Cerillas Garibaldi El pulpo
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El pulpo

–¿Qué es eso, un pulpo?

El agua está transparente, se ve el fondo de piedras recubiertas de un musgo verdoso. Entre dos de ellas se acomoda un pulpo de roca.

–¡Sí, sí, un pulpo!

La mujer llama a Paco, que es pescador. No se sabe si Paco era pescador y trabajaba en un barco, o si años atrás pescaba con fusil, por hobby .

Parece que ahora no hay tantos pescadores de fusil.

Antes los bañistas los admiraban. Salían por el centro de la playa, caminando hacia atrás, para no tropezar con las aletas, el fusil en una mano y, en la otra, los peces amarrados a un círculo de hierro: parecía un llavero.

–¡Jo, tío, menudo banquete os vais a pegar!

Y el pescador se erizaba de gusto y enseñaba un pez que no era el más publicitado: –A la plancha está muy rico.

Seguían unas cuantas historias submarinas: –Era una lubina grandiosa, en el momento de disparar se gira y se esconde detrás de una piedra, la seguí hasta el acantilado: hay una pared llena de ostras.

Los franceses recolectaban erizos de mar: bolsas llenas. A la gente no le gustaban las demostraciones de los franceses. En una época, corría por allí un chico lisiado que salía del agua con unos pulpos pequeños: –¡Qué contenta estará mi madre!

Y nadie le decía nada porque los pulpos eran para la madre y porque el chaval estaba lisiado. Días atrás, en la playa del Roquero, salieron dos pescadores con cuatro o cinco peces cada uno y la gente los miraba como si fueran criminales.

–¡Paco! ¡Un pulpo!

La señora va completamente desnuda y sólo luce, en el cuello, una cadenita dorada.

Las obladas nadan cerca de los nudistas, con una anilla blanca y una anilla negra en la cola.

Paco se acerca a donde está la señora que ha visto el pulpo.

Tiene el pelo largo, blanco, una mosca bajo el labio inferior y parece Buffalo Bill.

Va hasta donde está el pulpo, que, con una contracción de los tentáculos, huye un metro más allá.

–¿No le hase miedo que le pique? –dice la mujer, que querría que Paco atrapara el pulpo, aunque después no supiera qué hacer con él.

–Igual le han dao un golpe.

–Debe de venir a buscar comida porque hay muchos peses . Antes les he dado melón.

Un señor que toma el sol levanta la mirada del diario.

Las pequeñas obladas, nacidas a finales de agosto, proyectan su sombra en la tierra cubierta por la puntilla de unas olas suaves.

El pulpo arrea otra contracción y se arremolina en la base de una piedra cubierta de musgo.

El señor del diario recuerda cuando en la playa había muchos niños que capturaban holoturias y las metían en un cubo: –¡Una caca, una caca, una caca de mar!

Si en el cubo metían un pulpo, estiraba los tentáculos como si midiera la base redonda y enroscaba las puntas. Cuando se iban, lo devolvían al agua, todos pendientes del pulpito. Cómo nos hemos acostumbrado a que en el mar no haya nada. Pronto las ostras, los erizos, las obladas serán una leyenda.

–Es que aquí no hay nunca pulpos, ¿sabe? –dice la señora. Le gustaría que siempre hubiera pulpos, que los fueran sacando del agua y que apareciesen de nuevo, como en el súper.

Desnuda frente al mar pasa el dedo por debajo de la cadenita.