El arte comprometido
Llaman de abajo. Antes de abrir, el artista comprometido va hasta el mueble del salón donde tiene un equipo de música que un día fue bueno, conecta el amplificador y coloca la aguja sobre el vinilo.
Empieza a sonar una canción de cabaré de la época de la República de Weimar.
Cada vez que recibe la visita de alguien que quiere hablar de los tiempos heroicos, deja el disco preparado en el plato, para poder activarlo al momento cuando llamen desde la calle.
El visitante llega, después de subir tres pisos en ascensor, y se ha consumido una canción y media.
De esta manera da la impresión de que el artista comprometido escucha siempre este tipo de música, porque es un artista comprometido cosmopolita y un poco canalla.
Hoy espera a un joven que está escribiendo una novela sobre los años sesenta y ha desplegado todo el montaje: catálogos de exposiciones antiguas, fotografías y un cuaderno de cuando iba a las manifestaciones y sacaba dibujos del natural de gente que corría por la calle, furgonetas de policía desbocadas y los pies con botas negras y lustrosas, que reproducía desde un punto de vista muy bajo para obtener el efecto de una fotografía robada.
Llaman a la puerta del rellano: vienen a mirar el contador del gas.
Llaman de la calle. Se dirige hacia el equipo de música, pone en marcha el amplificador, la aguja baja pausadamente hasta el surco.
Suena la música de la República de Weimar.
Esta vez, pregunta por el interfono: «¿Quién es?
» Oye una voz ininteligible entre un chisporroteo de avería técnica.
Tiene tantas ganas de enseñar sus dibujos de manifestaciones que abre igualmente.
Se sienta en el sofá para tener que andar un poco cuando suene el timbre del rellano, que no parezca que está esperando en el recibidor.
Llaman a la puerta del piso y son un chico y una chica –americana y corbata, vestido floreado– que le quieren convencer del interés de leer la Biblia.
El artista comprometido les cierra la puerta en las narices, va hacia el equipo de música, levanta el brazo del tocadiscos e interrumpe el estribillo de «Kanonensong».
Todavía tiene el dedo sobre el botón cromado cuando llaman de abajo, vuelve a conectar el equipo y coloca la aguja al inicio del surco.
Va hacia el sofá y abre el catálogo por la página de Otra vez la carga (como en la época de Ramon Casas) .
Carraspea y se pasa las manos planas por los laterales del pantalón. Entonces llaman al timbre del rellano.