Los jardines de Petunia Pitósporo
La señorita Petunia Pitósporo y Tila llegó al pueblo de Carrascas del Gállego atraída por el prestigio del parque de los abetos y del paseo de los plátanos.
Tras lustros de trabajo como bibliotecaria de la Escuela de Jardinería, le había llegado el momento de la jubilación.
¿Dónde podría vivir el tiempo que le quedaba de quietud y lectura mejor que en aquel paraíso campestre, entre arboledas magníficas y fuentes rumorosas?
Día y noche, el paisaje invitaba al hipérbaton.
«Toca la montaña el flautín y yo en mis recuerdos me columpio», «En la cima del árbol suspendido, su nido construye la abubilla».
Uno de los atractivos de Carrascas del Gállego es que –cuando era una aldea, antes de que instalaran la primera de las ocho plantas embotelladoras–, pasó allí el verano la gran escritora Hortensia Albaca Musgo, internacionalmente conocida por sus libros El barrio de la Casa de las Fieras , El trastero y Ofrenda a una virgen despistada .
Petunia Pitósporo y Tila, que tenía veleidades filológicas, creía que el paisaje de Carrascas del Gállego marcó decisivamente la trayectoria de su querida Albaca Musgo, a pesar de que la mayor parte de los ocho días que estuvo en el pueblo los pasó entre el entoldado y el pajar, con el mozo de los Alcornocales.
Tenía dieciocho años y una cabecita loca.
Petunia pensaba que cuando, en Ofrenda a una virgen despistada , Margaritina sale corriendo eufórica entre los almeces, debió de inspirarse en el paseo de los plátanos.
Por eso se sulfuró de lo lindo al descubrir que Hortensia Albaca Musgo tenía un pasaje en Carrascas del Gállego, frente a doce casas adosadas que construyeron sin dejar ni un palmo en el que colocar una maceta.
–¡Protesto enérgicamente! –le dijo al regidor Gladiolo Herbazal y Eucalipto, de un partido independiente que no era ni de derechas ni de izquierdas.
A partir de ahí empezó la guerra floral. Cada vez que podaban (mal), desbrozaban (arrancando hasta las raíces) o cortaban árboles diciendo que estaban muertos (cuando no lo estaban), la señorita Petunia Pitósporo y Tila armaba la de San Quintín.
–¡Si viera esto Hortensia Albaca Musgo, la escritora! ¡Vergüenza da! ¿Qué dirían los abuelos vuestros, que labradores fueron su vida toda?
El regidor Gladiolo dejó de responderle los wasaps, como es natural, que ya bastantes problemas tenía el pueblo con las embotelladoras que secaban el río.
Se le ocurrió una idea genial. Junto al pasaje Hortensia Albaca Musgo se abría un descampado en el que, en los años gloriosos de la construcción, vertieron miles de toneladas de escombros.
Después lo taparon con una pista de baloncesto agrietada y cincuenta plazas de aparcamiento.
El día de la inauguración colocaron cuatro plantitas que se secaron enseguida.
Conservaron una acacia porque les interesaba clavar una farola en el tronco.
–Cuando esta mujer reviente de una rabieta, le pondremos una placa: Jardines de la señorita Petunia Pitósforo.
Le dio un ataque de risa tan fuerte que se atragantó y murió.