El país moribundo
«Eres un gran, un formidable país», le dije al verlo tan afligido.
Se había hundido un palmo y tenía el ánimo por debajo del suelo.
«¿Por qué lo dices?», me respondió con un hilo de voz.
«Es tu hora», añadí. Fingí que no me daba cuenta de que, entre la pregunta y la respuesta, el nivel del país había bajado tres o cuatro dedos.
Tenía que doblar la espalda para verle la cara, que ahora quedaba enterrada en un hoyo.
«¡Quién tuviera tu energía! Eres culto y rico.
Tu capital es una maravilla admirada por todos.
Y tu territorio –dije enfatizando la palabra territorio –, una mezcla de mar y montaña de donde surgen las viandas que permiten a tus cocineros ser los mejores del mundo.
» Pegó un resoplido dentro del agujero y pensé en hablarle de la gente, de la bondad de sus habitantes, capaces de organizar revoluciones festivas, ciudadanos civilizados y sensibles, siempre dispuestos a montar fiestas y maratones petitorias.
«Es la hora de tu lengua y de tu cultura, de tu música, de tus artistas, de tus bosques y de tus paisajes inmaculados. »
Con tantas explicaciones noté seca la garganta y le dije al viejo país si le apetecía tomar algo.
Cuando se disponía a responder, el suelo tembló y el nivel del país se hundió más de un palmo.
Ya sólo se le veía la coronilla, sin pelo, dentro del hoyo, y aunque le hubiera ofrecido un vaso de agua, no habría podido beberlo.
«Soy sólo una anacrónica silueta medieval», alcanzó a decir.
La voz rebotó en la cueva subterránea con un eco, la verdad sea dicha, más bien lastimoso.