Siempre Navidad
Cuando sus padres eran pequeños y había pasado una semana desde la noche de Reyes, recogían las bolas de cristal de colores, las estrellas de purpurina, el río de papel de plata, el puente de corcho, las figuras de barro y de plástico.
Refunfuñando, porque –desde que tienen ese problema con los hijos les parece clarísimo– no se resignaban a dejar atrás las vacaciones, las comilonas y los regalos: la provisionalidad de unos días felices que, después de todo, no lo eran tanto, porque los mayores, cuando bebían un poco, acababan siempre regañando.
–Se han acabado las fiestas –decía el padre, que ya tenía ganas de volver a la rutina.
Ahora, los nietos no querían ni oír hablar de retirar del balcón las luces led, que cambiaban de color, se encendían y apagaban, y simulaban que una lagrimita goteaba hasta el extremo.
Pidieron que se las dejaran tener unos días más, porque eran tan bonitas.
Los padres lo aceptaron, para evitar discusiones.
Y lo volvieron a aceptar porque era una temporada de mucho trabajo y no estaban para perder el tiempo guardando luces.
Los hijos dijeron que, si ya hacía tres meses que estaban puestas, se podían quedar una temporada más.
De manera que llegó la Pascua y las luces de Navidad seguían en el balcón.
–Bueno –dijo la madre–, no hay dibujos que recuerden la Navidad, son unas luces de colores, chorreantes. ¡Y están tan guapos los niños iluminados con ledes!
También los padres se hacían selfis.
El niño de la casa de al lado no quería que rompieran el conejo de chocolate de la mona de Pascua, con el reloj de cadena que le salía del bolsillo y el sombrero de copa.
Para evitar broncas, los padres y los tíos propusieron comerse el pastel y guardar la figura de chocolate en la nevera.
El niño abría la nevera cada día y le daba un beso a la figura.
No quería perder la ilusión de las vacaciones, las reuniones familiares y la palma.
–¿Qué te parece, Ariel, si llevamos el conejo al médico, que está enfermito?
El chocolate pasado estaba recubierto de una baba de color blanco. Ariel, que no y que no, y el conejo se pudrió en la nevera hasta que volvió el frío.
En el otro extremo de la calle, las dos hermanas van siempre en camiseta, enseñando el mondongo, porque se lo pasaron tan bien en las vacaciones y les gusta tanto el verano que han decidido que será verano para siempre.
Los padres no se sienten con fuerzas para discutir.
Van al instituto, donde, salvo los profesores, enfundados en plumones, todos visten tops, camisetas de manga corta y de tirantes.
Cuando pasan por delante de la casa de los vecinos, vestidos con camiseta y pantalón corto, los chicos del instituto ven las luces y piensan: –¡Navidad!
Pero enseguida vuelven al verano. El niño de los vecinos abre la nevera y da un beso al conejo de chocolate. Y así fue como desaparecieron el tiempo y las estaciones.