El señor Pastel
Naturalmente, no se llamaba señor Pastel, como lo apodó el niño, fascinado por la cantidad de golosinas que les regalaba.
Tenía tres o cuatro años y no podía entender a un hombre mayor, solo, que quería que le quisieran.
Tampoco se llamaba míster Massini, como le llamaba el padre, que sabía reconocer la mezcla de melancolía auténtica y estudiada tristeza, bajo unas formas refinadas, de otro tiempo y, posiblemente, de otro mundo.
Él se refería a sí mismo como don Juan, porque se llamaba realmente Juan.
Lo exclamaba algunas veces, en el ambiente de confianza de las reuniones nocturnas.
–¡Don Juan!
Pero no iba más allá de esa exclamación misteriosa.
El padre descubrió que había estudiado en el conservatorio y que fue violinista.
Nunca se supo cómo era exactamente aquella historia del violín y, por esa razón, y porque tenía un porte distinguido, daba la sensación de que podía haber sido un buen violinista, que había abandonado la vocación por una afección pulmonar o por un desengaño.
Si te parabas a pensar, ninguna de las dos causas era creíble.
Fumaba mucho, cigarrillos de la marca Vencedor, lo que descartaba la enfermedad pulmonar.
Y no se le conocían mujeres en su vida, salvo la madre que idolatró hasta su muerte, a los noventa años.
Parecía haber sido siempre como en aquel momento: el cráneo más bien estrecho, el pelo gris, con mucho volumen.
Camisas blancas, con rayitas y de manga corta, muy perfumado.
Un cinturón con la hebilla dorada. Pantalones con el pliegue bien marcado, de color crema o azul celeste: la indumentaria perfecta para tomar un whisky a las siete y media de la tarde.
Después se acercaba a la pastelería y regresaba con un rosco de nata, un pastel borracho o una bolsa de almendrados.
Entraba en la cocina del hotel por el comedor: –¿Está la señora María?
–preguntaba, y le entregaba el pastel para que lo guardara en la nevera.
En la pastelería lo adoraban porque, además de ser un cliente como no había otro, se hacía querer.
Trataba a la señora de la casa como a una marquesa.
Era una mujer alta, elegante, un poco rígida, con un trato afectado por haberse pasado la vida rodeada de dulces.
A la señora María la trataba como a una gran señora y esta, en agradecimiento, le fue colocando a lo largo de los años clientes discretos, amables, que se dejaban halagar y que lo halagaban sin excesos: un recuadro de mesas en torno a la que él ocupaba, en un rincón del comedor, que parecía una presidencia.
Cuando todo el mundo se había ido a dormir, como la gran reunión de una secta, la señora María, su hijo y unos cuantos clientes escogidos descorchaban champán y se comían la tarta.
El hombre ha pasado por delante de la pastelería y ha recordado al señor Pastel –míster Massini, como lo llamaba él–.
Ha entrado, se ha dirigido a la hija de la casa como si fuera una princesa y se ha llevado tres merengues en una bandeja con una cinta de cartón que la protegía por encima, como un arco, cubierta con un papel estampado con dibujos y letras coloradas.