Las botellas agujereadas
–¡Chico, trae otra botella, que esta tenía un agujero!
El señor Roig levantaba una botella de vidrio verde con el cuello de plástico granate y una etiqueta sencilla en la que se veía la muralla del castillo de Caramany dentro de un círculo, como si fuera un château ; y el vino, un gran Burdeos.
El chaval corría hacia la nevera, cogía otra botella verde, con el cuello de plástico granate y la etiqueta con el castillo, la llevaba hasta la mesa, con un cuchillo de sierra cortaba el precinto que rodeaba el gollete y levantaba un poco el tapón, que por la parte de abajo era de corcho y, por arriba, de plástico inyectado.
–Tenía un agujero –se justificaba el señor Roig, que era el único cliente del hostal que tomaba vino en el desayuno, el almuerzo y la cena.
Al chico aquella broma repetida una y otra vez le hacía una gracia relativa. Iba hacia el office con la botella vacía y se acercaba a la nariz el tapón que olía a vino y a corcho.
De mayor, a veces, cuando venían amigos a cenar, hacía la broma del señor Roig:
–¡Esta botella tiene un agujero! –decía chistoso.
Entraba en la cocina y volvía con otra botella cubierta con una servilleta blanca: que se notara que había trabajado de camarero y que sabía cómo se hacen las cosas. La descorchaba con un sacacorchos de dos palancas. «Plop»: le gustaba el sonido de ventosa del tapón al salir.
Ahora la broma del señor Roig le hacía más gracia que cuando era un joven camarero.
Uno de los clientes de la casa le decía que era el sommelier , porque cuando la familia subía a verle y encargaba un gran banquete, lo mandaban a la ciudad a comprar botellas de vino que no llegaban al pueblo.
Era una época en la que –parece mentira– había muy pocas marcas.
Piensa en toda esa gente que conoció –todos han muerto–, con sus bromas inocentes.
Un hombre decía: «Este salchichón no tiene mezcla.
» Marcaba una pausa y añadía: «Es todo burro.
» «Ponme una copa del más caro », porque el coñac se llamaba Mascaró. Cosas así.
Preocupado por la velocidad a la que se vacían últimamente las botellas en su casa, decide inspeccionar una científicamente.
Ha oído hablar tanto de la shrinkflation (la reducción del tamaño de los paquetes) que tiene la mosca detrás de la oreja.
Ahora ya no mezclan carne de burro con el cerdo del salchichón, pero venden docenas de huevos que sólo son diez huevos, las bolsas de patatas chips han pasado de 200 gramos a 165: un tipo que se ha dedicado a contarlas ha comprobado que en cada bolsa faltan diez patatas.
Las tabletas de chocolate son más delgadas, y los paquetes de macarrones, más pequeños.
Analiza las diferentes partes de la botella buscando dónde puede estar el corte por el que se escapa el vino.
La gira del derecho y del revés y descubre que tiene una serie de microagujeros, escondidos estratégicamente en la corona rayada que la botella lleva impresa en el fondo para evitar que resbale y caiga.
Las botellas van perdiendo vino como lágrimas de sangre.
–¡Menuda jeta! ¡Pobre señor Roig!