La inteligencia artificial
Un Toyota Hilux, un motoserrucho Husqvarna y una desbrozadora Stihl charlan en los márgenes de una rotonda.
–Da cosa ver a esta gente tan preocupada –dice el Toyota Hilux, que tiene dos ruedas sobre el arcén, pisando una planta que empezaba a brotar.
–¿A ti te parece muy preocupado aquel tipo de allí? –el motoserrucho Husqvarna señala con la barbilla al operario de la brigada municipal.
Desayuna un bocadillo que parece un recién nacido, envuelto en una servilleta de celulosa y en papel de plata. Han cortado todos los árboles, por la mañana hace un sol de justicia y la luz le da violentamente en la cara.
El motoserrucho se recochinea:
–Espera a que apriete un poco el calor, sin una sombra.
El operario oye un ruidito y se gira hacia el Toyota Hilux, que se queda inmóvil. El motoserrucho y la desbrozadora Stihl dejan de reírse. El hombre se vuelve a llevar el bocadillo a la boca y la desbrozadora estalla en una carcajada retenida, con abundantes salpicaduras de saliva aceitosa.
–¡Han descubierto que las máquinas los sustituyen en todas partes y ahora empiezan las prisas!
–dice el Toyota Hilux, que lleva radio y está informado de lo que pasa en el mundo–.
Ya ha empezado la musiquilla: que la Unión Europea tiene que actuar, que hay que regular, que las máquinas ya escriben libros y que no puede ser.
El motoserrucho, que hace poco que ha llegado de China, trae consigo ideas frescas y se las explica al Toyota Hilux y a la desbrozadora Stihl, que ya tienen unos añitos.
–Es el final del principio de la destrucción creativa teorizado por el economista Joseph Schumpeter.
Las llamadas innovaciones de ruptura transferían mano de obra de trabajos obsoletos a nuevas ocupaciones.
Esto no pasará ahora: las máquinas destruirán los trabajos existentes y no se crearán otros nuevos.
– ¡Neneeee, sí que estás al día! –le dice la desbrozadora Stihl, que empieza a mirar con ojos golositos al motoserrucho, tan mal que le caía al principio.
–Estos tipos se enfrentan a tres rupturas civilizatorias –sigue el motoserrucho Husqvarna, sabiondo–: automatización creciente, pérdida de facultades fundamentales y una sordera cada vez mayor en las relaciones humanas.
–¡Cuando no lean (que ya no leen mucho), leeremos los libros que nosotras mismas escribimos! –exclama la desbrozadora Stihl, que quiere ligar.
–¡No hagas el tonto! –dice el Toyota Hilux, a quien le gustaría escuchar cómo termina la historia.
–No está tan claro que pueda haber una colaboración entre humanos y máquinas: los sistemas de IA dictarán los gestos correctos en la cadencia en la que se tienen que ejecutar, y hombres y mujeres se convertirán en robots de carne.
–¿Estás segura de que esto no pasa ya ahora? Hagamos la prueba –sugiere la desbrozadora.
Caza al vuelo un rayo de sol y lo hace brillar sobre su hoja como un diamante sexy.
El operario, seducido por el brillo, hace una bola con la servilleta de celulosa y el papel de plata, eructa en staccato , coge la desbrozadora con las dos manos y empieza a repelar el talud en el que desde hace meses no crece nada.