Un viento apestoso y enladrillado
No pasó nada de lo que siempre decían que iba a pasar: ni cielos rojizos ni bolas de fuego.
Un verano, los árboles perdieron la corteza.
La gente se alegró al saber que no era a causa de una enfermedad.
Un bando anunció que estaba prohibido regar las plantas.
Un transeúnte dijo que, si los árboles morían, más adelante deberían replantarse, con el coste que eso supondría para la municipalidad.
«¿O es que no piensan replantarlos?» Nadie respondió.
«Los árboles chupan mucho», proclamaban los cuestores implacables.
«Bajo las adelfas del parque crían las ratas.
» Empezaron a recortarlas. La avenida de los Tilos, que en otro tiempo fue un orgullo de la ciudad, tenía un montón de alcorques vacíos.
Los árboles más jóvenes, con raíces más pequeñas, morían.
En los árboles maduros la tila quedaba pegada a las ramas secas, exhaustas por el esfuerzo de la fructificación.
Muchas chicas empezaron a tatuarse mariposas en los hombros.
Unas mariposas grandes, con las alas de colores.
También se tatuaban, en las piernas, plantas trepadoras.
Decían que, gracias a esos dibujos, se sentían libres e integradas con la tierra y el viento.
Los insectos, pájaros y pequeños mamíferos prácticamente habían desaparecido, pero los perros, que los ciudadanos criaban amorosamente, mantenían en las personas la ilusión de compartir la vida con los animales.
«Deja pasar a este señor», decía el propietario del perro, en lugar de dirigirse a su vecino, cuando coincidían en un paso angosto.
Los galgos eran una de las razas más buscadas.
Los canódromos eran cosa de otro tiempo, pero la gente sentía que participaba en una obra de salvamento.
Nunca había existido tanta fauna en dibujos.
La ardilla y la golondrina compartían espacio con diferentes tipos de dinosaurios y marsupiales extintos.
Fue en aquel momento cuando empezó a proliferar la palabra salvaje .
Todo pasó a ser salvaje. Una pescadería que en lugar de pescado alimentado con piensos vendía pescado relleno de microplásticos se llamaba Crudo y Salvaje.
Un restaurante de vinos que no llevaban mucha química se anunciaba como La Cuba Salvaje.
«¿Esto es ser salvaje?», protestó una anciana, que vivía al lado.
Un chico argentino chasqueó la lengua y la invitó a darse el piro.
Se empezaron a enladrillar senderos, caminos y pistas forestales.
Los llamaban Vías Verdes. Todo el mundo estaba satisfecho de poder circular por ellas en bicicleta y patinete, que se consideraban medios de locomoción mucho más naturales que el andar de las personas.
Los mecanismos de producción de energía se multiplicaron en las montañas y el mar.
Se añadían a los ya existentes sin eliminar ninguno, pero los expertos hablaban de una reducción sostenida .
Una noche un viento tórrido empezó a soplar en las calles por donde la multitud regresaba eufórica tras una noche de fiesta. Dicen que cogió a todo el mundo por sorpresa. Era un viento ácido, salvaje, apestoso y enladrillado.