Cerillas Garibaldi El retrato de Dorian Pan
53%

El retrato de Dorian Pan

La madre cogió el paquete por el lazo de plástico y se lo llevó a la cocina. Lo dejó sobre una cesta en la que, además del pan de molde, había un chusco y una barra campesina. En aquella casa les gustaba comer pan de panadería, pero tenían siempre pan de molde por si las moscas.

–¿Qué vamos a cenar? –preguntaba retóricamente la madre, que ya tenía pensado el menú.

–¡Mixtos de sobrasada! –gritaba el niño de la casa.

Su hermanita prefería los mixtos de queso y jamón de York.

–No queda sobrasada –replicaba el padre, que dejaba en la mesa una chapata para acompañar el pescado y la verdura.

En su perfección, la rebanada era la octava de dieciséis.

Cuando abrieron el paquete y las primeras rebanadas empezaron a pasar por la tostadora, la rebanada número ocho no perdió la calma.

Había visto cómo los mejores panes de espelta terminaban duros como una piedra, o mohosos, y los acababan tirando a la basura.

Ella, en cambio, seguía fresca como una rosa.

Un día que el padre llegó tarde a casa, y la familia ya había acabado de cenar, abrió el paquete y olió las rebanadas: –¿Todavía se puede comer?

«Tiernísima como el primer día», pensaba la rebanada en la bolsa.

Las lonchas de queso y de jamón de York que sobraban de los mixtos de la niña enseguida se secaban por los bordes, aunque las envolviesen en papel de plata. Y si racaneabas con la sobrasada, corrías el riesgo de que se volviera rancia.

A escondidas de los padres, el niño vació el paquete porque le gustaba comerse los extremos –decir cantos sería exagerado– que tienen más corteza –decir costra sería excesivo–. Cuando apareció la madre, volvió a guardarlas apresuradamente y la octava rebanada pasó al fondo del paquete.

Los panes de espelta se iban secando, las chapatas parecían de madera, los chuscos cortados se llenaban de hongos, mientras que la rebanada de pan de molde Bambola seguía fresca como el primer día, blanca, con la corteza dorada, había adelgazado uno o dos gramos y estaba de muy buen ver.

–¿Este pan no se pasa nunca? –inquirió la madre.

–Es que antes de envasar las rebanadas, en la fábrica Bambola les sacan una foto. Las rebanadas de las fotos se secan como una piedra y se llenan de moho, mientras que las de las casas viven una eterna juventud.

Tomó la última rebanada que quedaba, la untó de sobrasada y abrió una cerveza.

–Será por eso –sentenció la rebanada.