Cerillas Garibaldi La tortuga terrestre
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La tortuga terrestre

Padre e hijo alternan las salidas a la montaña.

Mientras uno se queda en casa al cuidado de la madre enferma, el otro sale a rondar por las colinas que rodean el pueblo.

Sus excursiones pueden ser largas –sobre todo las del hijo–, por caminos que, antes de la enfermedad, recorrían los tres.

Hoy el hijo ha encontrado una tortuga terrestre.

Es un acontecimiento excepcional porque, con tanto incendio y tanta sequía, en la montaña cada vez se ven menos animales.

Y porque las tortugas terrestres son asustadizas, prudentes, no viven en cualquier sitio.

Cuando aparece una, corre el peligro de terminar en un jardín: hay más tortugas en los jardines que en los campos.

El hijo se ha pasado un buen rato sacándole fotografías y filmándola.

Asoma la cabeza y las patas del caparazón, animada por un resorte: primero salen las manitas apergaminadas, que se abren hacia los lados, y a continuación, el hocico en forma de flecha.

Si no la molesta, toma confianza, alarga el cuello, libera la cabeza, mueve las patas y avanza a considerable velocidad para ser una tortuga.

Es amarilla con manchas negras sobre unos escudos que parecen los parches de un balón de cuero.

Por debajo, el color recuerda el negro opaco de las radiografías, sobre un fondo amarillo, rayado de arrastrar la tripa por el suelo.

Por el dibujo se puede saber si es macho o hembra.

Esta, en concreto –tiene la tripa más amarilla que negra–, es una hembra joven.

En la boca lleva una vaina de retama, peluda y no del todo seca, como quien mordisquea un brote de tomillo.

Cuando llega a casa, el hijo anuncia: –¡He encontrado una tortuga! –y enseña las fotografías.

Habían visto sólo una, hace tiempo, la madre trabajaba en la ciudad, ellos pasaban unos días solos en la casa alquilada antes de que empezara el colegio.

–¿Y dónde la has encontrado? –pregunta el padre.

–¿Sabes esa viña perdida, donde estaba aquel almendro del que cogíamos almendras?

El padre recuerda perfectamente la viña y las almendras.

Las cascaban con una piedra, con un golpe que tenía la fuerza justa para no aplastar la semilla.

Él decía que era un arte: el arte de cascar almendras.

Un año hubo tantas que se las comieron en la playa.

Pero el padre no habría dicho nunca estaba .

El almendro, con una rama seca, todavía aguanta.

Él también pasa por allí de vez en cuando, ve las almendras, pero no coge ninguna.

Alrededor del árbol hay trozos de ladrillo y de azulejo de un vertedero ilegal y siempre piensa que llamará al Ayuntamiento para que los retiren: –Soy el abogado tal, hace años que vengo al pueblo y es una lástima que en este camino tan bonito haya escombros.

Después se olvida. Ya no tiene la inocencia de pensar que el almendro estará siempre allí, cargado de almendras, y que ellos también estarán, como aquella tarde que recolectaron tantas y se las comieron en la playa. Pero aún no se siente parte de aquel estaba del hijo.

–Ah, sí, donde está el almendro.

Se acerca al chico y le da un abrazo.