El museo de latas
El señor me hace pasar amablemente al despacho. De la estantería, detrás del escritorio, toma una lata verde, con una tipografía antigua, de coup de fouet , y el nombre abreviado en una tipografía moderna.
–Esta fue la primera lata que cayó en mis manos. Es americana, me la regalaron unos tíos míos que, en una época en la que no se viajaba tanto, pasaron unos días en Nueva York. ¿Ve que es más gruesa?
Es una lata de refresco, sin anilla, bien conservada, de colores vivos: quizás esté restaurada.
–Esa lata me hablaba de un mundo nuevo, de los viajes que no estaban a mi alcance. Era, de alguna manera, un objeto artístico, aunque el arte no me ha interesado especialmente. ¿Recuerda cuando llegaron las primeras latas?
Lo había olvidado completamente. Una vez, en un pueblo de la costa, cuando aún era un niño, yendo con mis padres.
–¡Es de lata!
Era una lata verde, algo distinta de la que el señor me acaba de mostrar.
Vertí su contenido en un vaso largo, de tubo, sorbiendo para que entrara todo el líquido y así poder examinar el recipiente por todos lados: las letras de coup de fouet y la tipografía moderna con el nombre de la bebida en inglés, que en aquella época era una novedad.
La bebida y la lata estaban fabricadas en Alemania.
En aquel momento, aquí no existía fabricación o, si se fabricaba, no había envasado.
–¿Recuerda que, al principio, algunas latas venían de Alemania y otras de Francia?
–dice el señor, que parece leerme el pensamiento–.
¿Ve esta de aquí? –me enseña una lata verde y blanca, en un impecable estado de conservación, y me indica la misteriosa abreviatura GmbH–.
Es la primera que se fabricó en Alemania.
En aquellos primeros años todo el mundo las conservaba, en la cocina o en el despacho.
Eran vistosas y contenían una promesa de algo que no se sabía exactamente en qué consistía.
Recordé que también yo las había tenido en mi habitación de adolescente y, más tarde, encima de un armario.
–Cuando ya hubo seis o siete modelos diferentes, se convirtieron en un engorro para la gente, que empezó a desprenderse de ellas.
Yo continué con mi colección. Aparecieron series con las letras plateadas y otras verdes metalizadas, conmemorativas de todo tipo de acontecimientos, personalizadas con nombres de hombre o de mujer.
Se fabricaron latas en todos los países y yo pedía que me las enviaran, primero una vez al año, después cada mes, después cada quince días.
Sólo me faltan un par de ellas, de Tailandia, modelos antiguos, y una, muy rara, de las islas Mauricio (pero fabricada en la India). Pase, pase.
Abrió una portezuela en un lateral del despacho, cruzó un pasillo que acababa en una puerta blindada que daba acceso a una gran nave con miles de palés dispuestos en estantes, y millones de latas envueltas en papel burbuja, como una lasaña de plástico y aluminio que, en aquel momento, me produjo la impresión de un desolado y tristísimo basurero.