Cerillas Garibaldi Desayuno continental
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Desayuno continental

Vuelve con un vaso de cristal alto, que se ensancha hacia la boca, repleto de leche entera.

En la jarra transparente la leche parece más sólida, más sana, más limpia y más blanca que en casa.

No dirías que se trata de una leche que, como todas, ha llegado en un brik .

La chica del delantal ve que el nivel de la jarra ha bajado hasta la mitad, se la lleva cogida por el asa.

Regresa en medio minuto con la jarra llena.

La tostadora escupe dos rebanadas: una de pan blanco y otra integral con semillas.

El hombre deja el vaso sobre la mesa. Vuelve al mostrador y regresa con dos cuencos, uno con pedazos de fruta –maracuyá, melón, melocotón, plátano y kiwi– y otro con una mezcla de copos de trigo, cebada, espelta, maíz, pipas de girasol, cuatro pasas, un albaricoque deshidratado y una ciruela confitada.

En el último momento, da marcha atrás y, con unas pinzas doradas, añade un higo seco.

Deja los dos cuencos junto a la taza puesta del revés y, en otro viaje, coge un yogur natural en frasco de vidrio.

–¡Leche entera y yogur natural! –dice ella, que tiene enfrente un plato con las dos rebanadas recién tostadas, una porción de camembert, una corteza de manchego seco, un triángulo de queso de cabra, dos goterones de mermelada –de mango y frutas del bosque– y un tomate cherri que ha cogido de la bandeja del salami y del jamón de York, donde estaba de adorno.

Están sentados a una distancia prudente de la ventana con cortinitas y un vidrio grueso que separa el comedor de la calle. No son de esos clientes tan pegados al cristal ni de los que se colocan tan al fondo que da lo mismo si desayunan en la ciudad de Ranchipimpum o en la Luna.

–Podrían estar en cualquier sitio, esa gente –dice ella, desdeñosa.

–Los hay que no entiendo por qué viajan.

Los ranchipumpenses pasan junto al cristal sin mirarlos.

Han construido tantos hoteles, últimamente, que los turistas ya no les despiertan ninguna curiosidad.

Ella regresa al mostrador para coger un bocadillo pequeño de jamón.

Él se prepara un café con una Nespresso y carga en el plato dos minicruasanes.

Un tipo sanguíneo toma asiento en la mesa de al lado, con una montaña de huevos revueltos, coronada por tropezones de pan frito, un cuenco de pistachos y un trozo de tarta de Santiago.

Qué bien están en el comedor. El ambiente es tan agradable.

Las paredes son de color de helado de avellana.

El mantel es blanco, grueso y no parece lavado en una lavandería industrial.

Tienen todo el día por delante. Les espera la ciudad de Ranchipimpum, con sus casas de EcoFaeBrick (ladrillos de estiércol).

Es el mejor momento del año para ver la puesta de sol sobre el EcoFaeBrick y pasear en mototaxi picando colas de gamba de un cucurucho.

No encuentran el momento de salir a la calle.

Por eso disimulan cuando entra otra chica con delantal, que les vuelve a pedir el número de la habitación.

–412.