y, pese al aislamiento acústico, la casa Cecilia se despierta y abre los ojos de las ventanas. En una se le ha pegado una bolsa de plástico que parece una legaña.
–Cada familia con sus 17 o 20 metros cuadrados, rodeados de naturaleza, autosuficientes, independientes. Qué maravilla.
–Sí, sí, sí –responde la casa Cecilia, a ver si la casa Tudor se cansa de hablar a las paredes.
El convoy excepcional cruza un polígono de fábricas químicas donde han empezado a ampliar la carretera.
Porque, aunque en el futuro habrá menos coches y vamos hacia el decrecimiento, será necesario otro carril.
Toda la zona afectada por las obras está marcada con bloques de hormigón y plástico de balizamiento.
Hay un huerto recortado, cuatro bobinas de tubo negro, unas vallas de hierro atadas con una cinta roja y blanca.
–Qué feo es todo esto –dice la casa Cecilia.
–Pero a nosotras nos llevan a un paraje formidable –responde la casa Tudor, que no pierde la esperanza.