La conjura de los árboles
El hombre entra en la cocina y apaga la luz del jardín.
La mujer del piso de arriba cree que se ha ido a acostar, saca una manguera y riega –discretamente– una malva real que se está muriendo de sed.
El inquilino oye el ruido del agua corriente, mira un momento el jardín a oscuras: el aguacero cae sobre los rosales y el hibiscus con flores abarquilladas en las ramas.
Prende de nuevo la luz, la propietaria de la casa piensa que la han descubierto y cierra el grifo.
–¡Mi humanidad incluye a los árboles! –grita desafiante.
Pero en seguida cambia de tono: –No me denuncie, por favor.
Hace semanas prohibieron regar los jardines. Las plantas se han secado y ahora se mueren los árboles. Es la una y media de la madrugada. La casa está en un extremo del pueblo, a esta hora –aunque sea verano– pasa poca gente.
–¿Ha visto cómo están esos almeces?
Se refiere a cuatro árboles frente a la cerca del jardín, deslumbrados por las farolas.
–Los frutos ya están amarillos, pero las hojas se han deshidratado. Los pájaros controlan que maduren. No les falta mucho, pero me angustia pensar que los árboles vayan a morir a causa del esfuerzo.
El hombre le dice que ha vaciado en los alcorques unas cuantas botellas de agua. La sombra de la mujer se recorta en el piso superior.
–¿Conoce el restaurante Le Laboratoire?
Es un pequeño establecimiento, con sillas de enea y mesas pintadas de azul.
–¿Se ha fijado en que han dejado morir el árbol de Júpiter? Tienen una clientela de gente refinada, elegante, sensible. ¿No les molesta ver ese esqueleto de árbol en la puerta?
–No lo ven –responde el hombre, que ha perdido toda esperanza en el refinamiento y la elegancia.
–¿Sabe lo que pienso? Que existe una conjura para prescindir de los árboles.
No los necesitamos, no los comprendemos.
En los parques infantiles ya no los plantan.
Dicen que tienen que estar a una distancia de seguridad de los columpios para evitar accidentes.
Si pega el sol demasiado instalan un toldo.
El hombre ha visto algunos de estos parques, calles y plazas con toldos.
–Estos almeces los plantamos nosotros y ahora nos desentendemos de ellos.
Cuando se mueran no vamos a plantar otros.
Y, mientras el mundo se achicharra, nos duchamos siempre que tenemos calor y construimos cuatrocientos nuevos pisos que necesitarán agua.
Siempre que han existido leyes injustas han aparecido hombres y mujeres honestos que se han rebelado.
¿Cuánta gente ha visto regando el árbol frente a su casa, como hace usted?
No digo todos los árboles: el que vive a su lado.
Una vez por semana: justo para que no se muera.
El hombre recuerda que hay personas que vacían el contenido de un cubo con detergente en el alcorque. También compactan el poso de los bares.
–¿Estaba aquí, el día del incendio? ¿No le subleva tanta hipocresía? Todo el mundo lamentándose de que nos han estropeado la postal del verano, pero somos incapaces de parar el fuego que lo consume todo a nuestro alrededor.
Hay un instante de silencio.
–Me ha gustado hablar con usted.
La mujer se retira. El hombre entra en la casa y se lava los dientes.