Las pinturas rupestres
Para empezar: no se llama Raquel. Es un robot macho y se llama Protazánov.
Pero no quiere desilusionarlos. «Raquel aquí, Raquel allá.
Raquel: ¿cuánto falta para llegar a Santa Perpetua?
Raquel: ¿dónde encuentro una estación de servicio abierta?
» Y él contesta todas estas preguntas burras sin ningún esfuerzo.
Bien puede, de cuando en cuando, hacer alguna gamberrada con el nombre de Alfonso X o con las letras y los números de una carretera.
«Ha leído el nombre de la carretera como si fuera una cantidad, y GIP , como si fuera la abreviatura de la moneda oficial de Gibraltar», dice uno de los que van detrás.
«Pues no, listillo –dice para sí Protazánov–: lo he hecho para reírme en vuestra cara.
» Suelta una risotada metálica con su voz real que no se oye desde el exterior.