Cerillas Garibaldi Los camareros mayores
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Los camareros mayores

Éramos los más jóvenes de todos los bares. De un tipo de bar que los jóvenes no solían frecuentar. Podían tomar allí una cerveza de manera accidental, de paso, mientras que nosotros aspirábamos a que se convirtiera en nuestro bar. Conocer a la gente, ni que fuera de vista.

–Va a pedir un vermú.

Y, en efecto, pedía uno.

–Se llama Fermín –porque habíamos oído a un camarero que le llamaba: «¡Fermín!».

Era un tipo pequeño, repeinado, con americana y chaleco. Queríamos conocer a los clientes fijos. El que llegaba tarde, por la noche, y se situaba en un rincón detrás de la vidriera.

–Es conductor de autobús.

Había acabado el turno y nos parecía que entendíamos su gesto cansado: estaba a punto de jubilarse.

El alemán, que a veces aparecía con la camiseta blanca y roja del VfB Stuttgart y que años más tarde encontramos en el entierro de tu padre: era uno de los chóferes de los coches negros que transportan a la familia del tanatorio al cementerio para que no tengan que conducir cuando acaban de perder al padre o a la madre, a la pareja o a un hijo.

Después nos enteramos también de que, a Fermín, Toni no le cobraba todas las cervezas.

Nos gustaban los camareros mayores, procedentes de locales que no habíamos llegado a conocer o que conocimos en decadencia. Nos apostábamos en la barra y nos daban conversación.

–¿Así que te vas a Brasil? –nos decía un camarero con americana blanca y pajarita, con el que habíamos hablado cinco o seis veces–. Tienes que tomar Pingo de pinga.

Y nos sacaba una botella con una etiqueta amarilla rara. Quería decir: «Te vas y dejas sola a esta chica, y yo también os echaré de menos.»

Tú ibas siempre muy corta: tenía un punto de insinuación sexual.

–¿Qué os parece esta maravilla?

Mientras dejaba el plato en la mesa, nos enseñaba las manos pringadas, como si acabara de cortar el jamón que le servían en paquetes retractilados.

Llevaba el pelo peinado hacia atrás, con tupé, y se llamaba Juanito.

Jordi cruzaba el comedor, vestido de calle, con una gorra de lana y un caliqueño: –Os podéis quedar tanto como os apetezca.

A las ocho empezaba el turno de noche y quería aprovechar la tarde. A veces trabábamos amistad con los propietarios y nos encontrábamos fuera del bar. Salíamos a cenar a un restaurante y era una sensación extraña: no sabíamos qué decir ni qué hacer con las manos.

Pensábamos que nuestros amigos no se jubilarían nunca, que estarían siempre detrás de la barra, que Toni contaría cada noche cómo era el barrio cuando empezó a trabajar en el mercado cargando cajas de fruta y, más adelante, en el colmado, que llevaba años cerrado, frente al bar.

Y nosotros seríamos siempre los jóvenes que llegaban a última hora, mientras secaban los vasos con un trapo y recogían las sillas colocándolas encima de las mesas.

Siempre rodeados de camareros mayores que nos querían porque parecíamos buenos chicos y porque sabíamos escuchar.